El día en que Cuba volvió a alzarse
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Uno de los aprendizajes fundamentales del ciclo revolucionario que se iniciara en 1868 fue la necesidad de superar los alzamientos aislados y fragmentados en el Centro y Oriente de Cuba, cuya coordinación entre Oriente, Camagüey y Las Villas resultaba limitada.
Bajo la dirección de José Martí, el proyecto insurreccional de 1895 buscó corregir estas deficiencias, haciendo de la simultaneidad de los levantamientos un principio estratégico esencial para evitar la concentración de fuerzas coloniales sobre focos aislados y proyectar desde el inicio una dimensión nacional del conflicto.
Garantizar la unidad de acción política y militar también era crucial. Las redes conspirativas que sustentaban la independencia antecedían a la fundación del Partido Revolucionario Cubano (PRC) en 1892. En Estados Unidos, la emigración revolucionaria organizaba su accionar a través de agrupaciones como la Convención Cubana de Cayo Hueso (1889), mientras en la Isla veteranos y jóvenes reactivaban contactos con clubes y figuras en el exterior. La presencia de Antonio Maceo en 1890 fortaleció especialmente el espíritu conspirativo en Oriente.
El 8 de diciembre de 1894, José Martí, junto con Enrique Collazo, representante de la Junta Revolucionaria de Occidente, y José María Rodríguez (Mayía), comisionado del General Máximo Gómez, acordaron las instrucciones definitivas del Plan de Alzamiento.
Este establecía procedimientos precisos, contemplaba el apoyo exterior mediante embarcaciones que zarparían desde el puerto de Fernandina, y dejaba un margen táctico para que los jefes en la Isla determinaran el momento exacto del alzamiento tras recibir el «aviso final».
EL FRACASO DE FERNANDINA Y LA DECISIÓN IRREVERSIBLE
La operación se había desarrollado bajo estrictas medidas de reserva. Los capitanes de las embarcaciones habían sido informados de que transportarían trabajadores destinados a supuestas fincas y explotaciones mineras en Cuba y otros territorios del área, estrategia de encubrimiento que buscaba evitar sospechas y garantizar el éxito logístico del plan.
Sin embargo, el 10 de enero de 1895, el Departamento de Hacienda de Estados Unidos recibió una denuncia sobre la presencia en Nueva York de embarcaciones destinadas a apoyar a los conspiradores cubanos. La delación del Coronel Fernando López de Queralta desencadenó la incautación de los tres barcos –Lagonda, Baracoa y Amadís– junto con sus cargamentos de armas, financiados por el Partido Revolucionario Cubano, con lo cual se frustraba el plan original de trasladar hacia la Isla a los principales jefes militares.
Pese a este revés, José Martí insistió en reorganizar con urgencia los preparativos y mantener la fecha del levantamiento. Reunido en Nueva York con Enrique Collazo y José María Rodríguez, en presencia de Gonzalo de Quesada y otros colaboradores, decidió emitir una Orden de Alzamiento, dirigida a Juan Gualberto Gómez a través del tabaquero Juan de Dios Barrios.
La orden, menos detallada que el plan original, pero ajustada a las circunstancias, establecía que el alzamiento debía realizarse de manera simultánea –o con la mayor simultaneidad posible– durante la segunda quincena de febrero, y disponía que Occidente no debía actuar si antes no lo hacían Las Villas y Oriente, con lo cual se aseguraba coherencia estratégica, a la vez que se evitaban focos aislados vulnerables. Finalmente, la fecha del 24 de febrero, primer domingo de carnaval, fue consensuada entre los principales jefes en La Habana, en el interés de aprovechar los festejos para facilitar movimientos y encuentros sin levantar sospechas.
DESIGUALDADES REGIONALES DEL LEVANTAMIENTO
Las dificultades del 24 de febrero no fueron solo externas; el alzamiento evidenció asimetrías organizativas, liderazgos ambivalentes y limitaciones materiales, factores que facilitaron la rápida y efectiva respuesta de las autoridades coloniales.
En Occidente, el General Julio Sanguily no encabezó el levantamiento alegando escasez de recursos, y fue detenido en su residencia. También fueron apresados los generales Pedro Betancourt, responsable en Matanzas, y José María Aguirre. Al mismo tiempo, las fuerzas españolas abatieron, víctima probable de una delación, a Manuel García, «el rey de los campos de Cuba», mientras se dirigía desde Ceiba Mocha a Ibarra.
A pesar de ello, se produjeron pronunciamientos aislados en Ibarra y Jagüey Grande. Allí actuaron conspiradores del Comité Revolucionario de Matanzas, como Juan Gualberto Gómez, Antonio López Coloma y el estudiante Juan Tranquilino Latapier en Ibarra, y el médico Martín Marrero en Jagüey Grande. Su reducido número y la falta de liderazgo experimentado los dejó aislados.
En Las Villas, el General Francisco Carrillo se negó a actuar sin órdenes de Máximo Gómez y fue detenido, pero en Aguada de Pasajeros, Cienfuegos, Joaquín Pedroso, vinculado también al grupo de Matanzas, lideró un alzamiento que contó con el refuerzo de José Álvarez Ortega, conocido como Matagás.
Sin embargo, la persistencia de los núcleos conspirativos evidencia que el fracaso parcial del 24 de febrero en algunas regiones no implicó una desarticulación estructural del movimiento. Los espacios de sociabilidad cotidiana –ingenios, talleres, farmacias y otros ámbitos de reunión– continuaron operando como redes de enlace y coordinación, mientras se preservaba la capacidad organizativa a la espera de condiciones más favorables para incorporarse de manera efectiva al campo insurrecto, sobre todo tan pronto se tuvieran noticias sobre la llegada de los principales jefes de la revolución.
En contraste con Occidente y Las Villas, la región oriental ofreció un escenario más propicio para la consolidación inicial del levantamiento. Allí se produjeron pronunciamientos en múltiples puntos bajo la conducción de jefes con experiencia militar y arraigo local. La acción político-militar del General Guillermón Moncada en la zona de Santiago-Guantánamo fue decisiva para sostener el impulso inicial, extendiéndose los alzamientos por gran parte de la geografía santiaguera y asegurando la continuidad operativa mediante ataques a poblados y posiciones militares.
En Guantánamo se produjeron siete levantamientos coordinados por Pedro Agustín Pérez, al frente del Comité Revolucionario de la región, con victorias militares destacadas, como el ataque al fuerte de Morrillo Chico. Por su parte, «Periquito» Pérez se levantó en la finca La Confianza, donde se redactó un acta de independencia de gran valor simbólico y político.
De manera simultánea, el Brigadier Bartolomé Masó, responsable del alzamiento en la zona de Bayamo-Manzanillo-Holguín, se pronunció en Bayate, acompañado por una decena de hombres, mientras orientaba al oficial catalán José Miró Argenter a trasladarse a Holguín para iniciar acciones en Mala Noche, con el respaldo de la Junta Revolucionaria local.
Los pronunciamientos de Jiguaní y Baire formaron parte de un plan integral inicialmente encabezado por el Comandante Florencio Salcedo. Un contingente actuó en Jiguaní y otro, bajo la dirección de Saturnino Lora, en Baire, donde se designó al Coronel Jesús Sablón Moreno (Rabí) como nuevo jefe, con lo cual se consolidaba la estructura de mando y quedaban sentadas las bases para la expansión del movimiento insurreccional.
El 24 de febrero de 1895 ha sido consagrado por la tradición –que integra las narrativas históricas fundacionales– como el Grito de Baire, aunque, como se ha expuesto, ese día los levantamientos se produjeron en diversas regiones de Cuba.
Esta denominación puede explicarse, en parte, por la cobertura mediática de la prensa proespañola, que centró la atención en los hechos ocurridos en Baire y los atribuyó a elementos autonomistas, es decir, a individuos opuestos a la independencia que acudieron al lugar con banderas y consignas alegóricas al autonomismo.
Ciertamente, la confusión reflejaba tensiones ideológicas, con sus especificidades locales. Allí confluyeron antiguos militantes autonomistas dispuestos a sumarse a la revolución tan pronto esta irrumpiera y los denominados «autonomistas ortodoxos», según José Miró Argenter, interesados en capitalizar el pronunciamiento como presión sobre España desde posiciones reformistas. La dinámica del alzamiento llevó, sin embargo, a que estos últimos se distanciaran de manera progresiva del movimiento revolucionario.
Ahora bien, más allá de las denominaciones, el estallido sostenido en Oriente aseguró que los desembarcos de Antonio Maceo y Máximo Gómez en la primera quincena de abril, seguidos por los de Serafín
Sánchez y Carlos Roloff, encontraran a la región preparada y en armas, base para la consolidación progresiva de la guerra en el resto del territorio.
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