Martí y Fidel: dos centenarios, una sola Revolución
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A cien años del natalicio de Fidel, la conexión con el Apóstol brilla con más fuerza que nunca
Dentro de pocas semanas, el 13 de agosto, la Isla entera conmemorará el centenario del nacimiento del Comandante en Jefe, Fidel Castro Ruz, y con él, la ocasión propicia para revisitar no solo su vida y obra, sino el hilo invisible que lo conectó desde siempre con aquel otro centenario que, en 1953, cambió el rumbo de la historia. Fue precisamente el centenario del natalicio de José Martí, el 28 de enero de ese año, el que encendió la mecha de una generación de jóvenes que, guiados por el pensamiento del Apóstol, decidieron que la independencia soñada por él no podía seguir postergada. Fidel Castro, entonces un abogado de 26 años, supo leer en las efemérides no un llamado al recuerdo, sino una convocatoria a la acción.
Seis meses después, el 26 de julio de 1953, aquella Generación del Centenario asaltó los cuarteles Moncada y Carlos Manuel de Céspedes. Fue un fracaso militar, pero un triunfo moral que marcaría el inicio del fin de la dictadura batistiana. En el juicio sumario que les siguió, Fidel, esposado y rodeado de soldados, convirtió el banquillo de los acusados en una cátedra de historia. Y allí, ante jueces y militares que esperaban oír una confesión, pronunció la frase que sellaría para siempre el vínculo entre el Apóstol y la Revolución: “El único autor intelectual del asalto al Moncada es José Martí, el Apóstol de nuestra independencia”. No fue una declaración casual; fue el reconocimiento explícito de que aquella acción armada no había surgido de su mente, sino del corazón de un pueblo que Martí había sabido interpretar y guiar.
Pero Fidel no se limitó a invocar el nombre del Maestro; encarnó su método. Martí había enseñado que la acción sin reflexión es violencia estéril, y que la reflexión sin acción es cobardía. Fidel, desde la cárcel, desgranó en su alegato “La Historia me absolverá” los principios martianos como quien despliega un mapa: la educación como pilar de la libertad, la justicia social como deber inaplazable, la dignidad como escudo contra la opresión. “Traigo en el corazón las doctrinas del Maestro”, confesó, y no era retórica, era la constatación de que su proyecto revolucionario era, ante todo, la continuación de una lucha que Martí había iniciado y que la Generación del Centenario se disponía a culminar.
Esa herencia no se agotó en el Moncada. Cuando Fidel llegó a la Sierra Maestra y luego triunfó el 1ro de enero de 1959, el ideario martiano se convirtió en la brújula del gobierno cubano. Las leyes revolucionarias, la reforma agraria, la campaña de alfabetización, la apuesta por la cultura popular: todas llevaban el sello de aquella máxima martiana de que “ser culto es el único modo de ser libre”. Fidel, lector infatigable de Martí, supo convertir las palabras del Apóstol en políticas concretas, demostrando que la revolución no es un asalto al poder, sino una transformación permanente del ser humano. Por eso, cuando en 1961 proclamó el carácter socialista de la Revolución, estaba profundizando el legado martiano, porque el Maestro había soñado con una patria donde la justicia no fuera privilegio de unos pocos.
En este 2026, al cumplirse el centenario de Fidel, aquella conexión se vuelve más nítida que nunca. Fidel supo ver que las ideas del Héroe Nacional de Cuba eran un programa de acción que exigía coherencia, sacrificio y, sobre todo, una fidelidad absoluta a los humildes. “Con los pobres de la tierra quiero yo mi suerte echar”, escribió Martí en Versos Sencillos, y Fidel convirtió ese verso en el eje de su vida pública. No es casual que la campaña contra el analfabetismo, la creación del sistema de salud pública o la defensa de la soberanía frente al imperialismo tengan su raíz más profunda en aquella ética martiana que Fidel supo actualizar en cada coyuntura histórica.
El Comandante en Jefe reconoció, en innumerables ocasiones, que su formación política había comenzado en las aulas de los jesuitas, pero que su formación revolucionaria había nacido de la lectura de Martí. “Martí es el que nos forjó el alma”, dijo en una entrevista, y esa confesión revela algo esencial: la Revolución Cubana no es un fenómeno aislado, sino la maduración histórica de un pensamiento que venía gestándose desde el siglo XIX. La Generación del Centenario no fue una excepción; fue la consecuencia lógica de una tradición de lucha que Martí había sintetizado y que Fidel, con su genio estratégico y su temple ético, llevó a su punto culminante.
Este 13 de agosto de 2026, fecha de celebración del centenario del Líder indiscutible de la Revolución Cubana, no se puede mirar de reojo a aquel 28 de enero de 1953. Porque ambos centenarios se tocan, se explican y se necesitan. La frase de Fidel en el juicio del Moncada fue un gesto de honestidad histórica: sin Martí, no habría habido Moncada; sin Moncada, no habría habido Revolución; sin Revolución, no habría habido Fidel tal como lo conocemos. Esa cadena de causalidades es la que da sentido al pasado y proyecta el futuro de la nación cubana.
Los desafíos del siglo XXI —la actualización económica, la batalla cultural en el entorno digital y la resistencia creativa frente al bloqueo— son distintos a los de 1953 o 1959, pero el espíritu que animó a la Generación del Centenario sigue siendo el mismo. Las nuevas generaciones de cubanos, forjadas en las aulas y en las plazas, tienen en Martí y en Fidel dos referentes éticos que no prescriben. El primero les enseñó que la patria es donde caben todos los sacrificios; el segundo les demostró que esa patria se construye cada día con trabajo, dignidad y solidaridad. En tiempos de incertidumbre global, cuando los valores parecen diluirse en el relativismo, la estela martiana-fidelista se alza como un recordatorio de que hay principios que no se negocian, y que la Revolución, como las ideas, nunca muere: se transforma, se renueva y sigue adelante.
Al conmemorar el centenario del natalicio de Fidel Castro Ruz, no se estará celebrando a un hombre, sino a una época, a una tradición de lucha que arrancó en el siglo XIX con Martí y que continúa viva en cada maestro, cada médico, cada obrero y cada campesino que defiende su obra. Y en esa celebración, el nombre de José Martí estará necesariamente presente, porque así lo quiso Fidel. Ambos, desde sus respectivas trincheras, nos legaron la misma enseñanza: que la verdadera independencia no se conquista una vez, sino que se defiende todos los días, con la palabra y con el ejemplo, con la razón y con el corazón.
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