Últimos días de una biblioteca llamada Luis G. Costi

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En Cienfuegos decían “Costi es una biblioteca viva”. Y la sentencia en su filosa brevedad retrataba de alma entera al literato y al periodista Luis González Costi, cuya muerte a las cuatro de la mañana del jueves 20 de diciembre de 1923 enlutó el mundillo intelectual de la ciudad.

Por esas paradojas del destino, aquel que estaba a punto de finalizar había sido el año grande del escritor, venido un día de Córdova la andaluza para terminar dejando sus huesos en Reina.

Aquel artesano de la palabra que recién en abril había merecido los elogios de su Alteza Real Alfonso XIII murió en la pobreza, en su hogar de San Fernando y Cuartel. Al extremo que el empresario de pompas fúnebres Juan Pujol donó el servicio.

Fue un periodista de pura raza y tuvo la suerte de encontrar en las páginas del periódico La Correspondencia una tribuna a la altura de su talento proverbial. También escribió para El Nacional.

Aunque las notas necrológicas, al igual que las despedidas de duelo, suelen potenciar las virtudes de los finados, quiero darle todo el crédito a las que informaron en la prensa cienfueguera de la muerte de Costi, “ilustre periodista y erudito hombre de letras”, y ponderaron “la belleza de su léxico, pulcro, limpio y completamente singular”.

Una primera figura entre cuantos vivían de la pluma en Cuba, coincidían los colegas del muerto.

Después de muchos años de ausencia volvió a España en los primeros meses de aquel 1923. Y lo hizo como delegado de Cienfuegos, entre los 900 representantes de este lado del mundo que dieron vida al Congreso Comercial de Ultramar, con sedes consecutivas en Barcelona, Madrid y Sevilla.

Su verbo encandiló a tirios y troyanos en el cónclave, que le concedió el honor de decir el discurso de clausura, ante Su Majestad y un millar de invitados al gran salón del Palacio Mudéjar.

Al finalizar su intervención el monarca español le extendió la diestra y acompañó el gesto con estas palabras: “Me han gustado mucho tus notas de optimismo y te felicito. Necesitamos fe”.

Testigos presenciales contarían luego que ese día mientras los delegados almorzaban a bordo del vapor San Carlos, anclado en el Guadalquivir, a Costi le habían encargado la alocución final del Congreso.

“Faltando dos horas y media le comunicaron que el discurso debía ser leído y una copia del texto entregada a los organizadores con 60 minutos de antelación. El andaluz-cienfueguero bajó de inmediato a su camarote y a la media hora subió con tres hojas mecanografiadas que entregó al secretario del Congreso”, reseñaría luego J. Ferrán para La Correspondencia.

A la hora de la verdad se apartaría del protocolo con la complicidad del propio Don Alfonso, a quién se le escapó un ¡Bravo! al final de un párrafo. Todo lo que necesitaba Costi para saltarse las reglas.

Sobre aquella experiencia, que en algún momento posterior calificó como ejercicio de un hispanoamericanismo práctico, contaría el protagonista de esta columna: “El mote, por decirlo así, el remoquete de la representación de Cienfuegos que ostenté en el Congreso de Comercio de Ultramar fue el siguiente: No basta poder, saber y querer para realizar grandes cosas en el mundo…es necesario atreverse”.

Abogó por que la Tabacalera española comprara más tabaco de calidad en Cuba, se opuso a la representación parlamentaria de los españoles de Ultramar en las Cortes de Madrid y reclamó ante académicos hispanos distinciones honoríficas para personalidades de Cienfuegos, entre ellos el doctor Alfredo Méndez, a quien calificó como una gloria de la cirugía americana.

Cuando aún repicaba el eco de su discurso-resumen, esa misma noche debió improvisar otro en la tienda de Labradores de la Real Feria. Para entonces ya era presa de una severa bronquitis que lo postraría durante nueve jornadas.

“De Cádiz salí ya mal y en Córdova, Peñarroya y Madrid he pasado algunos días crueles, poniéndose a prueba mi naturaleza vencedora”, reseñaría el cronista impar.

A su paso por la capital del reino fue recibido en audiencia privada por el monarca, quien le concedió una larga entrevista y le obsequió con un retrato suyo autografiado.

Salió rumbo a Gijón para pasar unos días junto Cándido Díaz, el compatriota director-fundador de La Correspondencia, que trataba de reponer su maltrecha salud en la aldea natal de Serín.

Durante su estadía en tierras de la patria madre no se olvidó del oficio y reportó para las páginas del diario cienfueguero en su condición de redactor viajero en España y su firma autógrafa aparecía calzando las notas.

Arribó al puerto de La Habana el cuatro de julio a bordo del Infanta Isabel. “Vino enfermo, muy enfermo, y triste, muy triste el eterno optimista”, escribiría en su necrológica algún colega lacerado por la partida de Costi.

Tan enfermo que no volvió a publicar una línea. Ni pudo recibir siquiera el homenaje que le tenían preparado las sociedades cienfuegueras.

 

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Francisco G. Navarro

Periodista de Cienfuegos. Corresponsal de la agencia Prensa Latina.

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