La música en José Martí

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Sublime estirpe la de José Martí. Hombre con sensibilidad sin límites manifestó su atracción por cuanto de noble tiene la existencia. Por ello nada extraña su pasión por el arte musical.

El 25 de mayo de 1875 escribió para “El Universal”: “Hay una lengua espléndida, que vibra en las cuerdas de la melodía y se habla con los movimientos del corazón: es como una promesa de ventura, como una vislumbre de certeza, como prenda de claridad y de virtud”. Aquella colaboración fue escrita para referirse al violinista y compositor cubano José White a raíz de su presentación en México. Del músico cubano afirmó: “White no toca, subyuga”. (1)

Su dedicación al empeño independentista no fue obstáculo para su acercamiento a la música. Conocedor de cuánta espiritualidad posee y provee el pentagrama, es sabido que durante algún tiempo nuestro hermano mayor aprendió teoría musical. Así lo revela el libro “Tratado teórico de la música”, escrito por Narciso Téllez y Arcos, que se conserva en la Biblioteca Nacional.

En una comparación afirmó que “La música es más bella que la poesía porque las notas son menos limitadas que las rimas: la nota tiene el sonido, y el eco grave, y el eco lánguido, con que se pierde en el espacio; el verso es uno, es seco, es solo: – alma comprimida – forma implacable – ritmo tenacísimo”. (2)

Todo cuanto existe en su esencia musical. En los Versos Sencillos lo afirma al proclamar que “Todo es hermoso y constante, / Todo es música y razón, / Y todo, como el diamante” / Antes que luz es carbón.”

En esa estrofa concluye que la música está en todas partes; que su proceso creacional, obra armónica del universo y del espíritu, recorre etapas que acrisolan el sentimiento hasta purificarlo y darlo a la luz con la brillantez y belleza única de los sonidos al combinarse.

Vale preguntarnos si acaso el verso y la prosa martiana poseyeron musicalidad interior. Opino que sí. El estilo de su prosa misma nos lleva de la mano a parajes insondables que, únicamente pueden descifrarse a través de la sintonía con su más profunda inmanencia.

Todo arte encontró en él a un apasionado; la música, también. Vivió en la convicción de cuánto de ennoblecedor posee esa alquimia del pentagrama. Tanto la amó que no perdió la ocasión de contarla a los niños de América en el segundo número de la revista La Edad de Oro.

A los futuros hombres y mujeres del continente les contó la precocidad de Haydn, y Handel, quien en poco más de 20 días compuso “El Mesías”. Reveló cuán difícil le fue a Joan Sebastian Bach aprender las primeras notas musicales; de cómo Ludwig van Beethoven aprendió música presionado por su padre, y a los trece años tocaba en público ya había compuesto tres sonatas.

Admiró la grandeza de Wolfgang Amadeus Mozart. De cómo Carl María von Weber a los catorce años publicó una ópera. Grandes músicos como Félix Mendelssohn, Giacomo Meyerbeer y Franz Schubert tampoco escaparon a sus geniales apreciaciones.

Admira su maestría en lo que es una clase amena de educación musical para la niñez.

De su propia vida en Nueva York, asistió el Apóstol a un concierto del pianista y compositor Ignacio Cervantes – el más influyente de la música cubana en el siglo diecinueve -, con su compatriota el violinista Rafael Díaz Albertini Urjo. Corrían los tiempos en que Cervantes había tenido que marchar al exilio por sus ideas independentistas y daba conciertos cuyas ganancias se convertirían en fondos de la Guerra Necesaria. Aquel encuentro no pudo ser más propicio.

Acerca su impresión sobre el concierto ofrecido por el autor de las Danzas Cubanas para piano y el violinista Albertini, emitió una cita que ha devenido en universal: “Los hombres van en dos bandos, los que aman y fundan, los que odian y deshacen”.

La obra martiana también ha llegado al pentagrama. Inspiradora de músicos de diversas épocas y latitudes, es reflejo de la afinidad entre una y otra.

La música y Martí se complementan mutuamente como arte mayor. Ese que asiste al sentir patrio de la nacionalidad. Como “la más bella forma de lo bello” (3) es quehacer que bulle y transforma en luz todo carbón.


(1) “White”, Revista Universal, México, 25 de mayo de 1875

(2) Versos de Pedro Castera, Revista Universal, México, 29 de agosto de 1875

(3) Ibídem (1)

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