Una tregua por el balón

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El Mundial de fútbol debería lograr acallar los cañones

Hay un instante, justo antes de que el silbato del árbitro dé la orden del inicio del partido, en que el mundo entero se detiene. No importa el idioma, no importa la bandera, no importa el color de la camiseta.

Durante 90 minutos, 11 contra 11, lo demás deja de existir. Ese instante de magia colectiva se repetirá 104 veces entre el 11 de junio y el 19 de julio, cuando Estados Unidos, México y Canadá albergan el primer Mundial de 48 selecciones.

Lástima que mientras los estadios se llenan de algarabía, habrá niños en Gaza, en Irán, en Siria, en Líbano, que escucharán el silbido del árbitro mezclado con el zumbido de los drones, cohetes y balas.

El 11 de junio el legendario Estadio Azteca de Ciudad de México será testigo del partido inaugural entre la escuadra anfitriona y Sudáfrica, un guiño del destino a aquel 2010 cuando el continente africano abrazó por primera vez la Copa del Mundo.

Mientras la catedral mexicana vibre con el «Cielito Lindo», en algún lugar de Irán un soldado tendrá que elegir entre proteger una trinchera o escuchar por la radio el gol de su combinado.

Por eso hoy, desde el MetLife de Nueva Jersey hasta el BC Place de Vancouver, late en el corazón de millones una esperanza tan ingenua como urgente: la necesidad, u obligación, diría, de una tregua durante el evento.

No sería la primera vez. En la Navidad de 1914, en medio del horror de la Primera Guerra Mundial, soldados británicos y alemanes salieron de sus trincheras, intercambiaron regalos, cantaron villancicos y jugaron un partido en tierra de nadie. No hubo generales que lo ordenaran ni tratados que lo firmaran. Fue el fútbol quien se impuso a la sinrazón. Aquella tregua duró una fecha, pero demostró que, cuando se quiere, el diálogo puede más que las balas.

Más de un siglo después, el planeta necesita otra tregua. No por una noche, sino por varias, por todo el tiempo. Mientras 48 selecciones disputen 104 partidos, las guerras deberían hacer una pausa, para olvidar conflictos y recordar que debajo de los uniformes, las ideologías y las banderas hay personas que respiran el mismo aire y sudan la misma emoción cuando su equipo convierte un gol.

Hay quienes dirán que es un sueño de ingenuos. Que los señores de la guerra no entienden de árbitros ni de fuera de juego. Que los misiles no tienen pausa publicitaria. Pero esos mismos escépticos olvidan que el fútbol ha parado guerras antes.

En 1969 Pelé provocó una tregua de pocos días. En cuanto los nigerianos supieron de su presencia, se dice que la Guerra de Biafra se frenó por completo para que el Santos pudiera jugar un amistoso en Lagos, y se reanudó de inmediato tras la partida del club.

En 2005, tras clasificar al primer Mundial de su historia, Didier Drogba tomó el micrófono en el vestuario de Costa de Marfil y lanzó un mensaje que recorrió todo el país: pidió de rodillas que dejaran las armas y así inició el fin de una contienda civil que duraba tres años.

¿Por qué no habría de lograrlo también este Mundial de 2026, el más grande de la historia, con 48 equipos –desde la poderosa Argentina y la siempre temida Alemania, hasta las ilusionadas Portugal y Marruecos– compitiendo por el trofeo más preciado?

Imaginemos que el silbatazo inicial en el Estadio Azteca, con capacidad para 83 000 personas, no solo marque el comienzo de México-Sudáfrica, sino también de un alto el fuego global.

Imaginemos que durante más de 30 días, en las 16 sedes —desde el Arrowhead de Kansas hasta el Hard Rock de Miami, desde el Mercedez-Benz de Atlanta hasta el Lumen Field de Seattle— no se escuche ni una bomba en el mundo. Imaginemos que celebren la final no solo 82 500 espectadores en el Metlife, sino la humanidad entera, que haya recordado que la vida vale más que cualquier conflicto.

Pudiera parecer un sueño, pero los sueños, a veces, se cumplen. Como aquella Navidad de 1914. Como cada vez que un niño pobre patea una lata en un callejón y por un segundo se olvida del hambre.

El Mundial será histórico: el primero de 48 elencos, el primero compartido por tres países y el del mayor número de encuentros. Pero podría ser histórico por una razón mucho más importante: por ser el Mundial cuando la humanidad decida, durante un mes, que el fútbol importa más que la guerra. Ojalá los beligerantes lo entiendan.

Y es que los 211 países miembros de la FIFA, con sus diferencias políticas, sus disputas fronterizas y sus rencores históricos, logran cada cuatro años sentarse a la misma mesa por el fútbol. ¿No podrían también, durante ese período, sentarse a la mesa de la paz?

Por estos días, en algún lugar, un niño está inflando un balón descosido. No sabe de guerras ni de fronteras. Solo sabe que quiere patear. A partir del 11 de junio, ese niño merece un mundo donde el único ruido que escuche sea el del gol.

Que ruede el balón. Que callen los cañones. Que haya una tregua por el balón.

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Granma

Órgano oficial del Comité Central del Partido Comunista de Cuba. Fundado el 3 de octubre de 1965. Disponible en la web como diario desde julio de 1997.

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