José Martí y la hora de la segunda independencia

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José Martí Pérez nació un enero sin sol, cuando crecía La Habana extramuros. Paradójicamente, aquel crepúsculo gris dio a la luz al más universal de los cubanos.

Hijo de inmigrantes españoles, José Julián Martí Pérez fue fruto genuino de la tierra que lo vio nacer. Siendo todavía un niño, los espectáculos cruentos de la esclavitud lo hicieron pronunciar un juramento: “lavar con su vida el crimen”.

Al despuntar su adolescencia, era ya un luchador contra el colonialismo que lo condenó a trabajo forzado, con cadena y grillete al pie, en un presidio político cuyos horrores denunciaría y donde  forjó su libertad espiritual, su ética militante.

El pronto destierro y su periplo por diferentes naciones, además de la innata vocación humanista, templaron al héroe, su sentir solidario de los más altos valores en la escala universal.

Nos referiremos a una de las facetas trascendentales del Maestro:

Su latinoamericanismo. El pensamiento martiano es una eterna poesía de amor, entrega humana y consagración social. Es indudable el carácter fundador de su obra, que emerge como testimonio de una cultura de transición constante, de evolución hacia nuevas calidades de la sociedad.

¿Qué privativa sensibilidad provocó que aquel niño, testigo del sufrimiento de un esclavo, sobreviniera redentor de todos los crímenes de la humanidad?

La adolescencia en los trabajos forzados fue el germen de su predicación de la Guerra Necesaria. Luego el destierro marcó su ideario en Madrid y Zaragoza, donde hizo estudios, confirmó, por un lado, su vinculación con el espíritu rebelde del pueblo de España y por otro, que nada podían esperar Cuba y demás naciones del “sur del río Bravo” de sus gobiernos, monárquicos o republicanos.

Su peregrinación por México, Guatemala y Venezuela le hizo experimentar los problemas de las nuevas repúblicas, todavía lastradas por vicios coloniales. Su estancia de cerca de quince años en Estados Unidos le permitió conocer a fondo los grandes creadores de la cultura, los méritos y peligros de su sistema social, las características del pueblo y la tendencia imperialista creciente de su gobierno.

Cuando José Martí proclama el Partido Revolucionario Cubano el 10 de abril de 1892 en Nueva York: “el Apóstol”, que desde el punto de vista del significado, rebasaba los marcos políticos habituales.

La actividad revolucionaria de Martí alcanza una intensidad sobrecogedora reflejada en su oratoria, en artículos en el periódico Patria, en su epistolario yviajes incesantes, incluyendo los que debió hacer para asegurar la incorporación de los dos generales más prestigiosos de la Guerra de los Diez Años: Máximo Gómez, elegido General en Jefe del Ejército Libertador y Antonio Maceo.

Dos emblemáticas obras revelan con mayor énfasis el sentido latinoamericanista:

Nuestra América es un ensayo redentor, compendia y sintetiza una historia, una cultura, una política, que insertadas en teoría filosófica de la revelación de nuestro ser esencial, expresa también un momento cumbre de radicalización del pensamiento teórico-ideológico:

“…¿En qué patria puede tener un hombre más orgullo que en nuestras repúblicas dolorosas de América, levantadas entre las masas mudas de indios, al ruido de pelea del libro con el cirial, sobre los brazos sangrientos de un centenar de apóstoles? De factores tan descompuestos, jamás, en menos tiempo histórico, se han creado naciones tan adelantadas y compactas…”

La revelación de nuestra memoria histórica no es solo el valor de Nuestra América, revela también todo lo que se opone a su realización:

“Con los oprimidos había que hacer causa común, para afianzar el sistema opuesto a los intereses y hábitos de mando de los opresores. El tigre, espantado del fogonazo, vuelve de noche al lugar de la presa. Muere echando llamas por los ojos y con las zarpas al aire. No se le oye venir, sino que viene con zarpas de terciopelo. Cuando la presa despierta, tiene al tigre encima”.

Por otra parte en Madre América, discurso pronunciado en la Sociedad Literaria Hispanoamericana el 19 de diciembre de 1889, Martí drena su pasión por la América Latina, el chovinismo, el sentir que no es peyorativo por el pueblo del Norte, pero sí es de añoranza por el Sur y se trasluce en cada frase:

Por eso vivimos aquí, orgullosos de nuestra América para servirla y honrarla. No vivimos, no, como siervos futuros ni como aldeanos deslumbrados, sino con la determinación y la capacidad de contribuir a que se la estime por sus méritos, y se la respete por sus sacrificios.

“Porque las mismas guerras que de pura ignorancia le echan en cara, los que no la conocen, son el timbre de honor de nuestros pueblos, que no han vacilado en acelerar con el abono de su sangre el camino del progreso y pueden ostentar en la frente sus guerras como una corona”.

En los momentos actuales, cuando el escepticismo histórico cunde y pulula en la arena internacional, cuando no faltan los intentos de negar la historia, los valores, la cultura, la tradición, la razón, los proyectos de emancipación social y el progreso, la racionalidad se impone como necesidad de preservar, no solo la identidad nacional, sino también la identidad humana.

En tales condiciones, el paradigma martiano y el ideal que le es consustancial, adquieren más que nunca contemporaneidad y vigencia social. La hora de la “segunda independencia” es una infinita profecía.

Por siempre será nuestro Martí para quienes aman los bellos sueños, un previsor con luz de estrella.

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Dagmara Barbieri López

Periodista. Máster en Ciencias de la Comunicación.

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