Lectura de la resistencia

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Sentado sobre un túmulo pétreo, en simbiosis con el paisaje e increíble postura, ¡¿un joven leía?!. /Foto: de la autora
Sentado sobre un túmulo pétreo, en simbiosis con el paisaje e increíble postura, ¡¿un joven leía?!. /Foto: de la autora

Primero divisé la bicicleta sola, recostada a un viejo mangle prieto que ha resistido a crecidas, huracanes y se sujeta aún a la orilla del río Arimao para no sucumbir a la sequía, la más reciente de las adversidades. Luego advertí lo insólito: sentado sobre un túmulo pétreo, en simbiosis con el paisaje e increíble postura, como si no sintiera las agudezas de la roca, impasible, ¡¿un joven leía?!

Para quienes no han visitado nunca este paraje, se trata de un litoral casi tan largo como Rancho Luna, que comienza unos metros más allá del límite de las instalaciones del hotel homónimo, después de dejar atrás el mundo habitado por unas pocas casas de pescadores.

La playa de la desembocadura del Arimao es refugio de bañistas y amantes ocasionales (no siempre responsables, que dejan por doquier su estela nada ecológica), y acaba donde el torrente dulce se encuentra con el Mar Caribe, donde justamente hallé al insólito lector.

Anclado a la piedra de la orilla este, casi nunca asequible por la profundidad del cauce, pero cuyo fluir actual, con apenas 50 centímetros de agua, denota la falta de lluvia en los últimos dos años, y lo hace transitable.

A su espalda el bosque casi seco de la península de Punta Gavilán —por cierto uno de los sitios con mayor endemismo en la provincia—, istmo que se incluye en el nombre del área protegida Laguna de Guanaroca.

Nada lo perturbaba, ni nuestra presencia, ni fotógrafos casuales ni hombres de mar furtivos, tampoco visitantes en son de exploradores. Estaba sumido en las letras, y solo por esta impertinente insistencia mía, el muchacho cruzó el río, tan amable como intrigado, para responderme.

¿Por qué lees allá arriba, sentado? (con tanto espacio aquí abajo —y pensando en la puntiaguda incomodidad de la piedra—, me abstuve de decirle)

Solícito, respondió en perfecto español.

“Me gusta leer en esta paz, con el sonido del río y de las hojas, este silencio… frente al mar”.

¿De dónde vienes, quién eres, cómo llegaste…?

Luego de haber pedaleado unos veinte kilómetros, Thore escogió leer en un remoto paraje: la desembocadura del río Arimao. /Foto: de la autora
Luego de haber pedaleado unos veinte kilómetros, Thore escogió leer en un remoto paraje: la desembocadura del río Arimao. /Foto: de la autora

“Soy alemán y vine a Cienfuegos en mis vacaciones de fin de estudios, acabo de graduarme como ingeniero mecánico… Viajo en bicicleta a conocer la playa, pero me molestaba tanto ruido, hay muchos turistas allá (en la zona más habitada y conocida de Rancho Luna), y di con este sitio donde puedo disfrutar tranquilo, en armonía…”.

Entonces me comentó que en Alemania aún se lee mucho, a pesar de los atractivos del mundo digital —del que él mismo es nativo desde hace 26 años—, y que particularmente prefiere el libro de papel, su olor, el sonido de las páginas, tocarlo. De inmediato, manoseando el que llevaba, tradujo del alemán al inglés el título Be loved, en castellano, Ser amado, que le acompaña desde su natal Colonia, y que escogió disfrutar entre otros placeres mundanos junto a este pedacito de nuestra naturaleza, luego de haber pedaleado unos 20 kilómetros.

Acto seguido, Thore Müller, que es su nombre, cruzó nuevamente el río y se parapetó en su lectura. Sumergido.

Confieso que tan extraña aparición, me confortó en un contexto en el que los estudiosos de los fenómenos culturales advierten que ya no se lee con antes, que los jóvenes —también muchos de los que no lo son tanto— llenan demasiado su tiempo e intelecto con divertimentos digitales.

Porque leer, lo que es leer un libro, disfrutar de su olor a nuevo, o de sus ácaros por viejo, perseguir un título, pasárselo de mano en mano y con la urgencia de un fin de semana como plazo, devorar en un día con su noche la producción intelectual que tomó quizás años a un escritor, ya no es tan común —al menos entre las nuevas generaciones de cubanos—, pues he observado que muchos jóvenes foráneos ajustan su tempo al nuestro, en terminales, colas, agencias, aeropuertos, playas…, leyendo.

En nuestro país se han reconocido como causas de la disminución del este hábito, el impacto del período especial en la mengua ostensible de las posibilidades editoriales, la subida de los precios de los libros (y del costo de la vida), a pesar de que la política cultural y educacional (acaso es lo mismo) del país sigue subsidiando la producción literaria.

Y lo ha seguido propiciando. Con el nuevo siglo, la Batalla de Ideas —que se impuso hacer del nuestro el país más culto del mundo— inició una nueva etapa, que fomentó símbolos y tecnologías, en franca contrahegemonía ante la globalización del entretenimiento, que mediante empaques seductores, se imponen cada vez con más poderío. Casas editoras tradicionales y centros provinciales del libro, con capacidad para difundir su creación autóctona, miles de bibliotecas, lo confirman.

No obstante se lee menos. La imagen antaño usual de un sujeto absorto en un texto en un banco del Prado o en el Malecón, en una parada, se ha trocado por la de alguien asido al celular, no precisamente leyendo.

Es perceptible una mayor inversión del tiempo libre en consumos mediáticos, series, películas, telenovelas, paquete mediante, mientras la mayoría dice no tener tiempo para leer, pues es innegable que además de más sugestivos, la gestión de estos contenidos es menos costosa —se pasan, sin necesidad de papel ni tinta de un dispositivo USB a otro—, incluso por aplicaciones como Zapya.

Leer, lo que es leer un libro, disfrutar de su olor a nuevo, o de sus ácaros por viejo, ya no es tan común, al menos entre las nuevas generaciones de cubanos, que prefieren otros medios y soportes.
Leer, lo que es leer un libro, disfrutar de su olor a nuevo, o de sus ácaros por viejo, ya no es tan común, al menos entre las nuevas generaciones de cubanos, que prefieren otros medios y soportes.

Hace apenas dos años, en el artículo ¿Hábito perdido?, lo aseveraba al diario Juventud Rebelde, Edel Morales, vicepresidente del Instituto Cubano del Libro, cuando al referirse a los soportes digitales asumía que más del 70 por ciento de los jóvenes acceden a las letras mediante estos, además de más baratos, conservables, y con garantía de calidad en texto e imágenes, y que resulta fácilmente reproducible..

Aun así, la feria que luego de su versión internacional itinera por ciudades cubanas, sigue siendo un fenómeno de masas, quizás por ser el único momento del año en que la promoción de la lectura es fiesta, acontecimiento, y no suceso ocasional y elitista en las noticias de todos los días, o tal vez porque “no sabemos vender los libros de manera atractiva, y esa cadena hay que mejorarla mucho y combinar también una mirada en sistema desde la creación, edición, producción, distribución y consumo”, como reconociera Edel Morales en el citado artículo.

Una encuesta realizada durante este evento, tiempo atrás, por el Centro de Investigación y Desarrollo de la Cultura Cubana Juan Marinello, en coordinación con el Instituto Cubano del Libro (ICL), corroboraba que la feria se legitima entre los cubanos como el espacio fundamental para adquirir literatura, donde se concentran los esfuerzos editoriales en la isla, pero “¿hasta qué punto resulta saludable para el hábito de lectura de la población que se concentre la promoción y distribución de la literatura más demandada solamente en un evento que ocupa dos semanas al año, y en un espacio reducido en relación al gran número de personas que concentra?”.

Las noches de los libros, lecturas de verano, el Festival Universitario del Libro y la literatura, son iniciativas válidas, pero más espacios no son directamente proporcionales a más hábito.

La exploración de las nuevas tecnologías que gana terreno en nuestra política editorial, debe acrecentar la motivación por la lectura, atendiendo a aquellas mediaciones en el proceso de consumo: la influencia de la familia y la escuela, entre las primeras.

Este episodio, inusitado hallazgo del lector extranjero sobre la piedra, se me antojó un símil de ese pedestal al que muchos aún elevamos la lectura como un placer a través del cual nos apropiamos de ambientes y afectos, y nos dota de riquezas espirituales, cognitivas, que sin dudas el joven alemán distinguió tempranamente, entre el cúmulo de atractivos digitales a su alcance en el otro confín del mundo, seguramente menos favorecedor del hábito.

Por estos días de feria volverá a mi cabeza —y ojalá también a las suyas, lectores digitales—, como un conjuro contra quienes predicen la obsolescencia del libro, esta metáfora de la resistencia: el muchacho asido al peñasco, obviando las distracciones banales del mundo, sumergido en ese manar de ideas, a la orilla de un remoto río cienfueguero.

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