Esperas que no precisan razones | 5 de Septiembre.
vie. Nov 15th, 2019

Esperas que no precisan razones

Foto: Modesto Gutiérrez

Escrito por Jorge Luis Urra Maqueira*

Los públicos que aguardan un repaso de lo vivido en las creaciones del artista sureño Vladimir Rodríguez serán confortados. Los que esperan por sus habituales novedades, concebidas en esta modernidad inconclusa, serán confortados. Pareciera una paradoja, tratándose de una muestra personal, dedicada a su ascendente legado, pero Razones que no precisan espera —como expresara en una de sus canciones Vicente Feliú— nos revela a un hacedor contrapuesto, que siente placer regresando al mañana, a aquel cosmos de entresijos posibles, donde el entorno científico, los anhelos y el poder dominan los perfiles de una humanidad probable.

Asimismo, constata que su manifestación favorita es la permutación, sintiéndose igualmente cómodo con la escultura, el grabado, el dibujo y el instalacionismo, porque lo trascendente para él es cruzar los confines y provocar inquietudes en aquellos que ceden al desafío de la interpretación. Para los que no acaban de intuirlo: las producciones artísticas de Rodríguez se erigen desde una dimensión intelectual, dialógica; por esta causa las reacciones son de tipo conmocionantes, no emotivas (salvo las que devienen de la elocuente situación estética). Estas regularidades obligan a los públicos a un ejercicio que escapa de los dominios del lenguaje (el reconocimiento de la materia expresiva, códigos, técnicas y estilo), para exigirnos saberes sobre la historia del arte, no en una distensión arqueológica de las prácticas, sino de resignificaciones o adaptaciones a nuevos entornos, que no se ubican en el pasado, el presente o el futuro, sino los tres tiempos al unísono.

¿Qué tienen en común las obras representativas citadas: Como si fuera una guitarra, Epigramas, Del anhelo inútil, Empaque 52 o Residiendo? Una puesta visual que entremezcla la poesía y la ciencia con el neofuturismo y aquella insistencia en representar la filosofía de universos viables; mejor, prefiguraciones de los deseos de emancipación, sobre la base de cuanto ha edificado la humanidad. No es fortuito que acuda con insistencia al Renacimiento, y salte a los movimientos vanguardistas que manifiestan cierto “compromiso” con las sociedades modernas, al estilo del pop art o el arte conceptualista y posmoderno (sin ser subyugado por alguno en particular), donde el ser humano se perfila como lobo de sí mismo y se procura la homogeneización cultural. Por otro lado, sus textos visuales trascienden por esa voluntad de recrear la cubanía (y la “latinoamericanía”), connotar los signos que nos hacen universales y singulares al unísono; logrando rejuvenecer los usos de códigos simbólicos, al estilo de la serie Como si fuera una guitarra, otra muestra de su estilo minimalista. Igual, la flexibilidad en el uso de materiales en la escultura, tal cual se evidencia en el empleo de la resina, cuya transparencia, color y textura se avienen a sus apotegmas visuales, o soportes para la pintura o dibujo, al modo del papel higiénico o los metales usados en la publicidad durante la década de 1950 en la Cuba pseudorrepublicana. A propósito, esta última variante se constata en una serie que tiene continuidad en el reservorio de grabados de la exitosa muestra Del anhelo inútil, presentada en el 2008.

Justo, retomando la esencia de la serie Del anhelo inútil, Rodríguez inserta en su “retrospectiva” dos obras de gran formato y abierta polisemia, que utiliza en dual condición de soporte y objeto transtextual, toda vez que se sitúan en relación con otro texto (en este caso la publicidad de dos grandes emporios: la Texaco (Empresa erigida en 1902 con el nombre de The Texas Company) y Esso (Empresa petrolera norteamericana Standard Oil), pertinentes al tema del éxodo, las quimeras y la necesidad de prolongarnos en el espacio (a través de una tríada básica de elementos que nos recuerdan a la mar, la tierra y los cielos) hasta convertirnos en aves con rumbo al futuro consumado.

Razones…, la más reciente muestra de Vladimir en la Galería del Bulevard, es un pretexto para el rencuentro con un artista que se niega a envejecer (aunque su obra se extiende por casi treinta años de laboreos) y sigue apostando por un arte perspicaz y negado a las esperas.

*Crítico de arte.

Noticias relacionadas
Share

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

 caracteres disponibles

Share