Apretar el gatillo
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Por: Héctor Leandro Barrios González*
El título, parece, alude al libro de un poeta romántico. Un poeta menor, digamos, que se pierde en metáforas de lunas y luces que tiritan. Pero no, dice un amigo, Pablo Guerra nos ha engañado. No habla aquí un poeta menor sino un enfant terrible. No hay aquí luces sino telarañas, sombras… Y allí, entre esos vericuetos del alma, el autor hurga, disecciona la anatomía humana -con precisión quirúrgica- en sus más variadas y extravagantes formas.
La sencillez de la felicidad -Mecenas, 2024; Premio Fundación de Fernandina de Jagua en 2019- agrupa poco más de una veintena de microrrelatos que se mueven en aguas tumultuosas, una zona de la otredad en la que el absurdo y la fantasía, el lirismo de las frases, el humor -que pasa de lo tierno a lo grotesco, de lo corrosivo a lo gracioso, a lo irónico-, junto esa omnipresencia surreal que permea cada una de estas página -e independientemente del realismo que algunas muestran-, convierten al dolor -vale decirlo, estas son historias de dolor, aunque Pablo diga lo contrario- en una suculento hallazgo que sobrepasa el límite de lo cotidiano; lo anecdótico devenido en trascendencia, lo efímero y pedestre, en permanencias. Así en plural: permanencias.
El autor nos convence de la espiritualidad de lo nimio, dice acertadamente la nota de contracubierta de este libro, de lo que abandonamos por anodino. Lo anodino que, debo confesar, muchas veces desemboca en desilusión, en tragedia.
Pero, ¿hasta qué punto pudiéramos nombrar así a las situaciones que se narran aquí? Si bien es cierto que el género del drama, cuyos protagónicos se ven enfrentados de manera misteriosa e inevitable al destino o a los dioses y por lo general acaban en la destrucción física, moral, económica, aquí el drama está sublimado, Pablo Guerra nos muestra (anti)héroes que desafían la adversidad con la fuerza de sus virtudes, ganándose de esta manera la admiración del lector.
Pues hay, quizá, un elemento afín, un deus ex Machina -si se quiere- que, al contrario del uso griego, en donde un componente externo -específicamente una grúa- introducía una deidad en el escenario para resolver una situación equis, emerge aquí un estado de calma o voluntad frívola que antecede siempre a lo desfavorable. Y que luego, sutilmente, por un artificio narrativo o habilidad del narrador, termina resultando favorable.
La paradoja de la felicidad, a eso me refiero. O digámoslo mejor, los peldaños para acceder -o descender- a ella. Tal vez porque la felicidad radica justo allí, en ese destino muchas veces despreciable, retorcido, que cada uno debe aceptar, al más puro estilo nietzscheniano. Lo acepta, por ejemplo, como ese Adán y Eva -los del sexto cuento de este cuaderno- que ahora pueden amarse libremente sin los ruidos de aquellas oficinas celestiales de la cuales han sido expulsados. O como ese personaje de La lluvia cuando nos comparte este inicio verdaderamente bello: cuando parece que se nos seca el alma, llega la lluvia.
Amor fati decía Nietzsche, no querer que nada sea distinto, ni en el pasado ni en el futuro. No solo soportar lo necesario, menos aun disimularlo, sino amarlo.
Y así nos hayamos ante un Ícaro que no sabe nadar y termina en el agua; ante un hombre llamado Anselmo que mira por última vez a su mujer desde las páginas de un libro; otro que dice ¡en verdad, todo es un éxito!, abriendo sus brazos al orgullo de su nueva prótesis dental; otro que recuesta la cabeza en el seno de una cartomántica; Baloo y Mowgli, entre la jungla y la ciudad; la estatua de un jaguar guillotinado en el reino de los sordos; un escritor que fracasa y vuelve, vuelve y fracasa, y espera, mientras quita el óxido de una vieja pistola.
Pero no una pistola para matar a nadie, parece decirnos Pablo Guerra, sino una pistola para acusar, para alertar, para indicar que, perfectamente, y aunque pudiera parecer insólito, en cualquier momento, cada uno de nosotros, pudiéramos accionar el gatillo.
He aquí la sencillez de la felicidad; una actitud, una explosión de plomo y pólvora, la posibilidad, en definitiva, de hacer diana con un proyectil en un círculo de centro blanco.
*Escritor cienfueguero.
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