Las manos unidas de una pandemia

Cuando llegó a la zona roja  no se le veían ni los ojos. Un traje de “cosmonauta” le hacía más difícil el andar, como si llevara una jaba de arena atada a los pies. Una talla, dos pares de guantes, nasobucos, espejuelos, careta,  y el ajuar “espacial” era suficiente para desdibujar su apariencia cotidiana. La profesora que todos conocían había quedado colgada al armario del Centro Ambulatorio Especializado (CEA) de Cienfuegos. 

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