Fidel, la cultura y el alma de la nación

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“La Revolución no puede pretender asfixiar el arte o la cultura cuando una de las metas y uno de los propósitos fundamentales de la Revolución es desarrollar el arte y la cultura, precisamente para que el arte y la cultura lleguen a ser un patrimonio real del pueblo”

 Fidel Castro Ruz

A cien años de su natalicio, que se conmemorará el 13 de agosto venidero, y en vísperas del I Coloquio Internacional Fidel: legado y futuro, que reunirá en La Habana a intelectuales de todo el orbe, resulta inevitable preguntarse por qué la figura del Comandante en Jefe sigue tan viva no solo en las plazas y las aulas, sino en cada libro, cada canción y cada lienzo que se produce en esta isla. La respuesta quizá resida en una convicción que Fidel Castro Ruz supo convertir en política de Estado: la Revolución no sería plena si no fuera, ante todo, una revolución de la cultura. Aquella máxima pronunciada en los años más duros del Período Especial —”La cultura es lo primero que hay que salvar”— no fue una frase simple, sino un programa de vida que ha tejido la identidad más profunda de Cuba.

En el ámbito de la literatura, Fidel fue, ante todo, un lector insaciable que convirtió su biblioteca personal en un campo de batalla intelectual. Pero su huella no se quedó en la intimidad de sus lecturas de Marx, Martí o Hemingway; su impronta se hizo institución cuando impulsó la creación de la Imprenta Nacional, la Editorial Nacional de Cuba y el sistema de bibliotecas públicas que llevó el libro a cada rincón del archipiélago. Fue él quien entendió que un pueblo educado es un pueblo libre, y su aliento propició el florecimiento de generaciones de escritores que, incluso en la diversidad de sus estilos, han encontrado en la Revolución un tema recurrente y un horizonte ético. No es casual que figuras de la talla de Gabriel García Márquez hayan encontrado en La Habana y en el propio Fidel un espacio de diálogo y creación que trascendió lo meramente político para convertirse en hermandad literaria.

El séptimo arte ocupa también un lugar privilegiado en este legado. Bajo su impulso, el Instituto Cubano de Arte e Industria Cinematográficos (Icaic) se convirtió en mucho más que una productora: fue la escuela de una mirada propia y descolonizada. La creación del Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano, en 1979, no fue un gesto aislado, sino la materialización de su sueño de unir a Nuestra América a través de las historias que nos contamos. En la pantalla, su propia imagen ha devenido en personaje de documentales que han dado la vuelta al mundo, demostrando que su vida, sigue siendo un material narrativo inagotable que atrae a realizadores de todas las latitudes.

Pero si hay un terreno donde la presencia de Fidel se siente como un río subterráneo que lo atraviesa todo, ese es el de la música. Las guitarras de la Nueva Trova, encontraron en la Revolución su razón de ser, y el propio Fidel supo valorar esa poesía hecha canción como un arma de construcción de almas. Tema tras tema, desde Carlos Puebla hasta los géneros más contemporáneos como el rap o la timba, su nombre ha sido invocado, celebrado, pero jamás ignorado.

En las artes plásticas, su rostro barbudo y su uniforme verde olivo se han convertido en un ícono de reconocimiento universal. El pintor ecuatoriano Oswaldo Guayasamín, su entrañable amigo, lo retrató en varias ocasiones, pero su imagen también ha sido reinterpretada por artistas de todas las corrientes y tendencias. En la plástica cubana, desde los murales de la UNEAC hasta las obras de ceramistas como Félix Madrigal, la figura de Fidel se erige como un emblema de resistencia y dignidad. Lejos de ser un simple retrato oficial, su efigie ha trascendido los museos para instalarse en el imaginario cotidiano, desde una pintura popular en un barrio habanero hasta los trabajos más vanguardistas que exponen nuestras galerías.

Sin embargo, el mayor testimonio de su huella cultural no está en los archivos ni en las instituciones, sino en la memoria popular que late en cada cubano. Son los relatos de quienes compartieron con él en una zafra, los que recibieron su mano en un hospital o los que simplemente recuerdan sus discursos como lecciones de historia.

Más de un millón 800 mil personas han visitado su nicho en el Cementerio de Santa Ifigenia, y esa peregrinación silenciosa habla de un vínculo que trasciende la política para instalarse en el afecto. Esa memoria, viva y bullente, se actualiza en las escuelas, en los debates juveniles y en la manera en que los artistas más jóvenes dialogan con su herencia, asumiéndola como un impulso hacia el futuro.

Por eso, cuando hablamos de la huella cultural de Fidel Castro Ruz, hablamos de una corriente de agua que sigue nutriendo el alma de la nación. En su empeño por hacer de Cuba una potencia espiritual, el Comandante dejó un legado que no se agota en los libros de texto ni en las efemérides: se renueva cada vez que un niño toma un lápiz para dibujar, cada vez que un joven cineasta enciende una cámara o cada vez que un trovador rasga su guitarra en una peña. Esa es la victoria más profunda de la Revolución: que la cultura, defendida y promovida por Fidel, se ha convertido en el sostén permanente de nuestra identidad. Mientras existan cubanos dispuestos a crear, a pensar y a soñar, la estela del Comandante no se desvanecerá, porque él supo que el arte, al fin y al cabo, es la mejor manera de hacer eterna una obra que vale la pena.

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Barbara M. Cortellan Conesa

Ingeniera Química por la Universidad de Camagüey. Diplomada en Periodismo. Máster en Ciencias de la Comunicación. Periodista-Editora del diario 5 de Septiembre. Miembro de la Unión de Periodistas de Cuba.

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