La promesa que selló el abrazo
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No fue un día cualquiera aquel 8 de octubre de 2006. Era la plenaria del 4to Congreso Pioneril. No han sido pocos los días felices que me ha dado la vida, pero aquel sigue siendo uno de los que más saltan en la memoria.
Allí, frente a todos, pude decirle a Raúl lo que durante mucho tiempo llevaba guardado en el pecho: «Tengo mis manos y mis piernas limitadas pero mi mente y mi corazón están al servicio de la Revolución». No fue un discurso ensayado, aquellas fueron las palabras que me salieron en el momento.
Al General de Ejército le pedí entonces que le llevara un escrito al Comandante en Jefe, al Fidel nuestro de cada día. Se titulaba Los dones de mi Comandante y en aquellas páginas había puesto no tinta, sino un pedazo de la gratitud de todos los niños que como yo, habían sentido las manos generosas de la Revolución.
Raúl se levantó de su asiento y vino hacia mí. No fue un gesto protocolar, fue el encuentro de un hombre con historia encima y un niño agradecido. El diálogo fue breve, pero quedó grabado para siempre:
—Mire, esto fue lo que escribí para Fidel. —le dije.
—¿Y tú nada más le vas a mandar eso? —preguntó él.
—Bueno… y un abrazo. —respondí.
—Pues dámelo a mí para yo dárselo a él.
Y entonces me abrazó, fue un abrazo tierno. El mismo Raúl que nos había contado aquella historia de Cinco Palmas, de cómo reencontrarse con Fidel fue como recuperar el aliento. Nos habló de aquellos días en que pensó que el Comandante estaba loco cuando dijo que con siete fusiles ganarían la guerra. Nos contó, con esa manera suya de hacer que la historia se vuelva cercana, cómo la vida terminó dándole la razón a Fidel, porque ganaron.
Ese Raúl que se reía con aquellos niños, que jaraneaba y nos trataba como si fuéramos de su propia familia, ya llevaba sobre sus hombros la responsabilidad más grande que Fidel le había encomendado: la de liderar un país entero en tiempos difíciles. Y sin embargo, allí estaba. No mandó a un emisario, no delegó en nadie. Él mismo fue al encuentro con sus niños.
Yo no era entonces más que un muchacho camagüeyano con una computadora, una maestra y una mamá que me cuidaba sin que se afectara su salario, como he contado tantas veces. Pero en aquel instante me sentí el niño más importante del mundo. No por mí, sino por lo que representaba la posibilidad de decirle gracias a la Revolución.
Y desde entonces, aquello que le prometí aquel 8 de octubre no ha sido un recuerdo, sino un mandato. Dije que me formaría como un profesional útil a Cuba. Y cada cosa que he hecho después ha sido para no quedar mal con él, para que aquella promesa de niño no se quedara en el aire.
Hoy, cuando ya no soy aquel muchacho y mi oficio es contar cada día la historia de mi Patria, entiendo mejor lo que pasó aquella tarde. Esa es la Revolución que defiendo: la que no se mide en discursos grandilocuentes sino en hechos y abrazos sinceros. Ese es el Raúl que yo conozco.
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