De histerias colectivas, desinformación y un sinfín de absurdos

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El 30 de octubre de 1938, hace exactamente 86 años, el universo de los medios de comunicación masiva asistió a uno de los capítulos más insólitos de su historia. Aquella noche de Halloween, el actor y futuro director de cine Orson Welles asumió la narración de un programa radiofónico de ciencia ficción, basado en la novela La guerra de los mundos, de Herbert George Wells.

Aunque previamente a la transmisión, los creadores avisaron al receptor estadounidense que se trataba de una obra ficticia, la originalidad en el diseño del guion y la absoluta enajenación del público condujeron a un estado de pánico sin precedentes. De pronto, un improvisado boletín informativo daba a conocer la ocurrencia de tres explosiones en el planeta Marte: “Señoras y señores —decía el personaje del periodista Carl Philips—, esto es lo más terrorífico que nunca he presenciado… ¡Espera un minuto! Alguien está avanzando desde el fondo del hoyo. Alguien o algo. Puedo ver escudriñando desde ese hoyo negro dos discos luminosos… ¿Son ojos? Puede que sea una cara”.

La pormenorizada descripción de la caída de meteoritos y el arribo de naves extraterrestres que atacaban a las ciudades de Nueva Jersey y Nueva York —a causa de lo cual, incluso, se sabría de la muerte del reportero, víctima de los gases alienígenas—, provocó enseguida el colapso de carreteras, supermercados, estaciones de policía y redacciones de periódicos, pues miles de oyentes creyeron que era una noticia cierta. A pesar de advertírseles otra vez en el minuto 40 del programa la naturaleza irreal de cuanto escuchaban, el caos fue incontrolable.

A casi nueve décadas del peculiar acontecimiento y en un escenario gobernado por el creciente protagonismo de los públicos en el ámbito mediático —a partir del desarrollo de las nuevas tecnologías de la información y la comunicación—, cuesta creer que algo parecido encontrase aire en esta época. Sin embargo, en las últimas semanas vivimos en Cienfuegos una situación análoga, a la cual solo le faltó la llegada de los amigos marcianos. Un violador, prófugo de la justicia, se convirtió en villano salido de una historieta, con poderes insospechados, al extremo de generar escenas colectivas de paranoia.

BASADO EN HECHOS REALES

El pasado 22 de mayo, Dunién Tomás Miranda Hernández violó a una joven de 16 años que, a altas horas de la noche, transitaba por la Calle Ancha (avenida 28), de la ciudad de Cienfuegos. Dos días después, en horas de la madrugada, atacó a otra muchacha, de 17 años, en el Bulevar de San Fernando, a la salida de un bar nocturno. Ambos hechos de agresión sexual se esparcieron como pólvora entre la población, al constituir sucesos extraordinarios en la sociedad cubana.

Lógicamente, el temor jugó su papel y, ante la falta de información oficial, las personas comenzaron a tejer rumores y especulaciones de todo tipo que alcanzarían niveles inimaginables, en un país donde tanto nos ufanamos de nuestra educación e instrucción. En las plataformas en línea de redes sociales, dieron crédito a cuanta foto, video y texto publicase cualquiera, hasta llegar a viralizarlos.

Mientras los reportes oficiales del Ministerio del Interior (Minint) —conocidos tras la captura del sujeto— ubicaban al delincuente en el municipio de Aguada de Pasajeros desde el 2 de junio, en la ciudad de Cienfuegos la gente lo vio a la misma vez en todas partes, como si hubiera salido de un cómic y poseyera el don de la omnipresencia. Lo vieron por el parque Villuendas y llevaba una gorra para ocultar el rostro; luego en Pueblo Griffo, donde se escondió en un refugio y dejó la ropa —dijeron que la Policía no quiso entrar a cogerlo por miedo—; también anduvo por Tulipán, Caunao, Punta Gorda, Buenavista; se disfrazaba de mujer y pedía agua en las casas para engañar a las víctimas; trepaba en los árboles y saltaba de uno a otro; iba dejando una estela de mujeres violadas a su paso.

El colmo de esta esquizofrenia generalizada ocurrió en la tarde del jueves 6 de junio, cuando a través de las redes sociales fue difundido un video que mostraba a gran cantidad de personas en la calle, cerca del Centro Especializado Ambulatorio (CEA). Afirmaban haber visto al violador, y a saber del espectáculo, los gritos y algunos que hasta corrían huyendo de la versión local de Hannibal Lecter, la similitud inicial con la transmisión por radio de La guerra de los mundos no nos parece ahora tan exagerada. Este autor recibió, incluso, el audio de una vecina que comentaba: “Dicen que está aquí, en Arizona, La Juanita, ¡oíste! Así que cierra las puertas”.

Más tarde, en la madrugada del viernes 7 de junio, Tomás Miranda fue detenido en Aguada de Pasajeros como resultado de un operativo de las fuerzas especiales del Minint que duró cinco días. De forma simultánea, la Policía atendió múltiples llamadas telefónicas y posibles avistamientos, para calmar los ánimos del pueblo y evitar que el bandido volviera a escabullirse como sucedió durante el proceso de captura. Nuestro periódico publicó en la edición digital la información de las autoridades pertinentes, con datos de la investigación preliminar realizada, y todavía no pocos incrédulos optaron por creer en las noticias falsas.

¿INVASIÓN DE IDIOTAS?

“Las redes sociales le dan el derecho a hablar a legiones de idiotas que primero hablaban solo en el bar después de un vaso de vino, sin dañar a la comunidad. Ellos eran silenciados rápidamente y ahora tienen el mismo derecho a hablar que un premio Nobel. Es la invasión de los idiotas”. Tal fue la opinión del semiólogo Umberto Eco cuando en 2015 le preguntaron por el hiperconectado y virtual mundo donde vivimos. Podemos o no discrepar con su drástica postura, pero resulta innegable el enorme grado de desinformación que hoy día reproducen las plataformas digitales en línea.

¿Acaso no fue esto lo que se evidenció con los incidentes recién acaecidos en Cienfuegos en torno al violador? La generación ciudadana de contenidos no verificables y sin ningún tipo de filtros prendió fuego a una especulación informativa de proporciones asombrosas, sostenida en rumores amplificados a través de Internet y los teléfonos móviles como si fueran verdades de facto. Nunca importó quiénes las decían ni los canales utilizados para la transmisión. El caos terminó por imponerse al raciocinio.

Sin considerar la verosimilitud de los hechos difundidos en espacios como Facebook y WhatsApp —dos de las redes sociales de mayor uso en el país—, algunos medios de comunicación totalmente adversos al proyecto revolucionario cubano se apresuraron a construir titulares y notas para avivar mucho más la situación de incertidumbre y temor de la población de Cienfuegos. Tan oportunos siempre para inventar falacias y burlarse de nuestras penas, los autoproclamados paladines del buen periodismo obraron con el sensacionalismo inherente a sus agendas editoriales. De pronto esto aquí era el gueto de la violencia en el continente americano, con Jack el Destripador rondando nuestras casas.

No es menos cierto el repunte de episodios violentos registrados en Cuba en los últimos años, a raíz de la acentuada crisis económica, social y cultural por la cual transitamos —consecuencia, en gran medida, del asfixiante bloqueo estadounidense—, pero de ahí a mirarnos en el mismo espejo del resto de América Latina, donde ocurre un tercio de los homicidios del planeta, el trecho resulta demasiado largo. No obstante, los vacíos comunicativos pueden dar pie a la propagación de realidades ajenas.

Hasta tanto el sistema de instituciones cubanas, los directivos y órganos de prensa oficiales no entiendan (y asuman) la necesidad de informar a los públicos de manera oportuna, responsable e inmediata, nos tocará pagar una cuota de la desinformación de la cual son diana permanente nuestras audiencias. La entrada en vigor de la Ley de Comunicación Social ofrece, quizás, el mejor escenario para girar el timón y cambiar el panorama. La información no es solo un derecho que le debemos a la gente; pone en juego la credibilidad de las empresas mediáticas.

Otra deuda, muy cara, reside en la educación. Si el acceso al cosmos digital representa una amenaza —al punto de que varias personas adultas fueron convencidas sobre la ubicuidad del violador y sostenían que iba de árbol en árbol como Tarzán—, ello claramente indica la urgencia de adecuar y perfeccionar nuestra enseñanza a la luz de los tiempos actuales. Aprovechar las tecnologías para contribuir a elevar el nivel cultural del pueblo es otra revolución que nos corresponde emprender. O esto, o más temprano que tarde proliferarán las noticias de supuestos mesías, hacedores de milagros, asesinos en serie y un sinfín de absurdos.

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Roberto Alfonso Lara

Licenciado en Periodismo. Máster en Ciencias de la Comunicación.

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