José Martí, cerebro y alma de la guerra necesaria

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Cuando José Martí hablaba de unidad, no se refería a una simple tregua entre bandos ni a una alianza circunstancial motivada por la conveniencia. Para él, representaba la condición indispensable para la supervivencia de la patria, el único camino posible para que Cuba alcanzara no solo la independencia, sino también la dignidad plena como nación.

En un siglo XIX marcado por el caudillismo, las rivalidades personales y los regionalismos estrechos, su concepción de la unidad constituía una verdadera revolución dentro de la Revolución. Por eso, cuando se propuso reiniciar la guerra independentista, supo que la primera batalla debía librarse no en los campos de Cuba, sino en el corazón y la mente de los cubanos dispersos por el mundo.

La Guerra de los Diez Años había dejado enseñanzas dolorosas. Hombres valerosos como Carlos Manuel de Céspedes, Ignacio Agramonte, Máximo Gómez y Antonio Maceo demostraron que era posible enfrentar al poder colonial español. Pero también evidenciaron que el valor sin unidad conducía al desgaste y, finalmente, a la derrota. Las disputas entre civiles y militares, las desconfianzas entre caudillos, la falta de un proyecto común más allá de la independencia inmediata, todo ello facilitó el camino hacia el Pacto del Zanjón. Martí estudió aquella historia con la atención del médico que examina a un paciente grave: no para juzgar a sus protagonistas, sino para entender las causas de la enfermedad y encontrar la cura.

La cura, para Martí, tenía un nombre: organización. Y esta requería, ante todo, unidad. No una unidad impuesta desde arriba por la fuerza o la autoridad de un hombre, sino una unidad construida desde la base, desde la conciencia de cada cubano de que la independencia era un propósito superior a cualquier ambición personal. Por eso, durante los años de preparación de la guerra, su labor incansable en la emigración no se limitó a recolectar fondos o a buscar apoyos militares. Fue, sobre todo, una tarea de persuasión, de diálogo, de convencimiento. En Tampa, en Cayo Hueso, en Nueva York, en las capitales de América Latina, Martí tendió puentes entre hombres, recordándoles que tenían una patria común que los necesitaba unidos.

La fundación del Partido Revolucionario Cubano, el 10 de abril de 1892, fue el momento culminante de esa estrategia unificadora. No era la organización de un grupo ni el instrumento de una facción: era la casa de todos los cubanos que quisieran la independencia. Sus Bases establecían con claridad que el objetivo consistía en “lograr la independencia absoluta de la Isla de Cuba, y fomentar y auxiliar la de Puerto Rico”, pero también que esa independencia debía servir para “establecer una república democrática, justa y libre, fundada en el trabajo y la dignidad plena del hombre”. Martí había logrado lo imposible: que los veteranos de la Guerra Grande, los obreros tabaqueros, los intelectuales, los comerciantes, los jóvenes que no habían conocido la contienda, todos encontraran un punto de encuentro en aquella organización.

La alianza con los jefes militares constituyó la prueba más difícil de su capacidad unificadora. Martí no les pidió que renunciaran a sus criterios ni que se sometieran ciegamente a su dirección. Les ofreció, en cambio, un proyecto común, una visión de futuro en la que pudieran reconocerse. Viajó a Montecristi para hablar con Gómez, se comunicó con Maceo a través de emisarios de confianza, les demostró con hechos que su compromiso con la independencia era tan profundo como el de ellos. Y así, uno a uno, los viejos guerreros fueron depositando su confianza en aquel hombre menudo que nunca había empuñado un machete en combate, pero que poseía una fuerza interior arrolladora.

La guerra que Martí concebía no era, sin embargo, una contienda convencional. Él mismo la llamó “guerra necesaria” en un texto fundamental escrito en 1894. Necesaria, explicaba, porque todos los caminos pacíficos habían sido agotados sin resultado. Necesaria, también, porque solo mediante ella podría Cuba evitar un destino peor: la anexión a Estados Unidos, que él veía avecinarse con mirada profética. Pero necesaria, sobre todo, porque la independencia no podía ser un regalo de nadie, ni de España ni de ninguna otra potencia, sino una conquista del esfuerzo propio. “La libertad es el derecho que tiene todo hombre a ser honrado y a pensar y a hablar sin hipocresía”, había escrito. Esa libertad, para ser auténtica, debía nacer del sacrificio compartido.

El Manifiesto de Montecristi, firmado con Gómez el 25 de marzo de 1895, resume esa visión unitaria y necesaria de la guerra. No es un llamado al odio ni a la venganza: es una invitación a la construcción colectiva. “La guerra no es contra el español, que en la seguridad de sus hijos y en el respeto a la patria que se ganen podrá gozar respetado y aun amable de la libertad”, aclara el documento. Se dirige contra el sistema colonial, no contra los hombres que lo sostienen. Y el objetivo final no es solo expulsar a España, sino fundar una república donde quepan todos, donde nadie sea excluido por su origen, su raza o su condición social. Esa visión integradora, profundamente humana, es quizás el legado más hermoso del pensamiento martiano.

Cuando Martí cayó en Dos Ríos el 19 de mayo de 1895, muchos temieron que su muerte significara el fin de la unidad que con tanto esfuerzo había construido. Pero ocurrió lo contrario: su sacrificio se convirtió en el alma que mantuvo cohesionada a la Revolución. Los generales Maceo y Gómez, continuaron la guerra con renovado ímpetu, sabiéndose depositarios de una herencia sagrada. Los emigrados redoblaron sus esfuerzos, los soldados en la manigua combatieron con más coraje, el pueblo cubano se identificó cada vez más con aquella gesta que ya tenía un mártir y un símbolo. La unidad que Martí había predicado en vida se consolidó con su muerte.

Al recordar aquella fecha del 24 de febrero de 1895, la figura de Martí se agiganta no solo como el iniciador de la guerra, sino como su cerebro y su alma. Fue su pensamiento el que diseñó la estrategia, su palabra la que encendió los corazones, su ejemplo el que sostuvo la fe en los momentos difíciles, su sacrificio el que dio sentido último a la contienda. En tiempos de fragmentación y desencuentro, su llamado a la unidad resuena con fuerza inusitada, recordándonos que solo unidos, por encima de diferencias legítimas, podremos construir la patria que él soñó: esa república “con todos y para el bien de todos”.

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Barbara M. Cortellan Conesa

Ingeniera Química por la Universidad de Camagüey. Diplomada en Periodismo. Máster en Ciencias de la Comunicación. Periodista-Editora del diario 5 de Septiembre. Miembro de la Unión de Periodistas de Cuba.

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