Los ojos que inspiraron a Nilo Menéndez

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El músico matancero Nilo Menéndez Barnet contaba con algo más de veinte años cuando conoció a la inspiradora de uno de los boleros más populares del cancionero latinoamericano, también una innovación dentro del género.

Con Aquellos ojos verdes el bolero comenzó un nuevo estilo. Asido a su cubanía, rompió con la estructura melódica tradicional. Esa fue la posibilidad de su mundialización, lo que hizo al nuevo estilo compatible para ser acompañado por formatos orquestales en boga, incluyendo  las orquestas jazz band.

La historia aconteció en Nueva York. Desde 1924 Nilo residía allí, donde difundía música cubana. Allá vivía también un amigo suyo, el poeta y letrista habanero Adolfo Utrera con quien formara un trío que completó con el compositor y actor gibareño José Martínez Casado.

En 1929 Nilo conoció a una veinteañera rubia, delgada y esbelta de ojos claros indescriptiblemente hermosos, atributos a los que sumaba su personalidad agradable y culta.

A primera vista el corazón de Nilo latió fuerte y quedó prendido por tanta belleza que además de atraerle lo motivó a componer una pieza musical.

Aquella muchacha de nombre Concepción Pérez de Utrera y Fernández —familiarmente Conchita— era la hermana menor de su amigo Adolfo. Resulta que Conchita había viajado a Nueva York a pasar una temporada junto a su hermano. Aquella fue la ocasión para el encuentro y para que surgiera una pieza que sigue dándole la vuelta al mundo.

Luego de componer la partitura, Nilo le pidió a Adolfo que escribiese la letra de la melodía.

No cabe duda de que el joven matancero se había enamorado. Nadie reveló jamás el destino de aquella historia de amor. Lo cierto es que de ella nació un bolero cubano que renovó el estilo y que en opinión de muchos fue el primero de amplia fama internacional.

Muchos intérpretes cubanos, latinoamericanos y de otras latitudes lo incorporan a su repertorio. Hecho curioso resulta que muchos excluyen la primera estrofa, especie de declaración de amor. Respecto a ese detalle existe algo llamativo.

Una de las versiones que más admiro y comparto, es la del venezolano Alfredo Sadel, imbuida de gran lirismo, seguida por la del trío Los Panchos.

Mención especial merece la grabación en voz de Ibrahim Ferrer, quien comienza por la segunda estrofa, y deja el contenido de la primera al solo de piano de Rubén González con el acompañamiento orquestal del Buena Vista Social Club.

En mi opinión, de la que puede discrepar cualquiera, es que en el texto de la primera estrofa se percibe algo ajeno al resto de la letra y de la melodía, escuchados como un todo. Supongo que Adolfo aprovechó la introducción musical que hizo Nilo para añadir esa primera estrofa a modo de dedicatoria.

Instrumentalmente se escucha bien en su conjunto; por mi parte admiro la versión de Ibrahim Ferrer, en la que el lugar de la primera estrofa es ocupado por el solo de piano que suena magistral.

Lo que fuere, es una composición de las más bellas del cancionero cubano. Lo otro entra en el ámbito de la creación artística; ésta, producto de la subjetividad, puede asumir las formas y estilos que el compositor desee sin que se le pueda cuestionar.

Otras versiones conocidas son la de 1930 del sagüero Antonio Machín, con aire danzonero y dilatada introducción musical; la del tenor Plácido Domingo incluida en su álbum Latino y la de Nat King Cole que aparece en el LP A mis amigos, con piezas latinoamericanas en español y portugués. Varios omiten la primera estrofa para entrar desde el principio a la parte melódica más contagiosa y, por ende, más comercial.

Me parece que Nilo Menéndez y Adolfo Utrera merecen un tema aparte, lo que sería para otra ocasión.

De momento vale reconocer la trascendencia que tuvo este bolero cubano, nacido de una historia de amor que tal vez nunca se consumó.

Que el amor todo lo puede, no admite discusión. Es capaz de tanto como mover sentimientos, hacerlos música y proyectarla con aires de eternidad.

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