De Norte a Sur (de Las Villas), … y para toda la vida
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La primera vez que vino a Cienfuegos lo hizo como tercera base del equipo del Colegio de los Jesuitas de Sagua la Grande. Muy lejos estaba de imaginar que más de la mitad de su prolongada existencia trascurría en la Perla del Sur.
Del juego no guarda casi ningún detalle en su memoria de octogenario dinámico y ágil conversador, pero cómo olvidar el resto de la que debió ser una jornada de convivencia y armonía infantil. Al terminar el partido la expedición beisbolera de la Villa del Undoso fue invitada a las instalaciones del Cienfuegos Yatch Club, pero…
-Los tres negritos de la novena, Joseíto Rodríguez, Arcadio Rodríguez y yo, nos conformamos con que uno de los padres nos llevara a bañarnos a una playita cercana, luego conocía que le llamaban de Elpidia. A pesar de mi corta edad aquello me chocó, cuenta el doctor Pedro Hernández Sánchez y la anécdota hace de pequeño retrato social de una época.
Su nacimiento, el 17 de junio de 1939, marcó el agrandamiento de la familia que había formado el oficinista de Ferrocarriles de Cuba Pedro Hernández Oliva y la maestra rural Celia Sánchez Heredia, en la calle Luz Caballero número 20, entre Martí y Padre Varela, “a tres cuadras del parque (de La Libertad)”.
-Mucha gente no sabe lo que fue un kindergarten, apostilla al referir su preludio escolar. Paso previo a las aulas de uno de los cuatro colegios que regenteaba la Orden de los Padres Jesuitas en la isla: “El que hubo aquí y me cuentan cerró en 1948, el de Dolores, en Santiago de Cuba, y el Belén, en La Habana; donde estudió Fidel”.
El plantel sagüero, conocido como Sagrado Corazón de Jesús, solo atendía la enseñanza primaria, por lo que Pedrito hizo el bachillerato en el Instituto de Segunda Enseñanza (ISE) de su ciudad natal. “En la provincia de Las Villas solamente había otros cuatro: Santa Clara, Cienfuegos, Sancti Spíritus y Remedios”.
Le gustaban las clases de Español, Matemáticas, Historia y Geografía, no así las de Física y Química. Como casi cada cubanito empezó jugando pelota en la calle, con una bola conformada por una cajetilla de cigarros. Ya en el Instituto el deporte nacional se le daba bastante bien. Los partidos de los sábados por la mañana lo llevaron a terrenos de los pueblos aledaños, Encrucijada, Rancho Veloz y Quemado de Güines. También jugaba balompié, como se le decía entonces a esa fiebre del deporte mundial contemporáneo.
En el Instituto tuvo su primer acercamiento a la política, al presidir la Asociación de Estudiantes. “Cuando el golpe de estado del 10 de marzo del 52 salimos en manifestación y la Policía nos disolvió”.
En 1956 matricula la carrera de Derecho en la Universidad de La Habana (UH), pero cuando Batista cierra el Alma Máter regresa a casa y trabaja por poco tiempo en la oficina de un pequeño almacén de víveres cercano al hogar.
El 9 de abril de 1958, como epicentro de la huelga convocada por el M-26-7, Sagua la Grande se inscribió en el mapa de la lucha contra el régimen del 10 de Marzo. Hernández Sánchez cuenta que al comenzar la acción trató de cerrar una farmacia, pero so lo impidieron. Entre los mártires de la jornada estuvo Leonado Sampedro, a quien había conocido como chofer del ISE.
Al día siguiente salió para Varadero, donde permaneció durante cuatro meses en la casa de una familia sin descendencia que lo tenía como un hijo. Al parecer el espigado mulato no era santo de la devoción del jefe policial sagüero, capitán Santos Quiroga.
La taza de buen café que nos trae su hija Deisy hace una pausa en el diálogo que el protagonista retoma con un flash back a su segunda visita a Cienfuegos. Ocurrida durante unos carnavales, seguramente los de 1958. Lo hospedaron en el viejo hotel Unión que ya había visto pasar sus mejores años y le buscaron una novia prestada con la cual se paseó del brazo por las fiestas, y de quien no conoció ni siquiera el nombre. La misión del encuentro clandestino que duró tres días consistía en promover combatientes para el frente guerrillero del Escambray.
El primer semestre de 1959 se le fue de manera vertiginosa, algo propio de los tiempos de grandes cambios. El 14 de septiembre entró por primera vez a un aula de la Escuela de Medicina de la UH. Y el 14 de noviembre de 1965, tras seis días de marcha intramontana, le amaneció en el Pico Turquino, la mejor sede para efectuar la graduación de la primera hornada de médicos formada enteramente en el marco de la Revolución. Allí estaba Fidel, junto a los 397 médicos y 24 estomatólogos que recibieron sus diplomas y aceptaron un compromiso.

Entre ellos un cienfueguero con quien había simpatizado desde el primer día de clases, Alfredo Espinosa Brito.
“Cursamos la carrera en el mismo grupo, el de los apellidos que comenzaban con F, G, H e I”.
En medio de la carrera, el 27 de junio de 1963 para ser más exactos, se casó con la maestra normalista Deisy Mora. Se conocían desde niños, pues ella había sido alumna de mamá Celia en Isabela de Sagua. En la capital les nació quien le hurtó desde entonces al orgulloso padre el apelativo de Pedrito.
Llegada la hora de estrenarse como profesional de la medicina le correspondió ir a Siguaney, “un pueblito espirituano partido en dos por la línea del Ferrocarril Central, al norte los cosecheros de tabaco y tomate de ensalada, al sur los de caña para alimentar el tándem del central Tuinicú, ya para entonces Melanio Hernández”. En orden cronológico fue el tercer galeno en atender el hospitalito rural de seis camas construido allí después del 59. Asistió a la llegada de los buldóceres que desbrozarían la tierra para edificar la fábrica de cemento. Le tocó ser pediatra de los hijos de los técnicos checos que estaban a pie de obra, y alguna que otra cerveza Pilsen llegó hasta su garganta en señal de agradecimiento paternal.
En el portalito de la casa se apareció un día el director regional de Salud con la designación del doctor Pedro para dirigir el hospital general de Sancti Spíritus. “Con 27 médicos, ahora tiene entre 300 y 400. Yo hacía Pediatría y guardias de 24 horas. Estando en una reunión de trabajo tocaron a la puerta para felicitarme por completar ya la parejita. Había nacido Deisy”. Quien además de colar un buen café, hoy se las arregla para atender su consulta médica en el distante Caunao.
Solo dos años duró la estancia del doctor Hernández Sánchez en la villa del Yayabo. El siguiente destino que le marcó su incipiente carrera de directivo en el sistema de salud pública fue la dirección del Regional Caibarién.
Su memoria repasa al vuelo la geografía de municipios y poblados de la demarcación y la estadística de los médicos en cada plaza: “El hospital de Yaguajay tenía dos médicos en una buena instalación, el famoso cuartel del Ejército que había tomado Camilo; en Meneses, ninguno; en Jarahueca, uno y viejo ya; en Meneses, uno privado que tenía un Cadillac, el hombre era bueno”.
El paso por la Villa Blanca fue breve, un año, “pero me dio tiempo a conocer lo que era el subdesarrollo en la salud. Un día llegó el principal dirigente sanitario de la provincia de Las Villas y le espetó: “Mañana tienes que amanecer en Cienfuegos, que vas de director regional”. Y mañana era el día de su trigésimo cumpleaños, 17 de junio de 1969.
Con semejante “regalo” el galeno que quería ser pediatra, recuerda que aquella noche de su arribo comió en la flamante pizzería Gioventù y pernoctó en un apartamento del que disponía Salud Pública encima de la cafetería ¡Qué bien!, en la esquina de San Fernando y Gacel.
-Aquí eché lo que quedaba del 69, el 70 y el 71. En el 72 me mandaron a México DF, a cursar una maestría en dirección de hospitales en la Escuela de Salud Pública (*) becado por la OMS. Cuando vine de vacaciones en Semana Santa le traje a la niña una muñeca que “hablaba” y caminaba unos pasos si la llevabas de la mano. Fue la sensación del barrio.
Al regreso lo llama el doctor Figueredo, director provincial, y le encarga el máximo cargo en el hospital de Santa Clara, que ya era docente. “Cinco años, las canas me salieron allí, recuerdo que atendimos a las víctimas del accidente ferroviario más grande en la historia de Cuba, un Santiago-Habana que descarriló que se fue por un puente a la altura de Planta Mecánica. Veintinueve muertos, 24 instantáneos, y una tonga de heridos. A Espinosa le encargué una sala con los accidentados, pregúntale”.
Con la nueva División Político Administrativa (1076) y el surgimiento de ocho nuevas provincias, supuso su regreso a la Perla del Sur en el 77 y ya de manera definitiva para asumir como Delegado, “así se llamaba entonces” en el territorio, donde le esperaba en calidad de inversionista la construcción y puesta en marcha del Hospital Gustavo Aldereguía. “El último que se comenzó (1974) de nueve proyectos a lo largo de la Isla, y el primero en inaugurarse (23 de marzo de 1979)”.
Como principal ejecutivo del sistema sanitario cienfueguero permaneció hasta 1992. “Yo solo tuve secretario (del Partido), Humberto Miguel Fernández. En mi criterio el mejor que ha tenido la provincia, con sus afectos y defectos, independientemente de que el país tenía otra situación: Pero en ese mismo país que tenía otra situación hubo otros secretarios que no fueron como él”, pondera.
Y retoma un tema que le apasiona, la construcción del “Aldereguía”, obra que tenía dos pisos montados, de la estructura de prefabricado, cuando él asume la responsabilidad. El ministro Gutiérrez Muñiz venía una vez al mes a comprobar la marcha de los trabajos. “Y todos los martes a las dos de la tarde yo tenía una reunión a pie de obra”.
Capítulo aparte fueron las cuatro visitas de Fidel al edificio en construcción. La primera, acompañado por (el presidente angolano) Agostinho Neto. Esa vez examinó los trabajos de enchape en la Unidad Quirúrgica. “También cayó por allí con el mandatario iraquí Sadam Hussein, que después lo ahorcaron (2003), tengo la foto de esa visita”.
En uno de esos encuentros Fidel le preguntó de dónde era él. “De Sagua la Grande”, le respondí. Igual al doctor José Ignacio Goicochea, designado para ser el primer director del hospital y oriundo de Caibarién. Entonces se viró para el secretario y le dijo: Humberto, la gente del norte te está invadiendo el sur”.
-Me di cuenta de que él venía a pensar, y recuerda detalles como el consejo de que no pudieran las visitas a los pacientes a las seis de la tarde, como en La Habana.
Luego su memoria se pasea por la geografía insular y nombra los proyectos hospitalarios similares terminados en la década de los 80. Agostino Neto (Guantánamo), Celia Sánchez Manduley (Manzanillo), Ernesto Guevara de la Serna (Las Tunas), Roberto Rodríguez “El Vaquerito (Morón), Camilo Cienfuegos (Sancti Spìritus), Arnaldo Milián (Santa Clara), Faustino Pérez (Matanzas) y Abel Santamaría (Pinar del Río). “Todos iguales, salvo el de Pinar, que tiene un cuarto módulo porque Fidel planteó sumar el de Obstetricia”.
-Nueve hospitales de 630 camas, a un costo de 17 millones de pesos (de la época) inaugurados en unos siete años. Qué país en el mundo hacía eso”.
Sin embargo, Hernández tiene una espinita con el de Cienfuegos. En la carrera por terminar antes se llegaron a emplear fuerzas de las microbrigadas. “Eso hizo que en algunas partes, en cuanto a la calidad, no jugara la lista con el billete. Por ejemplo, el de Santa Clara tiene mejor terminación que este”.
Del día del estreno rememora que Fidel llegó pasadas las cuatro de la tarde. A Gutiérrez Muñiz que venía con 30 profesionales de la salud de naciones del Movimiento de Países No Alineados le dijo que se encargara de su atención. “Yo me voy con el Delegado y con el director, el doctor Goicochea, no me dirijan, y fue directo a felicitar a los innovadores a quienes anteriormente había orientado trabajar para lograr la fabricación en Cuba de las camas hospitalarias Fowler.
Llegado el momento de entregar el batón en la Salud Pública cienfueguera fue a la entonces Facultad de Medicina, donde simultaneó como profesor asistente de Pediatría, jefe de Cuadros y del Departamento de Relaciones Internacionales. “Me decían 3 en 1 (como una famosa marca de aceites industriales)”.
Luego asumió misiones de trabajo en Porto Alegre, Brasil, y Venezuela. Y a punto de cumplir 87 años, “en un momento muy difícil” está contratado por la Dirección Provincial para hacer la historia del sistema de salud en Cienfuegos posterior a 1959.
Hablamos de quien fuera su vecino en la avenida 16 de Punta Gorda y un hermano que le regaló la vida, el doctor Juan Manuel Diego Cobelo (1928-2019), pero esa parte de la historia exige otro espacio periodístico.
Pedro pretende que lo recuerden simplemente como un revolucionario y por haber constituido una familia por la cual se siente atendido. “Vivo orgulloso de eso, ¿pudiera haber hecho más”, sí, en todos los contextos.
En la sala de su hogar existe un espacio privilegiado para la foto donde aparece junto a Fidel el día de la inauguración del “Aldereguía”. Aquello de que una imagen vale por un montón de palabras alcanza toda la certeza.
(*) Fundada en 1922. Es la institución educativa de mayor tradición en el ramo en toda América Latina.
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