Manifiesto de Montecristi con la pluma precisa de Martí

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Siempre he pensado que hay documentos que no envejecen porque están escritos con la convicción de quien sabe que el tiempo juega a su favor. El Manifiesto de Montecristi es uno de ellos. Firmado el 25 de marzo de 1895 por José Martí y Máximo Gómez, lleva el nombre de la pequeña ciudad dominicana donde fue redactado, aunque su título original fuera más modesto: “El Partido Revolucionario Cubano a Cuba”. Lo redactó Martí con aquella precisión que convierte cada frase en un destello, pero lo rubricó Gómez con la autoridad de quien había forjado su temple en diez años de guerra. Juntos hicieron algo que la historia no siempre logra: que la palabra y la acción hablaran el mismo idioma.

Cuando hojeo sus líneas, me sorprende la lucidez con que sus autores se adelantaron a los dilemas que después atravesarían el independentismo cubano. Llevaban apenas un mes desde el Grito de Baire, y aún no habían pisado la isla; la guerra ya había comenzado sin ellos. Pero en vez de apresurarse a partir, se detuvieron a escribir. Esa pausa no fue un lujo, sino una necesidad política. Sabían que una revolución sin principios se devora a sí misma, y que la unión entre los veteranos del 68 y los emigrados organizados por el Partido Revolucionario Cubano no podía sostenerse solo con gestos. Necesitaba un texto que la hiciera explícita, casi un contrato fundacional.

Una de las frases que más me ha quedado grabada desde la primera vez que la leí es aquella que reza: “no se hace la guerra para cambiar de dueño, sino para quitarse el dueño”. En pocas palabras, Martí sintetiza la diferencia entre una verdadera revolución y un simple relevo en el poder. Esa idea, que parece tan elemental, fue el eje sobre el cual giró el entendimiento con Gómez. Porque el general dominicano, que había visto naufragar la Guerra de los Diez Años en divisiones internas y en intentos de anexión, sabía que la independencia no valía la pena si al final se trataba solo de intercambiar un amo por otro.

El texto también es, a mi juicio, una lección de ética aplicada a la guerra. Martí y Gómez proclamaron que la contienda sería “culta”, “juiciosa”, “no vengativa”. No era una declaración ingenua, sino una estrategia para diferenciarse del horror que había marcado la guerra anterior. “No nos maltraten, y no se les maltratará. Respeten, y se les respetará. Al acero responda el acero, y la amistad a la amistad”, advirtieron a los españoles honrados que residían en Cuba. Esa mezcla de firmeza y mesura me parece una muestra de madurez política poco común en cualquier proceso revolucionario.

Pero hay otro aspecto del manifiesto que admiro por su valentía: la advertencia geopolítica. Sin nombrar aún a Estados Unidos, los firmantes rechazaron “toda consideración geopolítica acerca de un futuro para Cuba relacionada excesivamente o integrada en los marcos estatales de otra nación”. En 1895, cuando muchos en la isla y en el exilio todavía miraban hacia el norte con esperanzas anexionistas, Martí y Gómez cerraron esa puerta. La independencia debía ser absoluta, y esa postura no era solo una declaración de principios, sino una advertencia que el tiempo se encargaría de volver profética.

También me impacta la manera en que enfrentaron el argumento racista que el colonialismo usaba para dividir. En un contexto donde el “miedo al negro” había sido manipulado por España para frenar la independencia, el manifiesto denunció esa “tacha de amenaza de la raza negra” como un invento de los beneficiarios del régimen colonial. La experiencia de la emigración y de la guerra anterior había demostrado que negros, blancos y mestizos podían luchar codo a codo. Decir aquello en 1895, con la fuerza de un documento público, fue un acto de hondura ética que todavía resuena.

No quiero dejar de lado el papel de Máximo Gómez. Él no solo firmó: aportó su autoridad entre los veteranos, su conocimiento militar y, sobre todo, su disposición a subordinar el mando a la dirección política. Esa fue una decisión extraordinaria: un caudillo victorioso aceptando que la revolución debía tener un liderazgo civil. Sin esa generosidad estratégica, el manifiesto habría sido solo un texto hermoso, no el programa de una guerra unificada.

Apenas dos semanas después de la firma, Martí y Gómez desembarcaron por Playitas de Cajobabo. El 19 de mayo, en Dos Ríos, Martí cayó en combate. El Manifiesto de Montecristi quedó entonces como su testamento político, pero también como la brújula que Gómez mantuvo firme hasta el final de la guerra.

Por eso, cuando hoy regreso a sus páginas, no lo hago con la nostalgia de un hecho del pasado, sino con la certeza de que aquella alianza entre la palabra precisa y la acción consecuente sigue siendo el mejor ejemplo de que la unidad, cuando se construye sobre principios, puede cambiar la historia. Cada aniversario de aquel 25 de marzo me confronta con esa verdad: los grandes procesos no se sostienen solo con gestos épicos, sino con acuerdos que anteponen los principios a las ambiciones personales.

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Barbara M. Cortellan Conesa

Ingeniera Química por la Universidad de Camagüey. Diplomada en Periodismo. Máster en Ciencias de la Comunicación. Periodista-Editora del diario 5 de Septiembre. Miembro de la Unión de Periodistas de Cuba.

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