Carnaval: una carcajada que precede al silencio
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Las calles se llenan de música, máscaras y desfiles. El Carnaval es una fiesta que parece suspender el tiempo, y no nació de la nada; como todo, tiene un origen. Es el eco de antiguas celebraciones paganas que sobrevivieron al paso de los siglos y se transformaron en el preludio de la Cuaresma cristiana.
Todo se remite a la antigüedad en la cuenca del mar Mediterráneo. En aquellos tiempos los egipcios, griegos y romanos celebraban rituales de desenfreno vinculados a la fertilidad, la navegación y el cambio de estaciones. Los romanos honraban a Saturno y a Baco, con banquetes y excesos; los griegos se entregaban a Dionisio con procesiones teatrales; en Egipto, la diosa Isis recibía ofrendas donde barcos decorados con flores abrían la temporada de navegación. De ahí proviene, según algunos historiadores, la etimología de “carrus navalis”, que dio origen a la palabra “Carnaval”
Con la expansión del cristianismo, estas fiestas se transformaron, en vez de desaparecer. La Iglesia, consciente de su fuerza popular, las integró al calendario litúrgico como un “último permiso” antes de la austeridad cuaresmal. Así, el Carnaval se convirtió en la antesala del Miércoles de Ceniza, cuando comienza la Cuaresma, la cual incluye 40 días de ayuno, abstinencia y reflexión que culminan en la Pascua. La propia etimología cristiana, “carnem levare”, algo así como “quitar” o “librarse” de la carne, refuerza su conexión con el momento de consumir lo que pronto estará prohibido.

Durante la Edad Media, el Carnaval asumió un matiz social y político. Las máscaras ocultaban rostros y permitían criticar a nobles y clérigos sin temor a represalias. Era el tiempo en que el pobre podía burlarse del rico, y el orden cotidiano se invertía. La fiesta se convirtió en un espacio de libertad, donde la sátira convivía con la música y el exceso.
Aunque en la actualidad el Carnaval se ha secularizado y se celebra en ciudades tan diversas como Venecia, Río de Janeiro o Veracruz, conserva su esencia de ruptura y mutación. Es el último estallido de color antes del recogimiento espiritual. Una fiesta que recuerda que la historia humana siempre ha oscilado entre el desenfreno y la disciplina, entre “Don Carnal” y “Doña Cuaresma”.
El Carnaval es más que un desfile de disfraces. Es la expresión de cómo las culturas supieron transformar la necesidad de celebrar en un rito de mutación.
Es el sonreír y la carcajada que antecede al silencio reflexivo, un puente entre lo pagano y lo cristiano, entre la abundancia y la abstinencia.
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