Turquía es más que telenovelas

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Hay pocos lugares donde la geografía se perciba tan original como en Turquía. Desde el puente de Galata con el viento del Bósforo, se observa un agua que separa a Europa y Asia. Ese paisaje es testigo del fluir de la historia humana.

Turquía es una bisagra civilizatoria, documento viviente donde las capas de la humanidad se superponen y forman una de las identidades nacionales más fascinantes y complejas.

Para comprender las peculiaridades de la Turquía moderna, hay que mirar muy atrás. El suelo que hoy pisan los turistas en Sultanahmet, el barrio histórico insignia de Estambul, fue durante más de mil años, el corazón del Imperio Romano de Oriente, conocido en la historia como Imperio Bizantino.

Constantinopla – hoy Estambul – fue una vez la Nueva Roma, ciudad protegida por Dios y custodio de la cristiandad ortodoxa. La basílica de Santa Sofía, con su cúpula colgante sobre el vacío, es testimonio de aquella época.

Un día la historia dio un giro impetuoso y magnífico cuando los otomanos, potencia emergente de estirpe turca, conquistaron la ciudad.

El Imperio Otomano absorbió cuanto le precedió. Los sultanes gobernaron por seis siglos un territorio que abarcaba tres continentes (Europa, Asia y África), creando en él un sistema multicultural donde coexistían musulmanes, cristianos y judíos bajo el “sistema de millet”, modelo multicultural único de ellos, derivado del árabe “milla”, que significa “nación” o “comunidad religiosa.

La herencia otomana es visible en cada esquina, desde los baños públicos “hammams”, la cocina intensamente condimentada con especias, y la arquitectura de las mezquitas. Turquía es la heredera de dos imperios universales; eso le confiere un significado histórico que pocas naciones modernas reclamarían para sí.

Pese a tanta historia, la Turquía de hoy no es ni la bizantina ni la otomana. Es fruto de la creación de un líder: Mustafá Kemal, conocido posteriormente como Atatürk, el “Padre de los Turcos”.

Tras el colapso del Imperio Otomano al final de la Primera Guerra Mundial, y la ocupación extranjera de Anatolia, Atatürk lideró una Guerra de Independencia que culminó con la fundación de la República de Turquía. La figura de  Atatürk está en todas partes; su retrato cuelga en oficinas públicas, escuelas y comercios. Lejos de ser un culto a la personalidad, es el recordatorio del arquitecto de ese estado moderno.

Atatürk intuyó que para sobrevivir en el siglo XX, Turquía debía mirar hacia Occidente sin perder su alma. Impulsó el “laiklik”, un laicismo estricto que separó la religión del estado, abolió el califato y otorgó derechos políticos a las mujeres mucho antes que muchas naciones europeas.

Quizás la reforma más radical y curiosa de Atatürk fue la revolución del alfabeto. Hasta 1928, el idioma turco se escribía con caracteres arábigos, una escritura ligada a la tradición. En un hecho sin precedentes, Atatürk cambió la escritura del árabe al alfabeto latino adaptado. Al hacerlo, alteró simbólicamente el vínculo inmediato con el pasado otomano-islámico, lo que hizo viable la alfabetización masiva y la conexión con la ciencia de todas latitudes. Es un detalle tal vez desapercibido, aunque una de las ingenierías sociales más audaces de la historia contemporánea.

La dualidad define a Turquía como punto medio entre la cultura oriental y occidental. Es un país donde el llamado a la oración resuena cinco veces al día desde los minaretes, mientras que en los distritos modernos de Estambul o Izmir, la vida nocturna compite con la de cualquier capital europea.

Allá mismo se bebe té en vasos en forma de tulipán, sentados en sillas bajas al estilo asiático, mientras se discuten las últimas noticias o se echa una partida de Backgammon o de Damas Turcas.

La hospitalidad es otra característica de ese país que hoy cautiva con telenovelas y series. Su práctica legendaria es reflejo de la tradición nómada y de una historia como cruce de caminos de la Ruta de la Seda. El concepto de “misafir” o “invitado” es sagrado. El ofrecimiento de comida y bebida a un forastero es para los turcos un deber moral antes que una cortesía.

La realidad de ese país es el recordatorio de que las culturas son energías que fluyen, en lugar de piedras inamovibles. La de ellos fue construida sobre ruinas romanas, palacios otomanos y rascacielos republicanos. Desde la reforma de su alfabeto hasta la visión secular de Atatürk, han demostrado la capacidad para reinventarse sin borrar su pasado.

Turquía permanece como muestra de que es posible, aunque difícil, ser ambas cosas al mismo tiempo. Aparte de ser país de tránsito para viajeros, lo ha sido para la historia. Es puente conector de mundos.

Resulta obvio que Turquía es mucho más que telenovelas.

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