Historia, belleza y delicias del maracuyá
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Hay frutas que se comen por costumbre; otras que al degustarlas por primera vez, se muestran como una liturgia al paladar. El maracuyá pertenece a esta segunda categoría. Su extracto es más que un ingrediente para jugos o postres. Es todo un placer gustativo. Al partir su cáscara y liberar su aroma, se descorre el encanto, la belleza y la sutilidad que cautivan.
Es una planta trepadora perteneciente al género Passiflora. Tanto representa su fruta – de belleza incuestionable, además -, que hay un texto histórico en idioma portugués de 1702 titulado “Frutas do Brasil”, escrito por Fran Antonio de Rosario, donde se menciona como parte de una alegoría religiosa sobre Brasil.
Para entender el encanto del maracuyá, necesitamos remitirnos a las selvas de la América del Sur en el siglo XVI. Sus pueblos originarios, en particular los guaraníes, cultivaban y veneraban el “mburucuyá”, que en su lengua significa “fruta que sirve de alimento” o “fruto que se come”. Desde entonces era un regalo práctico y medicinal de la tierra.
Sin embargo, el encanto se transformó en leyenda con la llegada de los misioneros jesuitas. Al observar la complejidad de la flor de esta enredadera, los religiosos la interpretaron desde el punto de vista teológico. En la estructura floral de la Passiflora edulis – tal su nombre científico – descifraron los símbolos de la Pasión de Cristo. La flor presenta tres estigmas representaban los clavos; los cinco estambres, las cinco llagas; la corona de filamentos, la corona de espinas; y los diez pétalos, a diez apóstoles, excluyendo a Pedro y Judas.
Así, la humilde “mburucuyá” fue rebautizada como “Flor de la Pasión”, y por extensión, su fruta heredó ese nombre cargado de misticismo.
El maracuyá es, por tanto, un fruto bilingüe que habla el idioma pragmático de la selva y el idioma simbólico de la fe.

Otro aspecto llamativo es su belleza de contrastes y revelaciones. Comienza en la flor, una de las estructuras más complejas y hermosas del reino vegetal, con sus filamentos púrpuras y blancos que parecen diseñados por un relojero alienígena. Pero es en el fruto donde la belleza se vuelve táctil.
De joven, el maracuyá es una esfera lisa, de un verde o amarillo pálido, engañosa en su sencillez cuyo verdadero encanto emerge con al madurar, cuando la cáscara comienza a arrugarse. Estas arrugas, lejos de ser un defecto, constituyen la firma de su perfección, pues indican que los azúcares se han concentrado y que el interior alcanzó su máxima expresión.
Al cortar la fruta, ella revela su tesoro. Es una cavidad llena de una pulpa gelatinosa, de un amarillo anaranjado vibrante, salpicada por cientos de semillitas negras y brillantes. Es como un cuenco de caviar vegetal bañado en oro líquido. Otro de sus misterios es este porque la estética del maracuyá invita a la curiosidad. Su exterior liso de verde amarillo que brilla, oculta un interior digno de joyería.
Al degustar esa fruta, hay algo que confirma el calificativo de “erótica” debido a la experiencia multisensorial que ofrece. No por gusto en una vieja telenovela brasileña un personaje la menciona ante una joven hermosa, y lo hace con sensualidad, como para revelar el paralelismo afrodisiaco entre fruta y mujer.
El maracuyá tiene, sin duda, un componente erótico que reside en el equilibrio perfecto entre lo ácido y lo dulce; es una tensión que estimula las papilas gustativas de manera casi provocativa. Su aroma es intenso, floral y tropical, capaz de evocar recuerdos con solo inhalarlo.
La ciencia no clasifica este fruto como estimulante sexual directo, y sí le reconoce propiedades por ser rico en alcaloides y flavonoides que actúan como sedantes suaves del sistema nervioso central. El maracuyá no enciende el fuego de la pasión de manera brusca; más bien relaja las inhibiciones, calma la ansiedad y dispone el cuerpo y la mente para el sosiego. Es un afrodisíaco de la calma y un invitado a la entrega sensorial.
Su forma de consumo invita a la lentitud. Es imposible devorar esa fruta. Se puede comer con una cuchara, y saborear el crujido suave de las semillas abundantes en fibra, combinadas con el estallido jugoso de la pulpa. Es una fruta que exige atención plena; por eso convierte el acto de comer en un ritual.
Más allá de su poesía, el maracuyá es una potencia nutricional. Es una de las fuentes vegetales más ricas en vitamina C, que ayuda al sistema inmunológico, y vitamina A, esencial para la salud visual y la piel.
Su pulpa está llena de antioxidantes como los carotenoides y polifenoles, que combaten el envejecimiento celular. Las semillas, que muchos dudan en tragar, son una excelente fuente de fibra dietética que mejora la digestión y ayuda a regular los niveles de colesterol. También contiene hierro, fósforo y magnesio, minerales clave para la energía y la salud ósea.
Para elegir el mejor maracuyá, es preciso ignorar la estética convencional. Se deben buscar los frutos que se sientan pesados para su tamaño, por ser la señal de que están llenos de jugo. Sobre todo aquellos cuya cáscara esté arrugada y ligeramente blanda al tacto. Si la cáscara está lisa y dura, la fruta estará ácida y poco jugosa.
La verdadera dulzura del maracuyá, como la de muchas cosas en la vida, llega después de haber soportado las arrugas del tiempo. Esto es noticia alentadora que revela cuánto de bueno es capaz de dar lo añejo.
En resumen, el maracuyá es mucho más que un sabor exótico. Es un puente entre la sabiduría indígena y el misticismo europeo. Además, una lección de que la verdadera belleza a menudo se esconde tras una apariencia arrugada. Cada cucharada, o cada sorba cuando lo preparamos como bebida para refrescar invita a detenernos, relajarnos y disfrutar del placer de los sentidos.
La próxima vez que partas un maracuyá, recuerda que es algo más que abrir una fruta. Al hacerlo despliegas un pequeño universo de historia, encanto, belleza y erotismo.

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