Alí: Michael Mann factura notable filme pugilístico

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Formidable la interpretación que de Mohamed Alí brinda el actor y rapero estadounidense Will Smith, sin Globo de Oro y sin Oscar, pero genial.
Formidable la interpretación que de Mohamed Alí brinda el actor y rapero estadounidense Will Smith, sin Globo de Oro y sin Oscar, pero genial.

Desde que Thomas Alba Edison filmó, por mero goce, aquella bronca cinematográfica pionera entre Mike Leonard y Jack Cushing hasta que, en 1980, Martin Scorsese nos sembrara en la luneta con la fuerza de una trompada a boca de jarro mediante esa obra maestra del cine pugilístico que es su Toro salvaje, mediaron más de ocho décadas. Fue el tiempo que el género demandó para pasar de la categoría de retrato de piñacera a la de obra de arte.

En ese tránsito de crecimiento influyeron desde cintas del período mudo, pasando por los clásicos de la serie B de los ’40 y los ’50 dirigidos por Robert Wise quien lo mismo ponía a un loco a profanar tumbas que a Paul Newman o Robert Ryan a matarse en el ring, hasta piezas de G. Avildsen, Ritt y Jewison.

Y con todo un sedimento debajo, toda una maduración paulatina detrás suya y una historia que sabe de bodrios y caviar, llegó a inicios de siglo Alí, gran película de boxeo: la certeza absoluta de dos cosas (más bien confirmaciones): que aun hay tierra virgen en este tipo de filmes, contra todo lo que yo mismo creía; y que Michael Mann es un notabilísimo director, el cual tras esas dos buenas películas llamadas Heat y El informante, continuaba a la sazón haciendo cine mayúsculo en las entrañas de Hollywood, sin baches e intermitencias.

El largometraje, centrado en una etapa de la vida espiritual, ética y deportiva de Classius Clay, el famoso boxeador estadounidense negro convertido al islamismo con el correspondiente cambio de nombre que ello supuso por el del mundialmente conocido de Mohamed Alí, bordea el canon de la biopic fílmica en su poco entusiasmo por consignar hechos y referencias; así como el del género propiamente. No cuenta mucho aquí reproducir los puntos del almanaque de este hombre, ni tampoco que el cuadrilátero sea el escenario central. No va la línea por donde ese antaño cine de boxeo, vinculado al noir, del pugilista arrancado a la calle y con pasado oscuro, encuentros arreglados, promesas enfrentadas a mitos o viceversa, el deporte como escapatoria a la pobreza o pugilistas físicamente destrozados en el ring, a la manera de las películas de hace medio siglo de Anatole Litvak, Robert Rossen y Mark Robson.

No, Alí es más bien el reflejo de la marcha en busca de sí mismo de una persona, la observación del “alumbrón” cerebral de un gran hombre necesitado de reafirmarse en su fe, que no quiso saber nada de la guerra en Vietnam ni ser manipulado, permaneciendo fiel a sus convicciones, sin caerle bien al sistema e incomprendido a veces hasta por los de su raza. Alguien que en su amistad con Malcom X aprendió a divisar y defender los perfiles de la identidad de él y los suyos. Ello se prioriza en el filme, muy por arriba de la vida sentimental del personaje central e incluso de los combates efectuados entre 1963 y 1974, cuando celebra la histórica pelea por la faja mundial de los pesados contra George Foreman en Zaire, recordada como Rumble in the jungle. (La película solo reproduce tres grandes desafíos, incluido este último, pero pese a que ese no es el interés mayor, dichas escenas pugilísticas tomadas por la cámara del mexicano Enmanuel Lubezki son técnica, artística, plásticamente magistrales, y hay un trabajo soberbio con la profundidad de campo).

Michael Mann facturó una película valiente en el contexto del Hollywood después del 11 de Septiembre, tan vigorosa como los músculos de su héroe o la interpretación que de éste brinda un aquí formidable Will Smith, sin Globo de Oro y sin Oscar, pero genial. Su filme promueve la vida en pantalla de personajes muy bien conformados, se fabricó con maestría narrativa y le fue impreso un notable rigor visual.

Solo impide que Alí avance al estadio de obra mayor la incontención para contar de su realizador curiosamente alimentada por la desmesura que le engendra su propio talento, quien vuelve a mostrar ahora su poca capacidad de síntesis en otra pieza de demasiado extenso metraje, que una más eficaz labor de montaje en su segunda hora, por ende reiterativa, hubiera aliviado mucho.

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