El domingo que James Ward estrenó el cielo de Jagua

Compartir en

Tiempo de lectura aprox: 3 minutos, 16 segundos

La aviación estaba más en pañales que un niño de dos días de nacido cuando Cienfuegos asistió al espectáculo que constituyó el primer mitin aéreo en el cielo de Jagua, la tarde del domingo 12 de febrero de 1911.

Los tres vuelos del aviador canadiense James Ward desde la improvisada pista del Hipódromo formaron parte del primer capítulo de la aviación en Cuba. Tal fue la fiebre por presenciar las piruetas del émulo de Ícaro que la prensa comparó la animación y la cantidad de público en las calles de la ciudad con las del 20 de mayo de 1902, inauguración de la República plattizada.

La Semana de Aviación organizada en La Habana por la Curtiss Exhibition Company en los primeros días de febrero, contagió de entusiasmo a algunos emprendedores cienfuegueros que decidieron montar el espectáculo unos días después en la Perla del Sur.

El llamado Circuito Curtiss agrupaba a pilotos que ya coqueteaban con la fama en cielos de Norteamérica y Europa, entre ellos Lincoln Beachy, ganador de la Copa de Reims (Francia) en 1910, John Douglas Mc Curdy, August Post, George Russell, Gardner Hubbard y el propio James Ward, el benjamín de la escuadrilla con sus 19 años.

Los periódicos contribuían a fomentar el ambiente propicio para las demostraciones de los ases del aire. La Correspondencia publicaba en primera plana casi un día sí y otro también fotos de aquellos dinosáuricos biplanos, y en las interiores, reseñas del reciente vuelo Cayo Hueso-Habana protagonizado por Mc Curdy, de la fiesta aérea en la capital, y los preparativos para la exhibición en el Hipódromo local.

El 4 de febrero bajo el socorrido epígrafe de La aviación en Cienfuegos daba cuenta de los intercambios verbales del alcalde Ceferino “Nene” Méndez con personalidades de la ciudad, a fin de que la Perla del Sur: “tenga también su semanita de aviación”. Y al día siguiente, informó sobre la fructificación de las gestiones del primer edil y el Ayuntamiento, quienes acordaron traer acá a uno de los pilotos del Circuito Curtiss. El señor Luis Estrada, representante del grupo aéreo, firmó el documento con el concejal José Villapol.

En principio la exhibición tendría como escenario el antiguo terreno de béisbol, al final del Paseo de Vives (nótese que el Prado aún conservaba su nombre colonial), por ser el único campo apropiado para las demostraciones y el aviador contratado sería el canadiense Mc Curdy, especulaban los gacetilleros. La conformación del premio de dos mil pesos a conceder al atleta de las alas estuvo sobre el tapete por aquellos días en las sesiones nocturnas del Ayuntamiento, que finalmente aprobó una suma de 500. Entre las instituciones, la Colonia Española puso 200 en la cuenta, mientras las sociedades Liceo, Luz y Caballero, Minerva y el Centro Gallego, anunciaban su disposición de colaborar con los honorarios. Al tiempo que el día 8 el comercio local abrió una colecta para cubrir el importe total del galardón.

Aunque no lo era en el papel ni en los mapas, Cienfuegos hacía las veces de capital provincial de Las Villas, por lo menos en cuanto a desarrollo y novedades se refería. Así lo prueban las numerosas excursiones anunciadas desde distintos municipios para presenciar aquí el espectáculo del aire.

Ya para el viernes 10 habían cambiado los planes en cuanto al protagonista de la función, y el diario de Cándido Díaz y Florencio Velis publicaba en portada una foto del biplano de Mr. Ward: “que volará en esta ciudad el domingo”.

A aires revueltos, ganancia de negociantes, parecía reinterpretar el refrán el señor Ramón Gándara, propietario de la óptica La Sección X, en De Clouet, 28-A, que recomendaba por medio de un suelto periodístico a: “quienes no pudieran ir al campo de Marsillán a disfrutar del espectáculo, proveerse de unos gemelos a módico precio”.

El sábado 11 era noticia la llegada del conocido empresario de teatros, don Eusebio Azcue, quien tuvo a su cargo la contratación de Ward. Dada por hecha la presencia del joven aviador, acompañado por dos ingenieros mecánicos, la prensa abundaba en detalles de los preparativos. La Banda Municipal de Conciertos y la del Cuerpo de Bomberos animarían el espectáculo, para el cual las entradas por valor de un peso plata española ya estaban a la venta en los cafés Los Espumosos, El Parque, Dos de Mayo, Central, El Louvre y El Bosque. Para el que pretendiera dárselas de listo, advertía el tándem Policía-Guardia Rural, encargado de que nadie accediera al Hipódromo sin abonar el correspondiente billete.

Llegó la tarde que haría historia en Cienfuegos. Mr. R. Calhoun, representante general de la Curtiss, había confirmado que el motor del biplano de Ward, ocho cilindros y 50 caballos de fuerza, era similar al empleado días antes por Mc Curdy en su vuelo alrededor de la farola del Morro habanero. El aparato podía alcanzar una velocidad de hasta 70 millas por hora.

A las tres y cuarto el joven aviador entró al campo en su automóvil. Lo acompañaban el alcalde Nene Méndez, Azcue, Villapol, Estrada y Calhoun. Los tres vuelos se iniciaron a las 4:10 p.m., 4:31 y 5:08, con duraciones de cinco, siete y nueve minutos, respectivamente. En todas las ocasiones el piloto fue premiado con recias ovaciones. En el último hubo entrada libre para los curiosos cuyos bolsillos no podían permitirse el lujo de la plata española.

En el tercero Ward calculó que logró elevarse hasta unos tres mil pies y hubiera trepado más de no haber sentido una interrupción en el motor.

Desde su privilegiada atalaya en el Observatorio del Colegio Montserrat, telescopio en mano el padre Sarasola dejó sus apuntes del acontecimiento. De la crónica del religioso rescato dos líneas: “… el aeroplano a los lejos se parece a un pájaro grande, pero un pájaro especial que no estamos acostumbrados a ver en los trópicos”.

Visitas: 47

Francisco G. Navarro

Periodista de Cienfuegos. Corresponsal de la agencia Prensa Latina.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *