Máximo Gómez, aquel al que mató el cariño

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Máximo Gómez resulta parigual a Simón Bolívar, a quien no cede en genio militar ni en osadía.
Máximo Gómez resulta parigual a Simón Bolívar, a quien no cede en genio militar ni en osadía.

Fulminado por la septicemia, el 17 de junio de 1905, a las seis de la tarde, falleció en la cama de su hogar habanero el Jefe del Ejército Libertador, Generalísimo Máximo Gómez Báez, nacido en Baní, pueblito de República Dominicana. Paradójicamente, moría en plácida vejez aquel que había desafiado la muerte en 235 combates yendo siempre al frente de sus hombres, sin sufrir nada más que dos heridas.

El “Napoleón de la Guerrilla”, como lo llamaron los ingleses; el famoso estratega reconocido por los historiadores de las guerras del mundo, que aún no había cumplido sus 70 años de edad, entregó a Cuba la parte más lúcida, entrañable y poderosa de su enérgica existencia, dedicada a la causa libertaria de Cuba, y en ella por la humanidad.

El Primer Guerrillero de América, el táctico y estratega eminente, apenas incorporado al mambisado cubano, mostró a éstos la primera lección de la esgrima del machete, dirigiendo la primera carga contra los asombrados y asustados españoles que nunca más se recuperaron del horror que les causaba la afilada hoja del instrumento de labor del campesinado cubano, convertido por Gómez en arma de guerra. Así alcanzó, paso a paso, los grados militares hasta su máximo reconocimiento que para diferenciarlo de los Mayores Generales fue denominado Generalísimo.

Gómez fue el maestro de los hermanos Maceo Grajales y de todos los demás principales altos jefes mambises. Resulta parigual a Simón Bolívar a quien no cede en genio militar ni en osadía. Para Máximo Gómez, la Revolución Cubana era su “novia”, su “muchacha” y como un Quijote peleó por ella, la defendió, la honró. Y cuando el imperialismo norteamericano vino a interrumpir la victoria cubana, lo criticó, lo fustigó, lo aborreció por la tutela que impuso. Fue un hermoso ejemplo de internacionalista latinoamericano.

Por eso, ¡cuánto lo amaron, lo admiraron, lo reconocieron!, los cubanos agradecidos, y precisamente, la efusividad de los constantes saludos le produjo la muerte. Siempre luchador por la libertad y la independencia, se sentía Gómez frustrado por la ocupación del Ejército norteamericano en la Isla, que siguió a su intervención en la guerra contra España, en lo que se involucró interesadamente. Entonces se alejó de la vida pública, rechazando la propuesta de ser candidato a la presidencia de la República, que le correspondía por derecho, ya que había sido declarado ciudadano cubano por la presidencia de Cuba en Armas, como años más tarde fue considerado el Che. Gómez declinó aquella propuesta señalando: “Prefiero dirigir a los hombres en la guerra a gobernarlos en la paz”. Pareció recordar aquella reconvención amistosa que antes le hiciera Martí: “General, un pueblo no se gobierna como se manda un campamento”.

Decidió Gómez trasladarse a Santiago de Cuba, donde vivía uno de sus hijos que lo invitó a descansar allá, para alejarlo de las constantes provocaciones de los norteamericanos, que él respondía con viva enemistad patriótica. La guerra le había arrancado a Panchito, el fiel ayudante de Maceo, y otros cuatro más pequeños habían muerto a causa de las precariedades de la guerra y la miseria que la familia debió afrontar fuera de Cuba; a otros tampoco los pudo ver crecer y espigarse haciéndose hombres y mujeres, por esos avatares guerrilleros, y por eso, terminada la contienda bélica, quiso compartir sus últimos tiempos con la familia que le quedaba.

Se trasladó en tren de La Habana a Santiago de Cuba, pero en cada paradero de la larga travesía, el pueblo cubano reclamaba saludar a su héroe. Ya la despedida en la terminal habanera fue un acontecimiento multitudinario. Todos querían darle la mano, abrazar al viejo luchador, al guerrero del valor y las virtudes cívicas, y así ocurrió en todas las paradas del largo trayecto. Estrechó cientos, acaso miles de manos agradecidas, y ese cariño le causó la muerte. Gómez tenía una pequeñísima lesión en un dedo de una de sus manos y por allí penetró la infección que se extendió por todo su cuerpo, agotado por años de penalidades, desgastado por una lucha extenuante.

Cuba se llenó de duelo y luto. El presidente Estrada Palma y el Senado declararon Duelo Nacional los días del 18 al 20 de junio y le dispusieron las honras fúnebres correspondientes a un Presidente de la República, a un Jefe de Estado. Fue un acto de pura hipocresía. Todos sabían que el Generalísimo no admitió nunca, y protestó por la intervención militar norteamericana y la obligada aprobación de la Enmienda Platt, así como por las arbitrariedades y ambiciones de Estrada Palma y su camarilla.

Lo velaron en el Salón Rojo del Palacio Presidencial, antiguo de los Capitanes Generales españoles, y cubrieron su ataúd con las banderas de Cuba y de República Dominicana. Acud el Gobierno en pleno, los altos parlamentarios, los militares, ricos industriales, terratenientes, comerciantes, banqueros… Y de pronto se escucha una voz de mujer que reclama:

– ¡¿Y el pueblo…?! ¿Dónde está el pueblo al que liberó mi padre?…

Era Clemencia, la hija de Gómez, y sus hermanos Máximo, Urbano, Bernardo y Andrés, que en medio de aquella multitud de hipócritas, protestan airados, porque el cadáver de su padre está aislado, alejado, impedido de recibir el verdadero cariño de los humildes que lo reconocen como salvador. Sólo entonces pudo entrar el verdadero pueblo a despedir a su libertador, en desfile interminable que se acercó a darle su último adiós.

El día 20, durante el entierro en la bóveda del cementerio habanero de Colón, desde la fortaleza de La Cabaña se dispararon cañonazos de despedida al viejo luchador libertario. Y allí reposa, sigue enhiesto Quijote hacia el horizonte, ese viejo novio del alba cubana, que, machete en alto, marcha junto a una nutrida avanzada de caballos blancos donde también cabalgan Martí, Maceo, Fidel, Che, Camilo, Almeida… Desde allí nos reta en la nueva brega por el porvenir, acompañante de las nuevas cargas que debemos dar hoy, a favor de nuestro Socialismo cubano, viejos y nuevos cubanos unidos por los mismos sentimientos de antiimperialismo de nuestros próceres más preclaros.

Conjunto escultórico monumental al Generalísimo Máximo Gómez. Está situado frente al Malecón y a la entrada del Túnel de la Bahía, en La Habana. /Foto: Ecured
Conjunto escultórico monumental al Generalísimo Máximo Gómez. Está situado frente al Malecón y a la entrada del Túnel de la Bahía, en La Habana. /Foto: Ecured

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