La proa del Cerro Pelado fue y es la de la Revolución

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Hace 60 años el deporte cubano representó a Cuba en las canchas, y sus atletas estuvieron dispuestos hasta las últimas consecuencias en nombre de su Patria

Nada ni nadie pudo detener aquel barco, porque su preciada carga humana estaba decidida a llegar y a triunfar en los X Juegos Centroamericanos y del Caribe de San Juan 1966.

Hace 60 años la historia del deporte en Cuba comenzó a escribirse en el idioma de la fidelidad.

Puerto Rico, ínsula a la que José Martí incluyó en su proyecto de independencia junto a su amada Patria, era y aún es una colonia de Estados Unidos.

Desde inicios del siglo XX, ni es un estado asociado ni mucho menos libre. La bota gringa rige sus destinos a su antojo.

Un año antes, en 1965, las autoridades deportivas cubanas denunciaron en el seno de lo que es hoy la Asociación de Comités Olímpicos Nacionales y ante el propio COI los intentos por impedir su presencia en esa cita deportiva.

Fidel (en el centro) abordó el barco en alta mar para compartir con los atletas del Cerro Pelado. /Foto: Archivo de Granma

Rechazaron, en las sesiones del ente rector del deporte mundial en Madrid, una propuesta que se alineaba con esas pretensiones. Allí, la delegada de Venezuela propuso lo que llamó un pacto de caballeros, que de eso no tenía nada. Planteó que Puerto Rico cursara una invitación a Cuba y que esta declinara, para que no hubiera problemas en los Juegos.

Manuel González Guerra, presidente del Comité Olímpico Cubano, exigió al COI que Puerto Rico asumiera y cumpliera con su condición de sede, como estipula la Carta Olímpica, y que de lo contrario se le retirara su condición de país organizador.

En definitiva, se le dio el respaldo a Cuba; sin embargo, en ese justo momento comenzó la batalla del Cerro Pelado. Desde entonces, aparecieron las negativas de las visas, y solo tres días antes el Departamento de Estado las autorizó.

Obligó a obtenerlas en un tercer país, México, único que no rompió relaciones con Cuba en los años 60 de la anterior centuria, cuando el objetivo imperial era aislar a Cuba. Además, las condicionó a la salida de supuestos estadounidenses en suelo cubano, pero otra vez perdieron.

Se les expresó, públicamente en nota de prensa, que acudieran a los canales diplomáticos correspondientes a fin de abordar ese tema; y se entregaron las visas. Fue ahí que vino la segunda parte del pérfido plan.

El Departamento del Tesoro prohibió que la delegación cubana llegara a Puerto Rico en un medio de transporte propio. Es decir, no podía emplear ni una nave ni una aeronave, pues serían confiscados.

El Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz, quien guiaba los hilos estratégicos de la batalla, respondió con su visión martiana. Para aquel plan ya tenía el suyo.

El 7 de junio de 1966 los deportistas abordaron un avión en el aeropuerto José Martí. La aeromoza anunció el destino San Juan, pero aterrizaron en Camagüey; luego volvieron a volar y la muchacha dijo lo mismo, mas llegaron a Santiago de Cuba.

A Fidel no se le escapaba nada, manejó con mucha sutileza cada paso, y siempre estaba uno por delante de los enemigos.

En el puerto de la Ciudad Héroe, frente al buque mercante, habilitado para alojamiento, alimentación y sesiones de entrenamiento, a cada uno de los que viajaría se les explicaron los riesgos que corrían por la amenaza de Estados Unidos, porque el desembarco sería en altamar y por el escenario hostil que encontrarían.

Ninguno se amilanó, no hubo ni una sola indecisión. Unidos y firmes, el 8 de junio de 1966, el Cerro Pelado puso proa a San Juan.

Ni los sobrevuelos de aviones estadounidenses encima de la embarcación, ni sus amenazas contra sus pasajeros y tripulantes amedrentaron a la embajada deportiva; luego, como estaba previsto, el barco se detuvo a cinco millas de las costas de Borinquen, a fin de no violar el límite de sus aguas territoriales. Estaba al pairo.

Ante la nueva negativa de no conceder medios para entrar a Puerto Rico, la tripulación dio inicio a la descarga de sus botes. No hubo más remedio, mandaron los remolcadores que trasladarían a los deportistas a la sede, tres horas antes de la inauguración.

Había que esperar que las olas pegaran los lanchones al casco del barco, y lanzarse desde la altura de un metro, con el riesgo de caer en un mar infestado de tiburones.

Pero ya el día 10, en la cubierta de la nave, José Llanusa Gobel, presidente del Inder, había leído la declaración del Cerro Pelado que denunciaba las violaciones de los estatutos olímpicos y del derecho internacional que sufría la comitiva cubana. En ella se había decidido que se llegaría, aunque fuera a nado.

Lanchas guardacostas y buques de guerra de la marina estadounidense desafiaban el desembarco, pero nadie tembló. Cuba desfiló en la ceremonia inaugural y compitió en los Juegos de San Juan 1966.

TAMBIÉN VENCIERON EN TIERRA

Como no pudieron detener al barco, cuyo capitán, Onelio Pino, hacía diez años había traído a Cuba al yate Granma para que el verde olivo fuera siempre nuestro color, vinieron todo tipo de agresiones

En Puerto Rico recalaron varios de los esbirros de Batista, a quienes se sumaron los odiadores de siempre, los de Miami, y los agentes de la CIA.

Ellos manipularon la opinión pública, amenazaron y agredieron a atletas y directivos. Planificaron atentados contra los máximos dirigentes de la representación de la Mayor de las Antillas; secuestros de atletas y de equipos enteros. El objetivo era humillarlos e intimidarlos y presionar, bajo ese asedio, a la deserción.

A pedradas le cayeron al ómnibus de los peloteros. Sin embargo, no se acobardaron, en cada salida al terreno eran mejores y los aficionados terminaron por ponderar sus cualidades.

En el atletismo intentaron llevarse a la fuerza a algunas atletas. Pero ¿saben con qué se encontraron? Con los puños de los boxeadores: sin comentarios.

Trataron de mancillar la bandera en la competencia de baloncesto masculino. Uno de los grupos de desalmados bajó la enseña nacional y colocó en su lugar la de la ex URSS, a fin de colgarle el cartelito de satélite a Cuba.

Los propios baloncestistas encararon la afrenta, y le dieron su merecido a los provocadores. Devolvieron a su lugar el pabellón patrio y rescataron el de la Unión Soviética, el cual fue traído a Cuba.

Después de que de manera ruin y cobarde la emprendieron a golpes con Luis Cárdenas, uno de los miembros del Comité Olímpico Cubano, quien fue rescatado por los propios integrantes de la delegación, fracasó el intento de atentado contra el presidente del Inder y jefe de la delegación, preparado en la propia Villa.

En la sede de la esgrima, en uno de los días de competencia le negaron el acceso al público. Solo entraron los que fueron a hostigar a los deportistas cubanos, y una vez más el coraje y la dignidad se impusieron.

Los esgrimistas coparon los podios de la lid, y cuando fueron a salir se abrieron paso como verdaderos espartanos, con sus floretes, sables y espadas. Frente a esa convicción de victoria, fijada en el compromiso de regresar con el escudo o sobre el escudo, los apátridas se desmoronaron.

A las muchachas de voleibol las secuestraron cuando iban de regreso a la Villa en el ómnibus. El chofer era parte del plan, pero cuando ellas lo descubrieron lo neutralizaron, se bajaron y tomaron taxis y otros vehículos, para llegar a su concentración.

Ya habían anunciado por la radio que el equipo completo de voleibol había desertado. Felices, las voleibolistas no paraban de reírse de aquel papelazo gusanero.

CUBA NO ESTÁ NI ESTUVO SOLA

Como hoy, 60 años después, la Mayor de las Antillas y sus héroes y heroínas en los terrenos no estuvieron solos.

Fue el pueblo boricua, incluso hasta sus atletas, los primeros en estar al lado de la delegación cubana. También lo hicieron los representantes de la República Dominicana, nación hermana que entonces también recibía en su suelo la agresión del imperio.

Cuando en la lid de baloncesto escalaron las amenazas contra los jugadores cubanos, los de Puerto Rico se plantaron en su defensa. En el momento más álgido, los miembros del equipo boricua hicieron un círculo dentro del cual quedaron los cubanos. «No se preocupen, correremos la misma suerte si fuera necesario». Los aplausos en la sala y ese viril y amistoso gesto derrotaron a los agresores.

Los peloteros dominicanos, al ver que las maletas de los de Cuba se tardaban por las trabas y patrañas que intentaban torpedear su desempeño, también tuvieron un bonito desprendimiento. Les ofrecieron sus propios uniformes para que pudieran salir al terreno.

De regreso a la Patria, ya en aguas territoriales cubanas, pero aún en altamar una nave se acercó al barco. La estaban esperando, pues Pino, los tripulantes y los atletas sabían que él se subiría al Cerro Pelado. Fidel en medio del oleaje, haciendo mil piruetas llegó a la cubierta y compartió con cada atleta, medallista o no.

Al decir de Enrique Figuerola, «se le veía feliz y orgulloso de nosotros por cumplir tan importante y peligrosa misión». El primer medallista olímpico del deporte revolucionario y abanderado de la Delegación de la Dignidad, dijo que «la presencia de Fidel en el barco fue el colofón del triunfo y la medalla de oro de más brillo de Cuba en los X Juegos Centroamericanos y del Caribe de San Juan 1966».

La proa del Cerro pelado era la del Granma, la de la Revolución, y los deportistas tenían la moral tan alta como la del Ejército Rebelde el 27 de septiembre de 1958, en el combate del Cerro Pelado, dirigido por Fidel en la Sierra Maestra. Fueron la Delegación de la Dignidad porque defendieron su camiseta y el derecho de toda una nación, en las mismas fauces del monstruo, cuyas entrañas, conoció bien José Martí.

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Granma

Órgano oficial del Comité Central del Partido Comunista de Cuba. Fundado el 3 de octubre de 1965. Disponible en la web como diario desde julio de 1997.

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