Martí y la urbe como escenario de lucha por la justicia social

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Un recorrido periodístico por las ciudades que forjaron al Apóstol

Para entender a José Martí, nuestro Apóstol, no basta con leer sus versos o sus discursos. Hay que seguirlo por las ciudades que lo vieron sufrir, crecer y resistir.

Desde muy joven, La Habana colonial le mostró el rostro más cruel de la injusticia: las murallas que separaban a los criollos de los españoles, el privilegio del comercio esclavista y una prensa amordazada. Fue en su Habana querida, la de la calle Paula y el colegio de San Pablo, donde Martí comenzó a forjar esa conciencia dolorida que luego lo llevaría a defender la verdad como herramienta de liberación.

El primer destierro a España, con apenas 17 años, fue su encuentro con las ciudades viejas del imperio. Madrid y Zaragoza no lo intimidaron; al contrario, allí entendió que la metrópoli también arrastraba sus propias contradicciones: universidades que predicaban la libertad mientras negaban a Cuba, y calles donde el pensamiento colonial se disfrazaba de modernidad. Como periodista, valoro que en esas ciudades españolas él aprendió a escribir con rigor y furia, denunciando la hipocresía del sistema y defendiendo a los cubanos encarcelados. Allí nació su pluma incorruptible.

México fue su primera gran escuela urbana americana. En el Distrito Federal, Martí no solo encontró trabajo como periodista, sino que descubrió la fuerza de una ciudad mestiza, vibrante y revolucionaria. Las calles de la capital azteca le mostraron que la unidad entre nuestros pueblos era posible. Sin embargo, también vio la fragilidad de las jóvenes repúblicas, sus caudillismos y exclusiones. Por eso, desde su crónica, advirtió sobre el peligro de imitar modelos extranjeros sin mirar nuestra propia raíz indígena y campesina.

Guatemala le regaló a Martí una ciudad de montaña, tranquila pero intensa en su vida cultural. Allí, como maestro, entendió que las ciudades debían ser ante todo espacios educadores. Su paso por la Ciudad de Guatemala —donde amó a María García Granados— lo confirmó: sin escuelas, bibliotecas y maestros dignos, el progreso urbano no es más que fachada. También sufrió allí la primera gran marginación política al ser señalado por sus ideas. Eso le enseñó que, en cualquier ciudad del mundo, el periodista comprometido paga un precio por decir la verdad.

Pero es Nueva York, la metrópoli feroz, donde la vida de nuestro Apóstol se trenza más profundamente con el drama urbano. Aquel exilio de casi 15 años fue su calvario y su taller. Martí caminó sus barrios pobres, vio a los obreros italianos, irlandeses y judíos hacinados en viviendas insalubres mientras los millonarios del ferrocarril paseaban en carruaje. Y en esa ciudad de hierro y humo, él decidió no odiar a Estados Unidos, sino entenderlo para advertirnos. Como periodista cubana, me emociona leer sus crónicas para La Nación de Buenos Aires: allí retrató la discriminación racial, la corrupción política y el acaparamiento de tierras con una claridad que sigue vigente.

Fue precisamente en Nueva York donde Martí perfeccionó su idea de ciudad justa. Para él, una urbe no podía medirse por sus rascacielos ni por la fortuna de sus bancos, sino por cómo trataba a sus niños, a sus ancianos y a sus inmigrantes. Allí nació el Partido Revolucionario Cubano, no en un palacio, sino en locales modestos de Tampa y Cayo Hueso —ciudades pequeñas pero obreras y dignas—. Esa geografía urbana del exilio le mostró que la justicia social se construye desde el vecindario, desde la fábrica y desde la imprenta. Por eso defendió siempre el derecho de los pueblos a vivir sin hambre ni humillación.

Cuando finalmente regresó a Cuba por la Guerra Necesaria, Martí no buscó las ciudades grandes como centro de operaciones militares. Escogió el campo, las montañas de Oriente, porque sabía que la verdadera transformación vendría desde lo rural, desde el mambí que cargaba su machete. Pero jamás rechazó las ciudades: entendió que La Habana, Santiago, Matanzas debían ser liberadas para que el pueblo entero respirara sin cadenas. Su muerte en Dos Ríos, a dos leguas de la ciudad, fue el acto supremo de coherencia: el Apóstol que había vivido en las grandes metrópolis del mundo dio su vida por un campo libre, sabiendo que ese campo sostiene a las ciudades justas.

Por eso, cuando ejercemos el periodismo en Cuba hoy, debemos recordar a Martí y sus ciudades. Nuestro Apóstol nos enseñó que la verdad no es cómoda ni rentable, y que defender la justicia entre los pueblos implica criticar con amor pero sin miedo. Las ciudades del mundo siguen siendo escenarios de desigualdad y mentiras mediáticas. Pero también son espacios donde podemos, como él, levantar una crónica valiente, denunciar la injusticia y soñar urbes hermanas, libres de imperios y de odios. Que nuestro comentario sobre Martí no sea un elogio vacío, sino un compromiso de acción. Como él escribió en el párrafo inicial del ensayo Nuestra América (1891): «Trincheras de ideas valen más que trincheras de piedra».

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Barbara M. Cortellan Conesa

Ingeniera Química por la Universidad de Camagüey. Diplomada en Periodismo. Máster en Ciencias de la Comunicación. Periodista-Editora del diario 5 de Septiembre. Miembro de la Unión de Periodistas de Cuba.

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