Demy y los arreboles de la inocencia perdida

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En la vida privada de Jacques Demy hubo tanta pasión y ternura como las que habitaron esos filmes suyos que representaron el romance, el candor y la inocencia de una época, entre los cuales suele recordarse de forma automática a Los paraguas de Cherburgo (1964) Palma de Oro en el Festival de Cannes.

Dicho largometraje (“blando y tontorrón, pero siempre brillante”, a juicio de un crítico esencial de la lengua castellana como el fallecido Ángel Fernández-Santos) fue un suceso universal de público. Contó con una banda sonora de Michel Legrand ubicada entre las más escuchadas por cinéfilos o melómanos a través de los años, y una historia de amor que muchos espectadores recordarán siempre.

Existen directores a lo largo de la historia a quienes no les resulta tan factible trasladar al arte las pulsiones del momento, como sí le es dable hacerlo con los puntos íntimos de su mapa sentimental, los rasgos de un mundo personal llevado en andas de la fantasía, lo mágico, la inocencia. Quizá ataduras a una infancia de la que nunca pudieron o quisieron desprenderse del todo. Es el caso de Demy.

El director de Piel de asno (1970), según el cuento homónimo de Charles Perrault, fue capaz de configurar un territorio fílmico propio, pletórico de seducción, luz, alegría, color, música y –sobre todo– de un poderoso estilo visual que otro crítico de referencia como Andrew Sarris elogiara en más de una ocasión.

No obstante reconocerle méritos tales, no puede obliterase la propensión meliflua de cierto cine de Demy; y dejar de recordarse que, pese a contratarlo Hollywood, disponer a veces de muy buen presupuesto, granjearse algún gran éxito taquillero ocasional o incorporar a sus repartos a grandes estrellas, tuvo etapas creativas bastante grises a finales de los ‘70 y la década posterior, con nuevos pero desacertados cuentos de hadas, musicales, coproducciones (hizo la fallida aventura histórica Lady Oscar con los japoneses en 1978), por lo general de escasa valía.

Algo revertido luego, cuando Demy, ya próximo a su muerte–acaecida en 1990, luego de meses de martirio físico a causa de un tumor cerebral–, decidió rodar ese filme–testimonio, esa biografía fílmica de los sentimientos que es Jacquot de Nantes, que comenzara a realizar junto a su compañera sentimental por más de treinta años: la relevante directora francesa Agnes Varda.

Es una delicada e inolvidable pieza semipóstuma, la cual su esposa debió finalizar ante el deceso de Jacques. En esta son narrados los principales episodios de la vida de Jacques, desde sus correrías infantiles en el Nantes natal, la bondad materna, sus incursiones en el taller de mecánica del padre, la reticencia de ambos progenitores ante sus deseos de adentrarse en el mundo del arte, la invasión alemana, la juventud y el encuentro con la Varda, a cuyo lado fraguase célebre consorcio artístico-romántico.

Este 5 de junio conmemoramos el aniversario 93 del nacimiento de Demy, cuyo cine muchos espectadores aún recuerdan con sumo agrado, como si estuvieran en Cherburgo, entre canciones, trenes que se escapan y amores que vuelan como pamelas en el viento.

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Julio Martínez Molina

Licenciado en Periodismo por la Universidad de La Habana. Periodista del diario 5 de Septiembre y crítico audiovisual. Miembro de la UPEC, la UNEAC, la FIPRESCI y la Asociación Cubana de la Crítica Cinematográfica

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