Raúl Castro: brújula de una Revolución para todos los tiempos

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Por: Oscar Salabarría

«Llevar una guerra civil hasta el exterminio de una de las dos facciones en pugna es sembrar el surco profundo de la semilla del odio y la venganza en una tierra que habrá de albergar a sus hijos». Quien así reflexionó el 30 de noviembre de 1958 no era todavía el General de Ejército, era el joven Raúl Castro descubriendo una verdad que marcaría para siempre su pensamiento: la esencia revolucionaria no persigue aniquilar al adversario, sino construir una nación para todos.

Esa idea, tan vigente como aquel año, es hoy una brújula para quienes forman a las nuevas generaciones de dirigentes cubanos. Así lo entiende Lien Morales Aguilera, Doctora en Ciencias de la Educación y profesora del Centro Provincial de Superación para la Cultura en Villa Clara, quien ha encontrado en el libro “La conquista de la esperanza” una ventana privilegiada para mirar a Raúl Castro.

Para ella, estudiarlo a él —junto al Che, Celia, Haydée y Fidel— no es un ejercicio académico abstracto, sino una manera de apropiarse de un legado ético y político que alumbra el camino de los jóvenes. Y lo que más la emociona, confiesa, es descubrir que ni Raúl ni Fidel nacieron con un destino revolucionario escrito. «Nacidos en el seno de una familia con recursos económicos, con un camino trazado hacia los negocios, se convirtieron en revolucionarios y hasta entregaron su herencia personal. Eso demuestra que la conciencia se conquista», afirma.

Esa metamorfosis humana —la de unos muchachos de clase acomodada que terminaron cambiando la historia de un país— es, a su juicio, un mensaje de profunda esperanza para los jóvenes de hoy.

Por su parte, Marilyn Moreno Pérez, máster en Estudios Sociopolíticos y profesora de la facultad del Partido Comunista de Cuba «Carlos Baliño», lleva años investigando a Raúl Castro porque cree que su ejemplo resulta indispensable para la formación de los futuros cuadros. No le interesa una visión fría ni distante. Prefiere destacar al hombre: su capacidad organizativa, sí, pero también su sensibilidad política y humana. «No son cualidades innatas —explica Moreno Pérez—, sino forjadas en las circunstancias más adversas. Y precisamente por eso pueden replicarse en los esquemas de formación».

Ambas investigadoras subrayan una lección que Raúl Castro dejó para la historia: la diferencia entre ser revolucionario y ser un adorador ciego de la violencia. Su capacidad de ahorrar vidas, incluso las del enemigo, y de pensar en la nación futura por encima de la victoria inmediata, sigue siendo una lección de grandeza política.

Fidel solía decir que era un privilegio tenerlo como hermano, además de como un extraordinario cuadro revolucionario. Esa hermandad en la lucha, coinciden las académicas, es otra de las claves para entender cómo se construyen liderazgos colectivos, sólidos y duraderos.

Para comprender del todo a un hombre de la talla de Raúl Castro, sin embargo, hay que volver una vez más a Martí. En su artículo Unos cubanos y otros escribió el Apóstol: «A los que se cruzan de brazos… a los unos, la patria los llamará cómplices; a los otros, los llamará siempre padres».

«Y eso —concluyó Morales Aguilera con la voz firme— es Raúl Castro para Cuba: un padre».

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