Inteligencia Artificial: facilita, acelera, pero no sustituye

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Quien haya enfrentado una tesis de grado, una maestría o un doctorado conoce la montaña que hay que escalar: semanas en bibliotecas digitales buscando un artículo pertinente, madrugadas enteras corrigiendo citas, días enteros procesando datos con herramientas obsoletas y la angustia de no saber si el enfoque metodológico es el correcto. Para el investigador cubano, además, se suman los apagones, el acceso intermitente a Internet y el bloqueo que nos cierra las puertas de las grandes bases de datos comerciales.

En ese escenario, la inteligencia artificial ha llegado no como un lujo, sino como una herramienta de supervivencia académica y, bien usada, como una verdadera democratizadora del conocimiento.

En el reciente VI Congreso Internacional de Investigación Científica (CIIC 2026), auspiciado por la Organización Internacional CINEA Latinoamérica y celebrado en Perú con participación virtual de profesionales de diversos países —evento del cual fui participante—, el Doctor Carmelo Cedeño de la Rosa enfatizó en su conferencia las transformaciones que la Inteligencia Artificial trae a las investigaciones cuantitativas.

El Doctor subrayó que la IA potencia la investigación cuando se usa con criterio estadístico, rigor metodológico y responsabilidad interpretativa. Por su parte, los participantes coincidieron en que son estrategias accesibles para codificar datos, pero exigieron la revisión crítica del investigador ante posibles errores.

Las facilidades son tangibles y transformadoras. Con IA, un estudiante puede, en minutos: rastrear y sintetizar bibliografía que antes exigía meses; estructurar marcos teóricos y descubrir conexiones invisibles; procesar datos con una rapidez imposible; pulir la redacción sin perder su voz; y traducir al instante, sorteando las barreras idiomáticas que el bloqueo también impone.

Pero ojo, la IA es una facilidad, no un sustituto del investigador. El riesgo de que un estudiante le pida al algoritmo que ‘le escriba’ toda la tesis es real, y eso no es ciencia, sino fraude académico y, peor aún, una renuncia al pensamiento crítico que nos distingue. Una tesis cubana —de maestría o doctorado— no puede nacer de un ‘prompt’ genérico; debe surgir de la necesidad de resolver problemas concretos de nuestro pueblo, de la agricultura, la salud o la energía.

Además, debemos construir soberanía en esta era digital. Depender de ChatGPT o Gemini —plataformas de empresas estadounidenses que recopilan nuestros datos— es entregar nuestra producción intelectual al mismo enemigo que nos asfixia con el bloqueo. Por eso, desde nuestras universidades y centros de investigación, debemos impulsar el uso de modelos de código abierto —como los que alojan servidores públicos en Europa o China— y desarrollar capacidades propias. La conectividad y los servidores nacionales deben priorizar a los investigadores noveles, que son el relevo generacional de nuestra ciencia.

En definitiva, que un estudiante use IA para ordenar sus fuentes, revisar su gramática o esbozar un gráfico no lo hace menos científico; lo hace más eficiente. Esa eficiencia gana tiempo para lo esencial, el pensamiento profundo, la duda metódica y la creatividad, atributos que ningún algoritmo puede ni debe suplantar.

La inteligencia artificial, puesta al servicio del investigador con una pedagogía clara sobre sus límites, es una aliada de lujo para que nuestras tesis y doctorados sigan siendo, como siempre, un orgullo de la inteligencia nacional. Que acelere el proceso, pero que jamás acelere la ética, que quite el lastre burocrático y operativo para que el investigador tenga más tiempo para pensar, analizar y crear, pero que jamás atropelle ni salte los principios fundamentales de la ciencia solo porque la IA lo hace más rápido o fácil.

El pensamiento crítico, la originalidad y la voz del autor resultan irrenunciables. Los algoritmos alucinan, inventan citas falsas, reproducen sesgos y, lo más peligroso, ofrecen respuestas erróneas con apariencia de certeza. Acelerar la ética sería aceptar lo que genera el chatbot, no verificar fuentes, no contrastar datos, no ejercer la duda. Una tesis no es un producto que se ‘fabrica’ más rápido; es un proceso de maduración intelectual. Y ese proceso exige tiempo para la duda, la revisión por pares, la réplica de experimentos y la reflexión profunda.

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Barbara M. Cortellan Conesa

Ingeniera Química por la Universidad de Camagüey. Diplomada en Periodismo. Máster en Ciencias de la Comunicación. Periodista-Editora del diario 5 de Septiembre. Miembro de la Unión de Periodistas de Cuba.

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