La eterna gloria de José Antonio Méndez

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A 37 años del deceso de José Antonio Méndez, el eco de su propuesta estética sigue desafiando el paso del tiempo como un faro de resistencia lírica

La tarde habanera del 10 de junio de 1989 se vistió con una melancolía distinta, de esa que solo acontece cuando se apaga la voz que enseñó a toda una isla a cantarle al amor sin prisa.

Además de la pérdida de un compositor y guitarrista excepcional, el fallecimiento de José Antonio Méndez significó el cierre de un capítulo irrepetible en el cancionero cubano, dejando un vacío inmenso en los callejones del barrio de Cayo Hueso y en cada rincón bohemio que ocupó su música.

Junto a un puñado de creadores audaces en la década de 1940, Méndez se encargó de oxigenar la tradición musical cubana al cruzar las raíces del bolero con la audacia armónica del jazz estadounidense.

De esa mezcla de géneros e intuiciones nació el filin, adaptación criolla del término feeling, que convirtió la interpretación en un acto de pura honestidad emocional, donde importaba mucho más conmover que demostrar una técnica vocal perfecta.

Su guitarra fue una extensión de su propio pulso, donde las cuerdas dialogaban con las penas y las glorias cotidianas.

 

Canciones inmortales como “La gloria eres tú” o “Novia mía” no tardaron en derribar las fronteras insulares para convertirse en temas universales de la música romántica, versionados por las voces más grandes del continente.

Un legado que desafía al olvido

Hoy, a 37 años del deceso de José Antonio Méndez, el eco de su propuesta estética sigue desafiando el paso del tiempo.

El movimiento que ayudó a fundar no se quedó atrapado en las victrolas del siglo pasado, sino que dejó huella indeleble en las nuevas generaciones de cantautores iberoamericanos.

En este presente, cuando la música a menudo se sumerge en la prisa y las pantallas, la obra de José Antonio Méndez se erige como un faro de resistencia lírica.

Porque mientras exista alguien que busque refugio en una guitarra para confesar un desamor a media luz, la huella del maestro del filin permanecerá tan viva y necesaria como la primera vez.

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