Crónica del Barranco de Víznar
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Por: Lian Roque Roque*
A las dos de la tarde, bajo un sol firme que aún dominaba el cielo granadino, inicié el recorrido por el Barranco de Víznar, ese espacio donde la naturaleza y la memoria se entrelazan con una intensidad que desarma. El sendero, bordeado por pinos altos y silenciosos, parecía abrirse no solo en la tierra sino también en la conciencia.
A esa hora, la luz caía oblicua sobre el paisaje, revelando un territorio que invita a mirar hacia afuera y hacia adentro al mismo tiempo. Mientras avanzaba, los recuerdos comenzaron a aflorar como si el propio barranco los convocara. Volvió a mí La casa de Bernarda Alba, aquella obra que estudié en la escuela y que marcó mi primer encuentro profundo con el universo lorquiano.

Recordé también lo leído sobre la visita de Federico García Lorca a mi Cienfuegos natal, un puente inesperado entre mi historia personal y la del poeta. En ese instante, el barranco dejó de ser un lugar ajeno: se volvió íntimo, cercano, casi propio. Las ruinas del antiguo molino —lo que fue La Colonia— emergieron entre la vegetación como un esqueleto de piedra que se resiste a desaparecer.
Allí, en agosto de 1936, Lorca y tantos otros pasaron sus últimas horas antes de ser conducidos hacia la muerte. La historia, tantas veces leída, adquirió un peso distinto al pisar el mismo suelo, al respirar el mismo aire. No era solo memoria: era presencia.

El cielo comenzó a nublarse lentamente, anunciando la lluvia que llegaría al final de la visita. La luz del sol, antes intensa, se volvió más suave, casi melancólica. Los pinos, erguidos y solemnes, parecían custodiar el barranco con una dignidad antigua. Los vi como símbolos de hidalguía, como retoños de un presente que se niega a olvidar su pasado. En su verticalidad había una lección de entereza.

Al llegar al monolito con el nombre de Lorca, la emoción se volvió sobrecogimiento. No es un monumento grandilocuente, pero su sobriedad lo hace más elocuente. Allí comprendí que esta visita era un tributo. Un tributo a Lorca, sí, pero también a todos los que fueron silenciados, a los que lucharon y a los que hoy siguen luchando por la dignidad, la justicia y la memoria. Porque Lorca vive en cada hombre o mujer, en cada niño o niña que sueña y trabaja por un mundo mejor.

El Barranco de Víznar no es solo un espacio natural ni un enclave histórico: es un territorio donde la energía se condensa, donde el pasado late bajo la corteza de los pinos y en la humedad de la tierra. Es un lugar que interpela, que obliga a detenerse, a recordar, a pensar. Cuando la primera ráfaga de viento anunció la inminente lluvia, supe que era hora de marcharme. Pero también supe que algo de mí quedaba allí, entre las sombras y la luz, entre la historia y la poesía.
*Jefe de Departamento Filosofía e Historia de la Universidad de Ciencias Médicas de Cienfuegos. Se encuentra en España en una estancia formativa, a partir de los convenios entre la Universidad de Ciencias Médicas de Cienfuegos y la Universidad de Granada.
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