Roberto Fortún, una mirada al Jazz desde el centro de Cuba

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Hace algunas décadas, tal pareciera que el jazz se ha diluido, como un fantasma escurridizo, de la promoción en el Centro de la Isla. Lejos de esta apreciación, las provincias centrales sí cuentan con proyectos de calidad y exponentes que bien pueden validar esta afirmación. Cienfuegos tiene a Fígaro’s Jazz Club, dirigido por Luis Alberto Barbería; y Villa Clara parece retomar su espacio después que Eliot Porta y Maykel Iglesias, dieran vida al Puchísimo Jazz, merecido homenaje a Víctor Pucho López Jorrín (Placetas, 23 de septiembre, 1956- Santa Clara, 15 de septiembre 2012), uno de los principales cultores del jazz en Cuba. El evento contó con la dirección musical del guitarrista, arreglista, orquestador, bajista, tresero y compositor, Roberto Fortún.

Debido a la necesidad de mayor visualización e inclusión de nuestros músicos del centro de la Isla y promover en estas provincias los ecos de un festival como el Jazz Plaza, le propongo a los lectores adentrarnos en la vida y obra de Roberto Fortún, poseedor de un talento y una obra que le sitúan entre los cultores del jazz en Villa Clara. Amablemente nos permitió adentrarnos en su mundo creativo para dejar, aunque sea algunas de sus tantas huellas, escritas en el “5 de Septiembre” digital.

Roberto Fortún Pérez (Caibarién, 24 de marzo de 1968) comenzó a interesarse desde niño por el arte, primeramente por la pintura, hasta que descubrió la música en su natal Caibarién. Desde un principio fue la guitarra el instrumento que llegó a sus manos casi de manera fortuita, pero lo hizo para ser su compañera, amiga y confidente desde los 8 años de edad, hasta el día de hoy. Comenzó su aprendizaje con el prestigioso guitarrista Flores Chaviano y luego matriculó en la Escuela Vocacional de Arte Olga Alonso, en la ciudad de Santa Clara, adonde se trasladó para estudiar bajo la tutela del pedagogo Rolando Moreno, formador de grandes guitarristas y maestros.

Con posterioridad, continuó estudios en la Escuela Nacional de Arte (ENA), donde fue alumno del Maestro Aldo Rodríguez. Por los compromisos de este destacado instrumentista, recibió clases, además, de Marta Cuervo, Esteban Campuzano, Víctor Pellegrini, hasta realizar su recital de graduación, en 1987, guiado por el profesor Roberto Kessel. En la asignatura de Armonía, relacionada a la guitarra, contó con el maestro Peruchín (Rodolfo Argudín Justiz), destacado pianista, guitarrista, bajista, percusionista, que lo introdujo en el cifrado y le hizo ver que existía otro universo que era necesario conocer para una preparación profesional más completa. Estando en la ENA, descubrió el jazz. Él mismo cuenta que se impresionó y lo absorbió tanto aquella sonoridad, que tuvo que llamarse a conciencia para volver a la música clásica y prepararse para su recital de graduación.

Con esas inquietudes regresó, esta vez para realizar su servicio social, a la Escuela Vocacional de Arte de Santa Clara, donde había estudiado años atrás. Allí comenzó su nueva etapa dentro de la pedagogía musical, como profesor de guitarra, junto a Rolando Moreno, que había sido su maestro y a sus dos compañeros de estudio con los que compartió el nivel elemental y luego el medio, Rachid López y Edel Aguiar, que se incorporaron después de terminar su servicio social, Rachid en Las Tunas y Edel en Holguín, quienes junto a Octavio Orta y a Luis Díaz, completaron una etapa brillante para la cátedra de guitarra villaclareña.

En esos años, y también contemporáneo con ellos, estaba como profesor el talentosísimo saxofonista, flautista, compositor y productor musical santaclareño Amed Torrecilla, que además de su instrumento hizo la carrera de composición en el Instituto Superior de Arte con el inigualable Maestro Harold Gramatges. Amed se introdujo, al igual que Roberto, en el mundo sonoro del jazz y la música brasileña. Al unir sus inquietudes Fortún y Torrecilla, nace el grupo de jazz villaclareño Incógnita que, a pesar de su corta “vida”, dejó huellas y demostró con talento y preparación, cuánto se puede hacer por la cultura. En la entrevista realizada, Fortún comentó:

“Incógnita la formamos Amed Torrecilla y yo. Ambos éramos muy inquietos musicalmente y nos gustaba el jazz. Cuando aquello, yo no era arreglista todavía y Amed siempre tuvo mucho talento para eso. Más bien yo era como el administrador dentro del grupo y entre los dos compartíamos las decisiones. Hago mi primer tema para jazz en el año 1988, se lo mostré y él me propuso montarlo. Todavía no conocía la técnica de composición, fue algo empírico. Claro, los guitarristas, igual que los pianistas, somos los instrumentos armónicos por excelencia y eso nos da otras facilidades para alcanzar un desarrollo auditivo y sonoro.

“Dentro de los músicos que pasaron por el grupo, Edel era un guitarrista clásico puro, pero le gustaba el rock; a Amed y a mí, el jazz; a Reinier Pino, que era el baterista, le llamaba más la atención esta parte melódica de la música de la gama de cantantes brasileños. En el bajo estaba Emilio Cepero, también guitarrista; en el piano Carlitín (Carlos Pérez de Alejo) y luego entró Pedro, que había sido alumno de Frank Fernández y lo sacamos del clásico para el jazz, era muy bueno. Después incursionamos con unos tambores batá, evocando la sonoridad de la parte más roquera de Síntesis y la más jazzística de Pablo Menéndez.

“Llegamos a grabar para un programa de televisión y en un estudio de radio en la capital. Pero no supimos como insertarnos en los medios, nos fuimos quedando atrás y eso nos afectó. A punto de que no querían aprobarnos el proyecto y Amed y yo recogimos todo el material que teníamos y nos fuimos para La Habana. Llegamos al Instituto de la Música y cuando Orlando Vistel nos mandó a pasar, le explicamos que queríamos entrar, con nuestra obra, a una empresa, porque estábamos pasando muchísimo trabajo para mantener la agrupación. Le mostramos el dossier que llevábamos y un casete. Se quedó impresionado.

“Incógnita obtuvo primer nivel por disposición ministerial, todavía me emociona recordarlo. Salimos a la palestra pública entre finales del ‘88 y principios del ‘89. Nosotros hicimos el concierto de inauguración del parque Las Arcadas. En el ‘89 se hace el último Jazz Festival Center de Santa Clara, un evento desgraciadamente desaparecido. A ese evento asistió Pucho López y Arturo Sandoval. Nosotros escogimos un repertorio donde casualmente incluimos un blues, de su autoría, que nos había gustado. Lo teníamos junto a otros clásicos de jazz, temas de Amed y el mío. Durante una actuación que hicimos en el festival, estábamos tocando el blues de Arturo y lo vemos entrar por la puerta. Se acercó enseguida, nos pidió permiso, sacó la trompeta y se unió a nosotros. Improvisó algo que fue descomunal”.

En el año 1993, Roberto Fortún decidió trasladarse para La Habana, donde trabajó junto a grandes figuras como Rolando Montero El Muso, Jesús Rubalcaba, Paulo F. G, Frank Rubio, Beatriz Márquez; fue bajista y director musical de la Charanga Latina de Enrique Álvarez y de Odelkis Revé y su Changüí, entre otros. En el año 2012, ante el fallecimiento de su padre, decide retornar a Villa Clara. Crea el espacio Club de Jazz en el Centro Cultural El Mejunje, que aupó a valiosos exponentes del género. En 2015, por problemas de financiamiento, este espacio dejó de existir. A partir de ese momento centró sus actividades entre Caibarién y Cayo Santa María. En 2023 regresa a la vida cultural santaclareña y una pauta imprescindible lo ha sido el Puchísimo Jazz, un homenaje merecido y necesario al legendario Pucho López. De quien Fortún comentó:

“Pucho fue mi amigo y creo que merece muchos más reconocimientos como este. Entre Eliot Porta y Maykel Iglesias hicieron los preparativos y yo me enfoqué en la parte musical. Pucho López fue un grande como músico, pianista, compositor y conocedor en todos los sentidos. Hacerle un homenaje y tenerlo presente, no solo el día 23 de septiembre, sino todos los días de cada año, es una de las mejores cosas que se pueden hacer. La manera jocosa en que te hacía un cuento, con aquel tamaño imponente, aquella presencia y gracia. En la parte musical era impresionante, un pianista conocedor de los teclados; porque él era más bien un tecladista que dominaba los sonidos, la onda espacial, en la que fue un precursor y un estudioso de todos esos sonidos diferentes. A la hora de improvisar había que verlo en los festivales de jazz y en los ensayos, cómo inventaba timbres y sonidos extraños que combinaba. Pucho podía acompañar cualquier género, desde un bolero, una balada, una cumbia, pasando por el jazz, el rock y todo.

“Eliot Porta se empeñó en hacer un homenaje precisamente al gran Pucho López, bajo el nombre de Puchísimo Jazz, que bien pudiera ser la antesala de un posible festival de jazz en Santa Clara, paralelo al Jazz Plaza. Mi idea, como director musical, se centra en escoger temas creados e interpretados por Pucho y hacerlos a la manera nuestra. Esta historia del ‘Puchísimo’ hay que seguirla, para que su música y él continúen vigentes”.

Estoy muy de acuerdo con Fortún, la mejor manera de mantener vivo el legado de nuestros imprescindibles es seguir llevando a escena sus obras. Aunque el Jazz no es un estilo de grandes masas, sí tiene su público, intérpretes y una historia dentro de nuestra región, a la que se suman otros grandes como Freyda Anido Pacheco, que bien merecen de los espacios que desde el centro de nuestra isla se puedan fomentar, mantener e incentivar, como ahora con el Puchísimo Jazz, para que realmente se logre, en un futuro próximo, visualizar y difundir la obra de los cultores de la región.

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Sandra M. Busto Marín

Licenciada en Música con perfil de flauta. Diplomada en Pedagogía y Psicología del Arte, Pedagogía Musical y Educación por el Arte. Máster en Arte. Todo en el Instituto Superior de Arte de La Habana.

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