Siempre el danzón

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Como el buen vino, mientras más añejo sabe mejor. Así es el Danzón, Baile Nacional de Cuba. Cadencioso, elegante y sensual aproxima los cuerpos de los danzantes y en su intermedio propicia los piropos que con una sonrisa la dama acepta, al tiempo que agita su abanico.

Tanta exquisitez melódica y buen gusto es producto de la cubanidad, esa mezcla étnica que nos identifica como seres únicos, a la misma vez que universales. Ahí radica el secreto de la música cubana, que a donde quiera que vaya da en el gusto y se queda.

Sucedió así en México con las orquestas danzoneras cubanas que visitaron ese país hermano. La idiosincrasia de los que habitan la costa del golfo intuyeron con su alma caribeña la magia del ritmo y lo incorporaron a su propia esencia, imprimiéndole un sello propio.

Mucho de sí les llevó el percusionista cubano Consejo Valiente Roberts, mejor conocido como Acerina (Santiago de Cuba, 1899 – Ciudad de México, 1987) cuando en  1913 llegó al país azteca y, aún adolescente, empezó a tocar como timbalero en la orquesta de Tiburcio Hernández, alias “Babuco”. Años después, en 1927, Acerina se unió a la orquesta de Juan de Dios Concha, para actuar durante muchos años en el Salón México.

A fines de la década de los 40s, Acerina formó su propia orquesta y con ella se presentó con éxito en radio, televisión, bailes públicos y hasta en el cine. México tuvo también muy buenos cultores del Danzón, comoAlejandro Carmona, Arturo Núñez y las orquestas del cubano Mariano Mercerón y de los Hermanos Castro, entre otros.

Esa historia tejida con hilos dorados que se extendió a todo el Caribe insular y continental, no habría posible sin un acontecimiento que tuvo lugar el primer día de enero de 1879 en el Liceo Artístico y Literario de Matanzas. En esa ocasión se tocó por primera vez Las Alturas de Simpson, del compositor  Miguel Faílde, pieza considerada el primer Danzón de la historia musical.

El título de la composición adoptó el apellido de un acaudalado propietario de una finca, quien donó al joven Faílde y varios amigos suyos y pedazo de terreno para jugar pelota. El terreno en cuestión se halla en una zona alta, y de ahí Las alturas de Simpson.

Aquel día en la llamada Atenas de Cuba quedó inaugurado el nuevo baile, hijo directo de la Contradanza, aunque más lento, cadencioso y suave. De ahí el nombre Danzón, por ser una pieza cuya interpretación dura más tiempo.

Después de años de esplendor, el Danzón tuvo una etapa de casi olvido, con la excepción de la modalidad conocida como danzón cantado, que popularizó Barbarito Diez. Vale aclarar que esta variante no era propiamente Danzón, sino canciones líricas, sones y boleros acompañados por una orquesta danzonera que les imprimía el aire “danzoneado”, propio de una música instrumental para ser bailada.

Sobrevivió en otras partes, principalmente en México. Es un hecho feliz que entrado este siglo veintiuno un músico de la estirpe de su creador, llegase con su orquesta para demostrar que el Danzón fue capaz de vencer la prueba del tiempo y volver con su aire tradicional y sonoridades contemporáneas.

Ethiel Fernández Faílde (Matanzas, 1991) hace renacer esta danza y abre a los más jóvenes el horizonte para disfrutarla a plenitud. Este joven flautista, arreglista y director de orquesta es también el fundador y presidente del Encuentro Internacional Danzonero “Miguel Faílde in Memoriam”.

La agrupación de Faílde recrea las piezas antológicas del género, al tiempo que una nueva generación de compositores como Alejandro Falcón crean obras nuevas como el Tríptico Danzario para Flauta y Piano: En el sillón, Vitrales y El pregonero. A Yoán Otaño, otro creador joven, se debe Canción sin Palabras para quinteto de cuerdas y flauta. Juan José Rodríguez estampó con su firma Los ojos de Johanna, mientras que Ildefonso Acosta escribió el que tituló Un Danzón para Ethiel.

La Orquesta Miguel Faílde llegó en el momento justo para avisarnos que el Danzón vive y se renueva. Desde noviembre del 2013 es Patrimonio Cultural de la Nación y sabemos que un día cercano se le declarará Patrimonio Inmaterial de la Humanidad.

Títulos que merece porque ciento cuarenta y cuatro años después al igual que el mejor vino, el Danzón, mientras más añejo sabe mejor.

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