Oye, ¡pero que calor…!

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La temperatura siempre es tema para iniciar una conversación. Nada importa el lugar ni la circunstancia; esencial entre personas que no se conocen. Eso de “qué calor, ¿verdad?” o “¡chifla el mono!” son, aparte de expresiones manidas, fórmulas mágicas para romper el silencio y darle entrada al diálogo.

En estas semanas, se impone la primera. Entre un verano cubano siempre caluroso, el polvo del Sahara y el cambio climático con ese “niño” malcriado e impertinente, lo cierto es que el termómetro nos lleva demasiado recio. Ni qué decir del sol, que en esta época viste sus mejores y tortuosos lujos.

Las altas temperaturas son crueles, por eso añoramos la llegada de un aguacero o, al menos, la hora de la noche en que el aire cambia de brisa a terral y deja de ser un aire caliente para batir generoso y fresco.

Por el día corre una brisa costera aunque muchas veces parece haberse quedado durmiendo la siesta en un rincón del mar; en otras ocasiones llega pareciendo más la bocanada de un gigante con aliento de horno.

El calor excesivo pone a la gente frenética; nos pone a sudar, deprime y muchas veces exaspera el contenido mal humor. Este calor es un abrazo nada deseado que con su vehemencia atenaza el cuerpo anegado en sudor.

Algunos aprovechan la sombra de un árbol para plantar su mesita de dominó; así ponen a competir el deseo de solaz con el ansia por sacar al menos de sus mentes la zozobra veraniega. A escuchar los golpazos de las fichas sobre la mesa, es como para preguntarse a quién querrían zumbarle una de esas fichas por la cabeza. ¡Es que el calor nos pone soberbios!

Las aceras son protagonistas por excelencia de olimpiadas de dominó, sillones traqueteantes y pencas batientes. Por mi parte prefiero acostarme en el piso, sea en el portal o lo más cercano a una ventana, a la espera de que el terral nocturno aparezca. Lo espero como un adolescente de los años sesenta, espera la carta de una novia.

Lo que cuenta y pienso que pudiera interesar más es qué hacer en cuanto a paliativos, así que voy a compartirles algunas ideas que yo mismo pongo en práctica.

Al amanecer, hay personas que dejan abiertas las ventanas de sus casas. Para mí es un error. De noche, abiertas para que entre el aire, fresco y al amanecer las cierro para que el sol no irrumpa y extraiga el frescor que entró. Así mantengo atrapado el último vestigio de fresco nocturno.

Es aconsejable usar camisas de mangas largas y sombreros de colores claros y ala ancha que provean sombra. Prefiero los sombreros a las gorras, aunque estas sean de visera larga. El sombrero protege mejor contra el sol.

Si necesito salir, agrupo los mandados en un solo viaje y escojo las horas más tempranas en la medida de lo posible. Por supuesto, hay personas que dadas sus obligaciones diarias se les hace imposible optar por esto. Pero en cualquier caso procurar la sombra, caminar sin agitación ni apuro y llevar consigo un pomito con agua.

En medio de este horno tropical, el cuerpo habla y hay que saber escucharlo. Nada de soportar el bochorno con estoicismo caribeño; entendamos que la línea entre una insolación y un susto mayor es más delgada de lo que aparenta ser. Así que evitemos el sol del mediodía, ese que cae a plomo de once a cuatro y tuesta hasta las intenciones.

Hablar del calor en Cuba es tema habitual, además de pretexto para iniciar una conversación. Este 2026 el verano tiene una textura distinta. No es solo la temperatura que marque el termómetro, sobre los 35 y 36 grados Celsius, sino la “sensación térmica”, esa cifra fantasma que el cuerpo calcula al sumarle la humedad de este archipiélago, que a menudo supera los 40.

Estas medidas no son fórmulas mágicas, más bien pequeños ardides cotidianos que ayudan a nuestro cuerpo. Tengo la convicción de que cada cual puede descubrir o idear los propios.

La opción más universal que a menudo olvidamos, es el agua. Beber, beber y beber. Sin esperar a tener sed, porque si la garganta pide agua es porque hace rato que el cuerpo empezó a secarse. No hablo de refrescos azucarados que engañan la lengua pero no hidratan el alma, sino de agua fresca, la de la tinaja clorada, la hervida, la que sabe a salvación en un vaso.

En este 2026, el verano cubano es protagonista de carácter fuerte que demanda respeto. No se trata de temerle, porque al fin y al cabo es nuestro, es parte de la identidad de este archipiélago. Se trata de mirarlo de frente, con un vaso de agua en la mano, una sombra cómplice y la conciencia de hacer lo correcto para que la calidez nunca se convierta en urgencia médica.

El calor es, con todo su ímpetu, el telón de fondo de nuestros besos salados, tardes de dominó y el saboreo de un mango maduro que se deshace en la boca.

Protegernos del lado más dañino del calor equivale a preservar la vida y adaptarnos a lo que es imposible de evitar, porque el calor es enorme, y cada vez habrá más.

 

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