Un hijo de Cruces; un hijo del tiempo

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Por estas fechas el pueblo de Cruces celebra a una de sus más reconocidas figuras del ámbito literario; un hijo del pueblo de los Molinos que dedicó, además, muchos años de su vida al estudio de la diplomacia, la política, historia, la educación y el periodismo. Raúl Aparicio Nogales (Cruces, 29 de mayo de 1913 – La Habana, 3 de enero de 1970) ꟷcomo destaca en el prólogo de uno sus libros el crítico Waldo González Lópezꟷ, enarboló el decoro y la dignidad en todas sus ocupaciones, incluso siendo todavía un adolescente al fundar junto a Carlos Rafael Rodríguez, Edith García Buchaca, Juan David, Raúl Dorticós y Juan Olaiz, el llamado “grupo de Cienfuegos de los años 30”, conocido como Ariel, “cuya actuación política y cultural trascendió ꟷdesde las páginas de Segurꟷ los límites de la entonces provincia de Las Villas”.

Fue su gran interés por la historia quien lo llevó a obtener el Premio Uneac en 1966 con la singular obra biográfica Hombradía de Antonio Maceo, en la cual realza “la verdadera identidad de este ‘revolucionario por excelencia’ en el centro mismo de su complejo contexto socieconómico”, o como el propio autor la catalogara de “biografía en cierta medida novelada”.

Más o menos a partir de esa vertiente genérica, permeada por la ficción y la pericia de intelectual, surge su cuentística; fiel reflejo de las situaciones y episodios representativos de la historia nacional, atravesada por su prisma multivisor. No obstante, ni siquiera en sus obras más breves el escritor regala su arte de modo facilista; Aparicio no quiere gratuidades, quiso que su público ideal disfrutase, a la par de apostar por el análisis profundo y la reflexión.

Los cuentos que aparecen en la compilación que hoy reseñamos a los lectores, titulada Hijos del tiempo (1964), había sido ya publicados muchos años antes de la Revolución del 59 en diversos periódicos y revistas, la cual mantiene una marcada temática populista, defendida, por ejemplo, por colegas contemporáneos como Onelio Jorge Cardoso, Raúl González de Cascorro o Dora Alonso, aunque la crítica ha señalado en los textos del crucense una línea no tan encaminada linealmente en este sentido, debido a su vis de viajero empedernido por otras latitudes.

“La vaca tristusa” es el primer relato de la mencionada colección Hijos del tiempo, está ambientado en los últimos años del coloniaje español sobre Cuba, donde despunta la manigua como espacio envolvente para sus personajes centrales, Jobo Dulce y Margarito. Poco a poco, con su ingenio narrativo, Aparicio despliega con tacto las diferencias entre el campo y las zonas urbanas, los horrores de la política de Weyler, enlazando el final de la agonizante colonia con la incipiente Neorrepública, mezclando expresiones pintorescas, el refranero del campesino común, más un tratamiento cercano y sincero de figuras históricas como Máximo Gómez mediante conocidos epítetos.

En el resto de los cuentos se continúa (des)dibujando a personajes en su mayoría marginados por el contexto histórico-social de la Cuba republicana: el pícaro, la prostituta, los desempleados, el corrupto, los enajenados y figurillas pueblerinas de diversa índole; una viva estampa de la sociedad en crisis de aquellos años, sin abandonar “el sabroso humor criollo, agudo, salpicón, trompetillero, a ratos neologista afincado en la savia hispana más conceptualista (…)” al decir del ya citado González López.

“El inspector”, “Oficios de pecar”, “Donde le dieron los planazos a Panchito”, “El jinete sin cabeza”, son muestra de la mejor tinta apariciana, que nos recuerda aquel lejano siglo de oro de las letras españolas dominado por mendigos, alcahuetas y usureros. Todo ello le otorga a la realidad cubana un toque esperpéntico, surrealista que se imbrica con la historia que retrata el escritor; el hecho ficcionalizado desde un nuevo punto de vista volcado hacia el individuo más diverso.

Ya en la segunda colección de relatos, Espejos de alinde (1968) ꟷinsertada igualmente en dentro de Oficios de pecar y otras narraciones (1981), editado por Letras Cubanasꟷ, se nota un dominio mayor de las temáticas en torno a los cambios que suscitó la Revolución del 59 y una búsqueda de renovadas formas expresivas. De todos, “Jiribilla” deviene en la fábula que mejor ilustra allí la metamorfosis, contraponiendo lo caduco con lo nuevo de una manera plausible. Ya para ese momento, Raúl Aparicio había cristalizado definitivamente sus cualidades como autor cimero.

Además de los cuentos, este autor posee dos novelas, la primera vio la luz en 1961, Frutos del azote, y Chipojo (1977), las cuales beben y son herederas de esas inolvidables historias del hampa en sus primeros escritos.

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Delvis Toledo De la Cruz

Licenciado en Letras por la Facultad de Humanidades de la Universidad Central "Marta Abreu" de Las Villas en 2016.

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