“Lo único que importaba era tener mis cigarros y mi droga”

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Tiene 23 años y atraviesa un proceso penal en condiciones de prisión preventiva por cometer delitos asociados a las drogas. Entró a ese mundo casi por casualidad, durante un viaje a La Habana, cuando apenas arribaba a los 16. Entonces sintió que consumir la hacía “olvidarse de sus problemas”. Hoy, con la mente más clara tras 14 meses sin narcóticos, sabe que a partir de entonces sus problemas solo empeoraron abrumadoramente.

Lo que comenzó siendo un aparente juego se convirtió en el centro de su vida. “Al inicio no estaba tan perdida pero en la medida en que me iba enganchando se volvió mi refugio, mi todo. Discutía con alguien y buscaba la droga, tenía un problema y buscaba la droga. Mi mamá dejó de tener importancia para mí. Incluso, dos veces llegué a golpearla. Lo único que importaba era tener mis cigarros y mi droga.”

Durante años esta joven vagó por la capital del país lejos del control familiar y de cualquier otro tipo. “Pasaba semanas y semanas tirada, en cualquier lugar, las calles, la casa de conocidos… Sin bañarme, sin comer… Casi nunca estaba clara, pero si llegaba a estarlo, cuando recapacitaba, mis problemas eran el doble, o el triple. Entonces quería volver a ella. Era un círculo vicioso.”

Para financiarse el consumo se prostituyó, le robó a su mamá, vendió sus pertenencias hasta quedarse sin nada, incluso sin ropa interior. Además, engañó totalmente a su padre, quien vive en el exterior y siempre le ha enviado dinero, que también utilizaba para comprar estupefacientes La necesidad de drogarse le borró totalmente las fronteras entre lo correcto y lo nefasto.

De inhalar polvo de metanfetaminas pasó al cannabinoides sintético, el llamado químico o papelito. Eso la terminó de sumir por completo en el vicio. “Llegué a fumarme 300 cigarrillos en un día. Y a cada cigarro les ponía diez o 15 papelitos, en dependencia de los que tuviera.”

Rememora que el consumo de estas sustancias la dejaba “tiesa”, le hacían “ver muchas cosas que no eran, retorcerme, caminar como un borracho, perder el habla, vomitar o simplemente desmayarme.” Cuando su cuerpo se acostumbraba, los efectos disminuían, pero ella “no dejaba que se le pasara la nota”, pues antes se fumaba otro cigarro.

Asegura que durante años su mente perdió la claridad de manera casi total. Solo en las mañanas, al despertar, sentía algo parecido a un poco de lucidez, tiempo que aprovechaba para salir a obtener dinero. Mientras, su salud mental y física también se deterioraba. Presentó problemas en el hígado, los riñones, las plaquetas y adelgazó mucho.

Aunque fue alertada varias veces por la Policía, fallaron eslabones institucionales, sociales y familiares para rescatarla del infierno antes de que descendiera a uno de sus círculos más peligrosos: el tráfico, por el cual debe responder ante la ley.

Alejada casi por completo de su mamá, esta ignoró durante mucho tiempo los verdaderos pasos en los que andaba su hija, hasta que las evidencias resultaron muy claras y ella misma confesó “estar perdida en ese vicio”.

Ahora, con una mezcla de aparente ingenuidad y resignación, dice desear que se combata con mucha fuerza la droga, a quienes la venden y la consumen, para que cuando ella salga no existan posibilidades de volver a caer.

Mientras aguarda el fin de su proceso penal, recibe tratamiento psiquiátrico, ocupa su tiempo en actividades útiles y piensa menos en lo que vivió, aunque a veces los recuerdos vienen a su mente como una película de cuadros atropellados.

Afirma que aunque su madre no se alegra de verla en prisión, prefiere saberla allí que cautiva en el mundo de las drogas. Por su parte, va reconstruyendo poco a poco nuevos senderos para una vida que casi destruyó y se afianza a esos sueños para lograr un camino mejor.

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Marian Cabrera Ruiz

Periodista graduada en la UCLV Marta Abreu, de Las Villas. Capitana del Ministerio del Interior.

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