Un canto a la vida (con bisturí)

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Haber compartido, por pura casualidad, la misma mesa que el comandante Ernesto Guevara, o que el futuro presidente chileno Salvador Allende se sentara en su sillón de estomatólogo, son vivencias que le insuflan sumo interés a la historia de vida del cirujano maxilofacial Bernardo Félix Canto Vidal, quien a sus 85 años sigue en el quirófano como si fuera el primer día de sus seis décadas de servicio.

Pero no solo de anécdotas vive el hombre, sobre todo si es un hombre de sabiduría, como lo prueba el Gran Doctorado en Ciencias que le otorgara la Universidad de Rostock, en la antigua República Democrática Alemana. Hecho singularísimo que gusta evocar desde el principio mismo del diálogo en la terraza de su confortable chalet a unos metros de las aguas ancestrales de Tureira.

“En los años 70 en los países socialistas de Europa del Este los tribunales académicos estaban autorizados a proponer el título de Segundo Doctorado o Gran Doctorado cuando la calidad del trabajo de tesis, unido a un sólido currículo lo ameritaba”, rebobina sus recuerdos quien por entonces fungía como decano de la Facultad de Estomatología del Instituto Superior de Ciencias Médicas de Villa Clara (ISCMVC). “Esa categoría científica no la tiene nadie en el sector de la Salud en el centro del país”, remacha con orgullo.

A los 15 días de noviazgo sus padres se unieron en matrimonio para toda la vida, en la ciudad de Victoria de Las Tunas, donde el agrandó la familia el 23 de junio de 1940. Natural de Manajanabo, en Las Villas, Manuel Canto Gil era telegrafista del Ejército cuando fue destinado a lo que ahora llaman el Balcón del Oriente cubano, donde supo que echaría raíces nada más conocer a Carmen Luisa Vidal Boggiano, una viuda de ascendencia venezolana que ya era madre de Antonio y Juan Figueredo.

Con el tiempo, aledaño al hogar fundado en la calle Lico Cruz número 87, Manuel puso la bodega de víveres El Rincón Criollo, que junto a la propiedad de una veintena de casas de alquiler le confería a la familia la una solvencia económica propia de la pequeña burguesía.

“Bellaco y mal estudiante”, así resume Bernardo sus primeros años de vida. Como a todo cubanito le gustaba el béisbol, pero piensa que solo lo ponían a jugar por ser el dueño del bate, la pelota y algunos guantes. El deporte nacional marcó uno de los acontecimientos en la vida del pícaro muchacho.

Un día se coló de polizón en el estadio de la ciudad para ver un juego en que lanzaba Vicente López, reconocido pitcher del Almendares, quien en un turno al bate conectó una línea de foul por la banda de tercera que impactó de lleno en la cabeza del hijo del bodeguero, que al recuperarse del desmayo llegó a casa listo para la regañina, y con sangramiento en el oído.

“Permanecí un mes acostado boca arriba y sin almohada en una clínica tunera de reciente inauguración, al cuidado del pediatra Rodolfo Puente Ferro, quien luego de la Revolución sería diplomático (y miembro de la guerrilla del Che en el Congo)”. Después su madre le achacaría a aquel pelotazo la propensión del hijo por ir tras las faldas.

Confiesa que ya andaba por los 13 años y apenas cursaba el sexto grado. En un intento por enderezarlo un poco, Manuel lo había mandado al colegio de los Escolapios en Camagüey, pero sus escapadas hacia los barrios adyacentes a través de un hueco que había en la cocina, condicionaron su expulsión del plantel religioso.

De pronto su vida estudiantil dio un giro de 180 grados. Estudió con tesón durante unas vacaciones, se presentó a un examen de ingreso en el Instituto de Segunda Enseñanza de Holguín y dio el salto hasta el segundo año de la enseñanza preuniversitaria de entonces.

No llegó a recibir el diploma de bachiller porque en el país el horno no estaba para rosquitas. Eduardo Reyes Canto, un sobrino villareño del padre, vivía en su casa, pero disgustado por una broma del primo Bernardo se fue a La Habana, donde militó en la Juventud Ortodoxa y conoció a Fidel. Terminó enrolado en la expedición del Granma y cayó en el primer combate del naciente Ejército Rebelde, la sorpresa de Alegría del Pío, el 5 de diciembre de 1956.

Como tenía registrada la dirección de Lico Cruz, 87, los guardias no demoraron en extorsionar al bodeguero Canto Gil. Un saco de arroz hoy, uno de frijoles mañana, los turrones de Navidad después.

En tal coyuntura, mediante Luis Lima Delgado, representante a la Cámara por Oriente, el padre atemorizado logra comprarle una visa y lo manda a estudiar a Nueva York, donde ya residía su medio hermano Antonio. “En el 3035 de Broadway, a una cuadra del río Hudson”.

Todo estaba listo para que empezara a estudiar Medicina en el City Collegue, de la Gran Manzana, cuando la historia de Cuba se partió en dos. Unas semanas después, en febrero de 1959, embullado por sus amigos y amigas regresó a casa. “Me incorporé a todas las cosas de la Revolución, me quería comer el mundo”, resume el ímpetu juvenil que le acompañaba.

La aplicación de la Primera Ley de Reforma Agraria lo convierte de repente en topógrafo y de Las Tunas da el salto al ingenio azucarero Resolución, en Quemado de Güines, donde terminaría repartiendo 500 títulos de propiedad a los antiguos campesinos precaristas.

A continuación, una beca para estudiar Medicina, que finalmente fue Estomatología en la Universidad de La Habana. Vicepresidente de la FEU de su facultad, integrante del Batallón Universitario de las Milicias. Movilizado en la primera línea de costa cuando Playa Girón y la Crisis de Octubre. Una boda con la doctora habanera Nora Legón, unión de la que nace Boris.

Recién graduada, Nora fue destacada en el hospital campesino de Minas de Frío, corazón de la Sierra Maestra. Él estaba allí de visita cuando el Che, acompañado por Aleida March embarazada, llegó a saludar a su paisano Dante Graña, el director del lugar. Terminaron compartiendo la mesa. “El plato fuerte era carne rusa”.

Todavía Canto lamenta la pérdida de una boina verde olivo que al más universal de los argentinos se le quedó aquel día en el hospitalito. “La hubiera donado al Memorial de Santa Clara”.

En 1965 terminó la carrera y lo ubican en Topes de Collantes, donde un día realizó una revisión bucal al doctor Salvador Allende.

Su siguiente destino fue la ciudad de Sancti Spíritus (1967-68), donde le encomiendan el desarrollo de la especialidad y lo cumple con creces al habilitar una clínica con diez sillones con sus respectivos dentistas, a quienes convenció para dar el paso de la medicina privada a la pública.

Del Yayabo fue a Santa Clara, donde le encargaron la dirección de la clínica provincial Primero de Enero. En 1976 se recibe como especialista en cirugía maxilofacial en el hospital Calixto García, donde había comenzado la residencia en 1971, y regresa a la capital villareña para asumir en 1978 como decano fundador de la facultad de Estomatología.

Foto: Villafaña
Foto: Villafaña

De esa etapa santaclareña data su nuevo matrimonio, con María de los Ángeles Vigil (Mery), el nacimiento de dos hijos y la mudada de los padres desde Las Tunas hacia la Ciudad de Marta.

El rector del ISCMVC, Serafín Ruiz de Zarate, lo envía a un intercambio científico a la Alemania Democrática, del cual emerge la posibilidad de hacer el doctorado en tierras germanas.

“Yo había practicado en Santa Clara la primera operación de Síndrome de Crouzon que se hacía en Cuba, también un Síndrome de Parry-Romberg, una reconstrucción completa del rostro, y varias parálisis faciales”.

Las diapositivas que registraban tales intervenciones quirúrgicas fundamentaron el trabajo de tesis doctoral de Canto, presentado en 1980 en la universidad más antigua del norte de Europa. “La defendí en inglés. Había estudiado el idioma en el Instituto Latinoamericano de Nueva York”.

Después de contribuir a la formación de la primera camada de cirujanos maxilofaciales en el centro de la Isla, en 1993 viene a Cienfuegos, donde sus otros dos hijos, Alain y Tania, querían terminar la carrera de Medicina. Y junto a Mery se trae también a Manuel y Carmen Luisa, quienes dejarían sus restos en tierra perlasureña.

Aunque encuentra trabajo en la actual Universidad Médica Raúl Dorticós Torrado, se dedica con ahínco a la actividad asistencial en el Hospital Gustavo Aldereguía, donde su hoja de servicios ya registra unas dos mil rinoplastias (reconstrucción de la nariz).

“Eso me ayuda a vivir. Mi esposa y mi hijo dicen que el hospital es la vida mía”.

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Francisco G. Navarro

Periodista de Cienfuegos. Corresponsal de la agencia Prensa Latina.

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