La tendedera de Ernesto
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Con el paso de los años Ernesto Álvarez (Guáimaro, 20 de enero de 1972) distingue que sus mayores ardores suceden durante la gimnasia de las artes visuales.
Se titula como radiólogo en 2006, en la Facultad de Ciencias Médicas de Cienfuegos, pero aún tiene como vocación recóndita la creación pictórica, acaso signada por el autodidactismo y un modo de hacer “primitivista”. En especial le atrae el estilo naif y la obra de su mentor Julián Espinosa Rebollido (Wayacón), a quien agradece las indagaciones sobre la gama cromática y dinámica de la línea, si bien posee múltiples influjos, tanto de los hacedores del arte ingenuo en la ciudad de Sévres como de la primera vanguardia histórica europea. Ciertamente, es uno de los creadores del ramo más difíciles de clasificar por su entremezcla de códigos discursivos y exploraciones topiculares.

La tendedera, primera muestra personal del artista, es una antología de sus obras más representativas, en las que asume relatos con entornos rurales o urbanos (usualmente descentralizados), en los que discurren personajes rurales y marginales, deidades afrocubanas, animales domésticos o legendarios, muchas veces humanizados, figuras del erario cultural y político cubano (al modo de José Martí), de la escena clásica (arlequines, clowns), etc.; recreados sin efectismos humorísticos o perspectivas críticas en torno a aconteceres de la cotidianeidad.

Inobjetablemente, sus fabulaciones procuran un sentido de lo universal y exigen una mirada multidireccional de las estructuras narrativas, toda vez que lo tradicional y vanguardista coquetean entre sí. A todas luces, Ernesto es un creador de heteróclitas narrativas, que no se conforma con las escenificaciones remachadas, y cuyos acentos recuperan en mucho la yuxtaposición de planos para simular las perspectivas, característico de los ingenuos, la pureza de las cromas (aunque me parece más interesante y orgánico cuando se concentra en los valores, forzándose a componer de un modo más armonioso y complejo), la transparencia de las formas (que tanto remedan las estrategias cubistas) y los signos de la identidad nacional, consolidados por la voz colectiva.

Si bien en algunas ocasiones parece seguir el perfil de sus colegas de Tarea al Sur, al estilo de Cenia Gutiérrez, los finados José García Montebravo y Arnaldo García o el propio Wayacón, lo cierto es que sus deudas son mayores con la Escuela de las Villas, particularmente con el prolífero Benjamín Duarte, gustoso de una línea abarrocada y tensa, puntillosa y limpia; llegando a consumar una serie de obras muy personales donde revela su temple de ilustrador y diseñador, las grandes potencialidades para la cartelística e incluso la animación para cine, a juzgar por sus analogías con las escuela checa y polaca de los años 60 y 70.

Ernesto anda a la búsqueda de un estilo inclusivo, de emociones controladas, revisitaciones y retos compositivos. No es un artista de sofismas intelectuales, aunque tampoco destaca por el anecdotismo primitivizante y las fuentes autorreferenciales que le asisten. En este cordelero, puede alcanzar cierta notoriedad si se emancipa del color, del barroquismo exuberante y las retóricas figurativas del arte naif.

La tendedera, muestra que se aloja durante estos meses vacacionales en los muros del Palacio de la Noceda, sede de las Oficinas del Conservador de la Ciudad, es un espejo de las voluntades de un artista todavía sin saltar al vacío, aunque tiene sensibilidades y destrezas para hacerlo.
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