Serafín Sánchez: dos 18 de noviembre en su vida

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En mi corta experiencia en el oficio de historiador, he escuchado una frase en repetidos momentos que ha causado en mí indignación y, en ocasiones, hasta tristeza: “¡que más se va a decir de las luchas por la independencia de Cuba!”. Siempre he tenido la delicadeza, sin caer en aquellos debates de quién sabe más o quien sabe menos sobre la temática, de preguntar sobre los presupuestos para sustentar tal afirmación. Sin embargo, la respuesta orbita sobre un poco más de lo mismo, en clara alusión a las personalidades encumbradas de este proceso. Una vez más son Carlos M. de Céspedes, Ignacio Agramonte, José Martí, Antonio Maceo y Máximo Gómez los que acaparan esos focos de atención de todos como testificando que con ellos fue suficiente para luchar contra el colonialismo español.

Pese a este viejo cliché, ya arraigado dentro de nuestra sociedad, olvidamos que durante el batallar del pueblo cubano contra la monarquía ibérica se desarrollaron tres grandes conflictos: la Guerra de los Diez Años, la Guerra Chiquita y la Guerra Necesaria. Pero las figuras antes mencionadas no participaron en la totalidad de ellas; la presencia en las tres beligerancias solo fue reservada a un selecto grupo de independentistas. Entre estos podemos señalar a los mayores generales Serafín Sánchez, José Miguel Gómez y José Maceo, el brigadier Quintín Banderas y el coronel Gerardo Machado y Castellón. El primero de ellos, resulta una figura descollante en todos los ámbitos de un ser humano y un incansable batallador por una Cuba independiente.

Nacido en la urbe espirituana, el 2 de julio de 1846, dedicó sus primeros años a enseñar a leer y escribir a niños pobres en zonas rurales casi olvidadas por los funcionarios locales. Se levantó en armas al frente de 45 hombres en Los Hondones, el 6 de febrero de 1869, fecha que marcó el inicio de una carrera militar intachable dentro de las filas del Ejército Libertador en todas sus etapas. La forja de su quehacer militar y su carácter estuvieron condicionados por los numerosos jefes que pelearon a su lado, entre los que sobresalieron Honorato del Castillo, Francisco Villamil, Carlos Roloff e Ignacio Agramonte. Además, su paso por la emigración le permitió consolidar estas cualidades al entablar amistad con Máximo Gómez, José Martí y Fernando Figueredo Socarrás. No obstante, la finalidad de esta pequeña crónica no radica en realizar un bojeo, a modo de estudio biográfico, por su trayectoria independentista y su vida personal pues para ello existen numerosos escritos y dos biografías de excelente factura, ambas de la primera mitad del siglo XX, para hurgar en la condición humana y castrense de este patriota. Más bien, quisiera ir a dos momentos de su existencia y que ocurrieron el mismo día -18 de noviembre-, pero de años diferentes: la escritura de una carta a un entrañable amigo y su caída en combate.

Fotografía del mayor general Serafín Sánchez al término de la Guerra de los Diez Años.

El primer 18 de noviembre fue en 1893, cuando le escribió una misiva a su compañero de armas de la Guerra de los Diez Años, el comandante Gerardo A. Castellanos Lleonart. La misma comienza en un tono jaranero al calificarse el mismo como un “haragán” por la demora en responder la carta. El objetivo de la comunicación estaba dada en explicar todo lo acontecido en el alzamiento del triángulo Cruces-Lajas-Ranchuelo, en noviembre de 1893, y la situación real de estos tras la confusión que se generalizó con la detención de su principal promotor, Federico Zayas. Con una perspicacia sin igual, Serafín Sánchez realizó un esbozo de las consecuencias de este pronunciamiento precipitado y que rompió con las directrices del Partido Revolucionario Cubano (PRC); además, de la complejidad de los beligerantes que habían tenido que pasar a una fase de supervivencia en extremo ante la persecución a que fueron sometidos. La carta sirvió también para exaltar la figura de Higinio Esquerra, a quien conoció durante su exilio en República Dominicana, y que, posteriormente, las circunstancias los volvería a unir para desembarcar juntos en la Isla en una expedición armada, el 24 de julio de 1895, en Punta Caney.

En cierta medida, esta carta no es la más o menos importante dentro de la amplia y variada correspondencia del general espirituano, pero su significación radicó en que dicha figura no se hallaba divorciada de lo que sucedía hacia el interior de Cuba. Por otro lado, expuso en todo momento su creencia en las faenas organizativas que desarrollaba José Martí al frente del PRC para superar las divergencias existentes entre los principales líderes de las gestas pasadas. Asimismo, demuestra la adoración por el valor de la amistad como deber primordial de todo ser humano, al mantener informado a su compañero de armas a fin de evitar malas interpretaciones y falsas esperanzas cuando aún las condiciones no eran las propicias para iniciar la revolución, y ante ánimos enaltecidos de diversos conspiradores, quienes no reparaban en la necesidad de estructurar la guerra hasta en su aspecto más mínimo.

El segundo 18 de noviembre marcado en la existencia del mayor general Serafín Sánchez, ocurrió tres años después de haber redactado aquellas líneas a su “querido Gerardo”. Sin embargo, este día del año 1896 no fue para exponer sus ideas independentistas, sino para exponer su vida por esas ideas. El 13 de octubre del propio año, las fuerzas de los mayores generales Serafín Sánchez y Francisco Carrillo se unieron para moverse hacia la región de Cienfuegos y recibir la expedición armada de Miguel Betancourt. La llegada de esta contrarió en gran medida a Serafín Sánchez, pues los principales beneficiados resultaron ser las tropas de su homólogo remediano. Posteriormente, se introdujeron en el territorio trinitario donde pelearon con éxito varios combates contra el enemigo. En su traslado hacia Sancti Spíritus, se les unieron otros líderes insurrectos, como Avelino de Rosas y Enrique Loynaz y del Castillo, lo cual la movilidad de las fuerzas y el cruce del río Zaza se hicieron más lento.

Fue precisamente en este lugar, donde se produjo el fatídico enfrentamiento que acabó con la vida de uno de los protestantes del Jarao, en abril de 1879. Las acciones trascurrieron bajo una lluvia incesante de descargas de fusilería que imposibilitó las cargas al machete. Por su parte, Serafín Sánchez se mantuvo junto a su escolta en una pequeña elevación que le servía de observatorio para dar atinadas órdenes a sus subordinados. Pero la llegada de refuerzos ibéricos inclinó la balanza a favor de estos y las posiciones mambisas fueron cayendo una tras de otra. Según relatos de los propios partícipes del Paso de las Damas, ese día el mayor general se encontraba diferente como vaticinando su final. Estaba muy charlador y se había acordado de todos sus familiares, en especial de los ya fallecidos; insistía constantemente en el tema de la muerte, y calzaba unas espuelas de plata que le había regalado su progenitor y que no las usaba desde la Guerra Chiquita. Por otra parte, su ayudante, Antonio Vivanco, le había manifestado en la mañana un mal presentimiento. En medio de aquel fragor de la lucha, Serafín Sánchez comenzó una contramarcha, casi en retirada, que terminó en un disparo que le atravesó el hombro derecho y le perforó la arteria pulmonar. Por el silbido producido por el proyectil todos supieron que era letal, pero antes pudo pronunciar estas palabras: “Me han matado. Eso no es nada. Que siga la marcha”.

Desde la Guerra de los Diez Años, siempre fue una preocupación latente entre las fuerzas cubanas la salvaguarda de los cadáveres de sus principales jefes a fin de evitar que estos cayeran en manos españolas y fueran posteriormente ultrajados. En el caso de Serafín Sánchez, su cuerpo inerte fue recuperado casi al momento exacto al producirse su muerte, pues uno de los ayudantes de Francisco Carrillo saltó sobre su caballo y evitó el desplome del mismo. Las horas que le siguieron a la desaparición física de Serafín Sánchez fueron calificadas por muchos como la noche más triste de la contienda bélica. En la mañana del 19 de noviembre, sus restos mortales fueron depositados por un grupo de oficiales y los familiares más allegados en una fosa común oculta, próxima al poblado de Sal si Puedes. Casi cuatro años más tarde, en 1900, fueron estos fueron exhumados y colocados en el panteón familiar del cementerio de la ciudad de Sancti Spíritus. La muerte de este insigne patriota dejó huérfano para siempre a un hogar levantado en el suelo extranjero y significó un golpe demoledor para el Ejército Libertador que se privaba de la dirección de uno de sus líderes más preclaros.

Aquellos 18 de noviembre en la vida de Serafín Sánchez constituyen fechas significativas, no para llorar sobre su tumba, sino para recordarlo y recordar también a otros tantos que cayeron anónimamente por ver a su patria libre e independiente del yugo colonial español, a partir del estudio constante de sus formas de pensar y actuar, y de los posicionamientos asumidos ante cualquier dificultad porque siempre habrá algo novedoso para desterrar, de una vez y por todas, aquel viejo cliché de que todo está dicho.

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Dariel Alba Bermúdez

Profesor e investigador de la Universidad de Cienfuegos ¨Carlos Rafael Rodríguez¨. Miembro de la Unión de Historiadores de Cuba (UNHIC)

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