La flor del loto, una imagen que duele (Martha, Daniel, Nathaly, y el “inocente programado”)

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De los estanques surge el loto blanco. Esta hierba acuática y su luminosa flor han sido consideradas símbolos de comprensión sagrada y resurrección por antiquísimas civilizaciones como la egipcia, india y china.

La imagen encierra un dolor costumbrista: la flor del loto blanco habita, flota, sobre las aguas dormidas o podridas. Aguas oscuras que no permiten al ojo humano percibir el fondo, donde se afianzan las raíces de la planta sagrada.

Semejante a esta misteriosa imagen y otras emociones ambiguas (como la vergüenza ajena o la fe ciega), la figura del “inocente engañado” tiene una larga raíz entre las aguas turbias de la Narrativa Universal: Edipo advierte la trampa de Týkhē demasiado tarde; los duques pretenden burlarse del Quijote y Sancho; la virtuosa Presidenta de Tourvel, pese a su blindada suspicacia, termina engatusada por su “peligroso amigo” el vizconde de Valmont. En el cine, hay una historia conmovedora donde un hijo protege a su madre manteniéndola en la ignorancia total acerca del vuelco político ocurrido en Alemania y el mundo. Me refiero al célebre filme Good bye Lenin.

La mutación de una figura literaria 

Ya la era 3.0 (¿o 4?) está a la vuelta de la esquina. Semejante a los programas informáticos, la figura del inocente engañado ha mutado a “inocente programado”.

Así lo reflejan tres historias contenidas en la reciente antología Los extraños paraísos. Cuentos cubanos de eróticas divergentes, publicada por Ediciones Mecenas el pasado mes de abril.

Me refiero a los relatos Falsos genitales, de Martha Acosta; Óxido, firmado por Daniel Morales, y La fotografía de D. G. (Náthaly Hernández).

Tanto Denise, la muñeca cyborg de falsos genitales, como la innominada Coital 00, la prostituta robótica de Óxido, —ambas esclavas sexuales—, terminan enamorándose de sus respectivos clientes, aunque adoptan divergentes actitudes y conductas. La primera se deja destruir; la segunda, pretende salvar.

Por su parte, en La fotografía de D.G. una joven que busca amor en las redes sociales futuristas resulta ciberacosada y más aún, recibe revelaciones de neohistoria al más puro y terrible estilo de 1984.

Las tres historias tienen en común que sus protagonistas (las chicas Denise, Coital y Tomara) ya no son seres inocentes que terminan engañadas por algún villano en particular, sino programadas para asimilar El engaño social (y transnacional), como algo cotidiano y aceptable; como una costumbre más en la cual han sido “criadas”.

El tópico del inocente, programado por una sociedad que impone modos de pensar y anula la libre elección personal, se entrelaza en estos tres cuentos con el condenado fenómeno del abuso sexual y psicológico.

Las chicas desean elegir el amor pero no pueden traspasar su condición de simples objetos utilizables y desechables; en contraste con sus victimarios quienes poseen todos los derechos legales para manipularlas a su antojo:

“…Tengo una foto tuya anterior —ella se estremeció—. Está en la copia de archivos digitales del Gobierno. Solo tengo que ponerla en The painting y podremos saber tu verdadera cara, la que tendrías si las drogas no te hubieran hecho perfecta”, se jacta el antagonista de La fotografía….

En el otro cuento, el novio de Denise conversa en una fiesta de amigos:

“Cómo puedes acostarte con ella, preguntó uno de los hombres.

Es mejor que una mujer de verdad.

Tócala para que te des cuenta.

Métele un dedo”.

Por su parte, el padre borracho de Óxido enseña a su hijo:

-¡No se lo pidas! ¡Está obligada a obedecerte, para eso la hicieron! No la mires como una persona…

Cómo se programa al inocente

¿Por qué las chicas asumen como normal ese maltrato?, podría preguntarse el lector. La propia trama lo sugiere reflejando que la ignorancia de tal violencia estructural y cotidiana es programada desde la niñez o surgimiento a la existencia:

A Tomara la demuele la enormidad de su desconocimiento:

—Entonces, ¿nada de lo que vi era verdad?

—Una verdad a medias y mal contada, pequeña, esos no eran los ancianos reales —a ella se le aguaron los ojos—. Mi pobrecita, no tienes la más mínima idea de la verdad, ¿no es cierto?

Denise, en cambio, ni siquiera tiene conciencia de su función social. La crearon así:

“Se llamaba Denise.

Salió de la fábrica con los senos gigantescos.

La boca abierta.

La vagina portable húmeda.

El ano estrecho.

Era modelo de ropa interior.

Posaba en una vidriera.

La tarea era fácil.

La paga aceptable”.

La ferocidad de tan gigantesca maquinaria programadora estalla en el interior de las chicas (en forma de mutilación, extraña fidelidad o miedo, respectivamente) y las reduce a la impotencia cerval.

La modelo coital 00 no solo termina despedazada, en una tienda de cacharros, sino también expresando paciente devoción hacia el otro “inocente-victimario programado”, actitud semejante a quien ha sufrido el agridulce complejo de Estocolmo.

Producto social de la violencia estructural y la impunidad autorizada, el inocente engañado (devenido “inocente programado” en la literatura actual) recuerda el lavado de cerebro a que era sometida la juventud hitleriana, y en general, a los tantos jóvenes que han padecido la eficaz acción paralizante desplegada por los regímenes totalitarios.

Las enamoradas protagonistas de estas tres ficciones —escritas por tres jóvenes narrador@s cubanos con punzante ritmo—, nos dejan en el ánimo la doliente imagen de la pura flor de loto blanco que esplende entre las aguas putrefactas; y nos recuerda la línea final del filme danés Reconstruction: “Todo es solo una película, una construcción. Pero aun así, hiere.”

*Escritor y crítico. Premio Alejo Carpentier de Novela.

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Ernesto Peña

Narrador y crítico. Premio Alejo Carpentier de Novela.

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