Crónica de la invasión anunciada a Cuba: cómo los terroristas se organizaron en las redes
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El 25 de febrero una lancha rápida procedente de la Florida intentó penetrar en aguas territoriales cubanas con un arsenal de guerra. Tropas Guardafronteras cubanas frustraron la operación que, a juzgar por el contenido en las plataformas sociales, no fue un episodio improvisado ni muy discreto.
Durante semanas circularon imágenes, videos y textos donde algunos de los participantes exhibían armas de alto calibre, realizaban declaraciones de tono beligerante y sugerían la preparación de una acción violenta contra Cuba. El periodista Javier Díaz Machado, de Univisión Miami, señaló que los involucrados se habrían organizado durante meses a través de TikTok.
Parte del material audiovisual previo a la incursión permanece aún visible en Facebook e Instagram, lo que plantea interrogantes no solo sobre la dimensión política del hecho, sino sobre la arquitectura de moderación y responsabilidad de las plataformas digitales. El Observatorio de Medios de Cubadebate ha analizado 114 posts en esas plataformas publicados por los implicados en el intento de infiltración, e incluye también los generados de manera reactiva por la comunidad que interactuó directamente con ellos. Los perfiles estudiados pertenecen a las personas mencionadas en el listado de los presuntos atacantes, que proporcionaron las autoridades cubanas el 26 de febrero de 2026.
Antecedentes y patrones
A la violencia política en el siglo XXI le ha ocurrido algo decisivo: ya no necesita esconderse para organizarse. Puede ensayarse a la vista de todos, en el feed de una plataforma, en un directo, en un grupo privado o en una cadena de mensajes; puede ganar forma con comentarios, “me gusta” y compartidos; y puede aprender —por repetición— cuál estética, cuál consigna y cuál escena rinden más ante el algoritmo.
Ese patrón no nace con la incursión del 25 de febrero. Tiene antecedentes nítidos y, sobre todo, repetidos.
En Estados Unidos, el asalto al Capitolio (6 de enero de 2021) dejó un rastro previo que hoy funciona casi como manual de evidencia digital: llamados a “ir”, a “parar el robo”, a “tomar” espacios; una mezcla de movilización política y pulsión de choque; y, como telón de fondo, la circulación de narrativas conspirativas en comunidades que se retroalimentaban. Investigaciones y reconstrucciones periodísticas mostraron que Facebook alojó durante meses contenidos y dinámicas de organización, y que parte de la movilización se articuló en grupos y páginas donde la radicalización no era una excepción, sino una gramática.
Pero el fenómeno no se limita a “convocatorias” o “eventos”. En el extremismo contemporáneo hay otro elemento recurrente: el manifiesto y el anuncio previo. La violencia se publica antes de ejecutarse, como si la acción necesitara “prólogo” y audiencia. Estudios sobre terrorismo de ultraderecha han documentado cómo algunos atacantes difunden textos, guías, proclamas y justificaciones con el objetivo doble de explicar el acto y convertirlo en inspiración replicable para otros. Tras cada ataque, los materiales tienden a circular en comunidades online que los preservan y los resignifican, alimentando una cultura de “propaganda por el hecho”.
A esa lógica del manifiesto se le añadió, en la última década, una mutación estética. El extremismo aprendió a parecer algo cotidiano. Ya no solo se comunica con símbolos toscos o arengas explícitas, sino que se disfraza con humor, música, montaje rápido, códigos juveniles. Y ahí entra TikTok, cuyo formato privilegiado —video breve, ritmo alto, repetición, recomendación algorítmica— es especialmente apto para sembrar contenido ideológico como si fuera entretenimiento. Informes y análisis especializados han mostrado redes neonazis o de propaganda extremista que obtienen millones de visualizaciones, y también usos de TikTok para propaganda y captación.
¿Qué hace que todo esto “funcione” en términos de expansión? El diseño previo. Las plataformas digitales operan con sistemas de recomendación que tienden a premiar lo que genera interacción, lo que concentra intensidad emocional y lo que se presta a ser compartido. En ese contexto, la mezcla de épica política, identidad de grupo y exhibición de fuerza tiene un rendimiento alto: es contenido que provoca reacción, adhesión o rechazo, pero casi siempre produce señal algorítmica. Investigaciones que revisan el papel de las redes en los acontecimientos del 6 de enero de 2020 en Estados Unidos, subrayan precisamente ese rol de los ecosistemas de plataformas en la aceleración de narrativas y movilizaciones.
Con ese telón de fondo, la afirmación vinculada a la incursión del 25 de febrero de 2026 —que los implicados “se organizaron por meses” en TikTok— no suena anómala, sino a una variación de un patrón global. Porque cuando una acción violenta se prepara digitalmente, suele dejar tres huellas típicas:
La coordinación en capas. Parte de la interacción es pública (para crear identidad, reclutar, intimidar, generar épica) y parte migra a canales menos visibles (mensajería directa, grupos cerrados, chats). Lo público “calienta” la red a favor de la “causa”; lo privado la vuelve operativa.

La identidad armada como performance. Mostrar armas no es un detalle decorativo, sino un acto de pertenencia. La imagen no solo informa; convoca. Debe ser vista por los propios y por los adversarios.

La normalización por repetición. El contenido violento, cuando se presenta una y otra vez en formatos audiovisuales atractivos, reduce su extrañeza: deja de ser “lo impensable” y pasa a ser “lo que algunos ya están haciendo”. En ese tránsito, el umbral psicológico también se desplaza.

Y aquí aparece un elemento especialmente sensible: la permanencia del contenido en las plataformas sociales.
Cuando, incluso después de un episodio violento, siguen accesibles publicaciones con armas, amenazas o llamados explícitos, lo que queda expuesto es una grieta en la detección y moderación. Las plataformas, que tienen reglas para frenar la violencia, se hacen de la vista gorda cuando ese lenguaje apela a discursos políticos, identitarios o supuestamente “patrióticos” contra gobiernos que no son del agrado de Washington. Numerosas investigaciones muestran que la coordinación puede persistir en grupos y páginas a pesar de políticas formales de prohibición. Facebook y TikTok se destacan especialmente por incumplir sus propias reglas de comunidad.
En otras palabras: cuando un hecho violento ocurre, solemos buscar “la causa” como si estuviera en un solo lugar. Pero en la era de las plataformas, muchas veces la causa inmediata es menos importante que el proceso en que una comunidad se presenta a sí misma en pantalla, se reconoce, se valida y se coordina. Y por eso el problema no es solo lo que pasó el 25 de febrero, sino lo que pudo circular —durante meses— antes de ese día, sin que el ecosistema digital lo tratara como lo que era: el anuncio público de un ataque terrorista.
Análisis de caso
Como en estudios precedentes sobre la violencia en redes, hemos detectado evidencias de exhibición, legitimación y narrativa en los 114 posts estudiados. El análisis del material permite identificar un patrón coherente:
- Fotografías de individuos posando con fusiles y armas largas.
- Videos de entrenamiento o manipulación de armamento.
- Mensajes con simbología asociada a la Brigada 2506 y consignas de carácter insurreccional.
- Publicaciones que hablaban de “entrar”, “liberar”, “invadir” o “hacer lo que haya que hacer”.
- Interacciones que validaban o celebraban la idea de una incursión armada.

No se trata de mensajes ambiguos ni metáforas políticas. En varias piezas se observa la construcción de una narrativa épica de “liberación” y de odio anticomunista, donde la violencia aparece revestida de legitimidad moral. La exhibición pública de armas cumple la doble función de reafirmación identitaria dentro del grupo y demostración performativa hacia una audiencia más amplia.
El material vinculado a perfiles como Amijail Sánchez, Conrado Galindo y otros nombres que aparecen en la lista ofrecida por el MININT, muestra una continuidad discursiva: entrenamiento, proclamación ideológica y validación mutua. El ecosistema digital no solo permitió la difusión, sino que facilitó la consolidación simbólica del grupo.

Del conjunto de materiales obtenidos de las plataformas Facebook, Instagram y TikTok, se pueden clasificar las evidencias en cinco categorías:
A) Exhibición armada explícita
Fotografías y videos de individuos portando fusiles de asalto y armas largas. En varios casos, el encuadre enfatiza el arma como objeto central, reforzando su dimensión simbólica.
B) Declaraciones de intencionalidad
Post donde se verbaliza la idea de entrar a Cuba o “responder” si otros lo hacen (“si ellos entran, nosotros también”). Este tipo de mensaje elimina la ambigüedad: hay un marco de confrontación directa.
C) Redes de amplificación
Perfiles y páginas como “La Nueva Cuba”, “Cuba Primero” o “Libertad Cuba” actúan como nodos de circulación narrativa. No necesariamente coordinan operativamente, pero sí contribuyen a la legitimación simbólica.

D) Validación mediática indirecta
Entrevistas posteriores realizadas por periodistas en Miami, incluidas las de Javier Díaz, aportan contexto humano y familiar, pero también evidencian que los actores no eran desconocidos ni clandestinos en su entorno digital.
E) Persistencia del contenido
La permanencia online de las piezas tras el incidente sugiere:
- Falta de denuncia masiva.
- Deficiencias en sistemas automatizados.
- Ambigüedad en las políticas de moderación respecto a violencia política transnacional.
Conclusiones
La pregunta no es únicamente qué ocurrió el 25 de febrero, sino cómo fue posible que durante meses circularan imágenes y declaraciones de preparación armada sin que las plataformas activaran mecanismos preventivos eficaces. En la era digital, la violencia ya no siempre se organiza en la sombra. A menudo se ensaya en público, se narra en directo y se legitima mediante “likes”, comentarios y visualizaciones.
Comprender esa dimensión es imprescindible para analizar no solo este hecho concreto, sino la transformación contemporánea de la acción política violenta en la esfera digital. Algunas conclusiones de este estudio son pertinentes para ello, porque permiten pasar del relato anecdótico (“un hecho aislado”) a la descripción de un patrón observable de radicalización y preparación simbólica previa.
Entre las evidencias que el Observatorio de Medios de Cubadebate ha detectado se encuentran las siguientes:
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- La violencia fue anunciada. No se trató de un acto súbito sin huellas digitales previas. Existió una construcción narrativa pública que normalizó la idea de incursión armada.
- Las plataformas no fueron meros canales neutrales. Su arquitectura algorítmica facilita la agregación de comunidades ideológicamente homogéneas, donde la radicalización encuentra refuerzo constante.
- La exhibición de armas operó como mecanismo de cohesión grupal. La performatividad visual cumple función reclutadora y legitimadora.
- Existe una asimetría en la moderación de contenidos. Mientras ciertos discursos políticos son rápidamente etiquetados o restringidos, el material explícitamente armado puede permanecer visible si se enmarca dentro de determinadas narrativas anticubanas.
- La coordinación digital es hoy un vector central del extremismo violento. El caso confirma que la frontera entre discurso simbólico y acción material puede diluirse cuando la comunidad digital valida la escalada.
- El ecosistema de los cubanos ultraderechistas de la Florida presenta condiciones de permisividad simbólica. La concentración de discursos hostiles hacia Cuba, la validación del sistema mediático hostil, la existencia de redes políticas radicalizadas y la cultura de armamento civil,. crean un contexto fértil para este tipo de iniciativas.
En conjunto, el estudio apunta a una dinámica de “ecosistema”: TikTok calienta y convoca, Instagram estiliza y exhibe, Facebook consolida, conecta y amplifica.
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