Cerrar los ojos, otra obra maestra de Víctor Erice

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“Los milagros verdaderos ya no existen en el cine desde que Dreyer murió”, le espeta el editor Max (Mario Pardo) a su viejo amigo, el realizador Miguel Garay (Manolo Solo), al minuto 142 de Cerrar los ojos (Víctor Erice, 2023). Aunque quien está hablando por boca del personaje es el mítico director de El espíritu de la colmena, El sur y El sol del membrillo, su película lo contradice, al asegurarnos que, si bien bastante escasos hoy día, estos siguen vivos, listos para iluminarnos.

Cerrar los ojos, el milagro cinematográfico cimero de su año en el planeta, es un documento fílmico portentosamente bello, cargado de nubes de lirismo y poesía que bañan pasajes completos del filme de una lluvia bendita y a la fecha prácticamente inhallable dentro del árido panorama creativo internacional. Transido por una desgarradora tristeza pesimista, pero a la vez sostenido por esa fe salvadora que inspira a la especie a seguir, siempre, adelante.

No se respiraba tanta paz en una obra audiovisual desde hace décadas, si exceptuamos la reciente Días perfectos (Wim Wenders, 2023). Hablamos de la paz ofrecida por el sedimento de ideas sobre el cual descansa la película, por su relato, la rutina de sus personajes, el decurso de la existencia de estos, el saldo de sus diálogos e interacciones, los sitios en los cuales se ambienta, las estrategias de la narración, la curva parsimoniosa del conflicto, la pureza de locuaces primeros planos, la cadencia de sus fundidos a negro, la majestad de la imagen, la serenidad de los seres que la habitan.

La última película del maestro español también representa ofrenda mayúscula al cine, al ensueño de la pantalla, al celuloide, a las latas donde se guardaban las películas que luego eran proyectadas sobre el lienzo blanco donde quedaban concentradas esas imágenes imborrables que contemplábamos, absortos, en la paradójica colectiva soledad de la sala oscura.

Resultan conmovedoras las escenas de la recta epilogar, en el cine de pueblo –cerrado, como tantos–, cuando Garay, acompañado de Max, Elena (la Ana Torrent de El espíritu de la colmena, justo cincuenta años después otra vez junto a Erice), la periodista, la sanitaria y las monjas, verá a su amnésico amigo, el actor Julio Arenas (José Coronado), cerrar los ojos, y soñar, al concluir el visionado de fragmentos de esa película, de ambos e incompleta, mediante la cual abre el filme y cuya presencia simbólica impregna todo el metraje.

Tras dicho cierre de ojos puede guarecerse tanto, y entre ello la posible reactivación de una memoria que recopile, gracias al redentor efecto de las imágenes y antes del momento postrero, esos instantes de una vida cuya evanescencia establece un correlato con lo narrado en la copia inconclusa apreciada en el pequeño cine. La pantalla en tanto resorte para atestiguar, guardar, preservar un tiempo detenido que siempre permanecerá ahí. La pantalla como camino para que la vida continúe después de la muerte.

Garay, Julio y Max ya no son niños; tampoco Erice, de 83 años, quien da acta de fe de lo anterior en una película de fin de ciclo, sobre un tiempo ya ido, que interroga a parte de su obra y pone en perspectiva mayúsculo legado. Un nostálgico trabajo de traza confesional, remisivo a signos y circunstancias de su propia labor (él, lo mismo que Garay, no pudo concretar La promesa de Shangai o la continuidad de El sur), de un creador con medio siglo en el cine y cuatro obras maestras.

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Julio Martínez Molina

Licenciado en Periodismo por la Universidad de La Habana. Periodista del diario 5 de Septiembre y crítico audiovisual. Miembro de la UPEC, la UNEAC, la FIPRESCI y la Asociación Cubana de la Crítica Cinematográfica

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