La danza, lenguaje del cuerpo

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No hay letra más antigua que la trazada por una cadera al girar. Antes del papiro, la tablilla de arcilla, el silabario o el jeroglífico, existió la danza. Así lo atestiguan desde hace milenios, las paredes de las cuevas indias de Bhimbetka. Los brazos de sus figuras se alzan como si el cuerpo escribiera en el aire.

Cada 29 de abril, el mundo celebra ese lenguaje. El Día Internacional de la Danza lo proclamó la UNESCO en 1982 cuando el Instituto Internacional del Teatro quiso dedicarle un día al movimiento. Escogieron la fecha en honor a un francés del siglo XVIII llamado Jean-Georges Noverre, quien se dio cuenta de que el baile puede narrar historias sin palabras.

La danza precedió a la agricultura. En el Antiguo Egipto, los bailarines profesionales se entrenaban con tal rigor que algunas de sus tumbas los muestran en posición de salto. En Grecia, los ciudadanos libres aprendían danza como hoy se aprende matemáticas. En la China imperial los bailes duraban horas y cada gesto de la manga equivalía a la frase de un poema. En el África al sur del Sahara, el tambor podía marcar el pulso de toda una comunidad.

No hace falta viajar lejos. Cualquiera que haya visto a un niño pequeño girar hasta caer mareado, intuye que la danza es anterior a la enseñanza, a la disciplina; incluso, al pudor. Bailar sirve para recordar que el cuerpo fue la primera herramienta, y nunca ha dejado de serlo.

Los movimientos danzarios denotan cosas que no caben en las palabras; alegrías que la sintaxis aplasta, miedos que el lenguaje civiliza hasta tornarlos secos. Cuando el diccionario se rinde, prevalece la danza.

Es una conversación con lo involuntario. Los rituales antiguos la usaban para invocar la lluvia o curar enfermos: se creía que el cuerpo, abandonado al movimiento, se vuelve un canal de fuerzas superiores a él mismo.

Los sanadores del desierto de Kalahari bailan todavía en la noche hasta caer en trance y arrancar las malas energías. No es folklore pintoresco. Es la misma urgencia que mueve a un adolescente a saltar en un concierto de rock, o a una madre a mecer a su hijo.

En cientos de ciudades, los cuerpos vuelven a recordar su propia inteligencia. Así lo hacen los profesionales, los aficionados y hasta quienes por primera vez se atreven a dar sus primeros pasos. No será perfecto, pero es humano.

La danza no exige técnica. Solo reclama presencia. Es cita antropológica, ritual, historia, fisiología y arte. Lo acapara todo, y ese es el lujo que nunca le podrán quitar.

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