¿Quién mató a Madrazo?

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Bucear en las aguas de la historia convierte a veces al que se empeña en tales tratos con el pasado en algo parecido a un sabueso policial. El suspense creado por el final abierto de la última columna no entraba en los cálculos de su concepción original y tampoco desea el cronista usurpar funciones detectivescas.

Como recordarán, el teniente del Ejército Constitucional Ramón Garateix y el subinspector de la Policía Secreta Alfredo Paredes Ledón fueron los encargados por la justicia para encontrar el culpable del asesinato de Isidoro Madrazo Torriente, presidente de la Compañía Arrendataria del central Parque Alto, ocurrido en la madrugada del 9 de abril de 1941, cuando un hombre bien emboscado para la ocasión le descerrajó un escopetazo en la cabeza.

Hecho poco usual aquel que tuvo por escenario la fábrica azucarera en la vecindad de Congojas, término municipal de Rodas, porque a un dueño de central no lo ultimaban todos los días, por muy violenta que fuera la sociedad republicana.

Entonces no es de extrañar que el crimen bajo la fronda de la hilera de laureles de la entrada de Parque Alto compartiera cintillos de portada en los diarios cienfuegueros con los avatares bélicos que volvían a destruir Europa. Solo La Correspondencia le dio cabida en primera plana en doce ediciones de abril y en nueve de mayo. Pero la mayoría de las notas insistieron en la novela que se tejía alrededor de la herencia del hacendado escopeteado.

Fue en la edición del 29 de mayo cuando el diario publicó un ¡Última hora! que anunciaba el descubrimiento del asesino del millonario Madrazo, pero sin soltar prenda, porque evidentemente no la tenía. Al día siguiente el periódico de la familia Velis titulaba con la acusación del teniente Garateix a los líderes sindicales del central como autores del hecho de sangre. Tan convencido estaba del resultado de sus pesquisas que ofrecía 100 pesos de su peculio a quien fuera capaz de destruir las pruebas aportadas.

Sostenía el investigador que tras un sorteo macabro realizado por la directiva gremial le había tocado en suerte a José, “Cheo” Rodríguez Goytisolo, un mecánico mestizo de 28 años, ejecutar al industrial. La prueba más comprometedora resultó la declaración de Evaristo Abreu, empleado del central, quien aseguró al detective que desde su habitación en el barracón del ingenio había escuchado la trama urdida en un local contiguo.

Mientras el acusado principal declaraba su inocencia a reporteros que lo entrevistaban en la cárcel de Cienfuegos, apareció otro testigo incriminador. En presencia de los investigadores, Reinaldo Rivalta describió a Cheo Goytisolo como buen tirador y gran cazador de venados en fincas aledañas al ingenio. Para colmo de males, aseguró que el susodicho le había comentado estar esperando una noche oscura para “matar al Mayor”.

En vista de que no apareció el arma homicida el Gabinete Nacional de Identificación envió al perito Eutasio Moreno López, con más de 30 años de experiencia en asuntos de herrería, comisionado para investigar en la fragua de los hermanos Rodríguez Goytisolo. Tomó muestras de escoria de la forja para comprobar si se correspondía con el tipo de acero empleado en la fabricación de escopetas de caza, pues existía la sospecha de que el trabuco hubiera sido derretido.

El 7 de junio en Santa Clara el coronel Gómez Gómez, jefe militar de la provincia, tuvo una entrevista con los dirigentes de la Federación de Trabajadores de Las Villas y el Buró Azucarero, Jesús Menéndez, Indalecio Acosta y Evangelino Pérez. “Estoy convencido de que en el asesinato no han intervenido las organizaciones obreras de la provincia, cuya función es otra muy distinta a la de preparar atentados personales”, aseguró el líder castrense.

El teatro de las investigaciones alcanzó también a la provincia de Camagüey, donde María Rosales, concubina de Cheo, testimonió que el acusado portaba mucho dinero cuando la visitó a principios de mayo.

Como aquello del árbol caído a Rodríguez Goytisolo terminaron achacándole un robo a Santos González, dueño de la colonia Convento, y lo peor, el asesinato en 1933 del chino José Achí, protegido de los Fowler, los antiguos dueños del propio ingenio Parque Alto. El asiático que vivía en un fortín de tiempos de España fue estrangulado para despojarlo de una bolsa con monedas de oro, según la versión popular del suceso.

Luego de mediado junio, cuando circularon las anteriores noticias, el tema Madrazo reapareció en los medios el 17 de julio para anunciar el fin de las investigaciones. La nota no aportaba casi ningún elemento novedoso, salvo que libros y documentos ocupados en la sede del Sindicato, en Congojas, probaban el planeamiento del escopetazo fulminador.

En el juicio correccional celebrado en Rodas el 24 de octubre del mismo año 41, el juez Pérez Brenguier absolvió a la directiva sindical, incluido Cheo Goytisolo, acusada de desacato a los agentes del orden durante movimientos reivindicativos de los obreros con motivo de divergencias habidas con Madrazo. Otros acusados fueron el congresista Jesús Menéndez, exonerado de concurrir a juicio en virtud de su inmunidad parlamentaria, y el político cienfueguero Rolando Meruelo. La defensa estuvo a cargo de un joven abogado cienfueguero que 18 años después sería presidente de la república revolucionada: Osvaldo Dorticós Torrado.

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Francisco G. Navarro

Periodista de Cienfuegos. Corresponsal de la agencia Prensa Latina.

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