La virtud de ser un caballero
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Nada que ver con títulos nobiliarios como los de aquellos de la Tabla Redonda, reunidos en torno al mítico rey Arturo de Britania. A la que voy a referirme, pertenece a la condición humana y es parte de los atributos que se adquieren o se cultivan mediante la educación.
En esta tierra nuestra del son, del café fuerte y del verso espontáneo y – por ahora – apagones y carencias, hay gestos que sobreviven al vértigo de los tiempos. Uno de ellos es la caballerosidad, que prevalece como marca distintiva en lo cotidiano, aunque situaciones y personas se confabulen contra ella. A pesar de mil y una vicisitudes, semejantes actitudes, aunque evolucionan, siguen revelando respeto, cortesía y sensibilidad entre géneros.
A mi modo de ver, la caballerosidad, más que de modales, es asunto cultural. Aparte de que debiera ser un protocolo a aprender – para llevarlo a la práctica -, deviene expresión viva del carácter criollo.
Reconforta ver al hombre que abre la puerta del auto para que suba primero la dama (de cualquier edad); si al llegar a la casa, luego de abrir la puerta, cede el paso para que ella entre primero.
¡Qué loable la insistencia masculina en mantenerse del lado de afuera de la acera, para que ella ocupe el interior! O si al ir solo, ante la proximidad femenina se hace a un lado para cederle el paso, incluso bajando, si resulta muy estrecha para ambos… Todo eso inspira optimismo y fe en que lo mejor de la vida todavía existe.
Pequeños actos, grandes símbolos
Hay detalles como el saludo respetuoso, donde “mi amor” o “mi reina” no denotan posesión, sino afecto común, y el gesto de acompañar a la mujer hasta la puerta de su casa.
Esa caballerosidad tan hermosa, debiera de imponerse dentro del diálogo cubano actual, a fin de que coexista en armonía con una conciencia creciente sobre la equidad. Hoy no se trata de jerarquía, superioridad masculina, ni de protección, sino de una delicadeza a compartir.
Lo anterior forma parte de un respeto mutuo que se manifiesta no solo en gestos físicos, sino también en la escucha, el reconocimiento y el cuidado emocional.
¿Qué decir de obsequiar flores a la compañera en la vida o a las amigas con quienes compartimos trabajo o estudios? Sobre todo en ocasiones como cumpleaños, celebraciones o, simplemente, “porque sí”.
Y… ¿ellas, qué?
Aquí se abre el matiz más delicado porque hay gestos que se ofrecen con el alma, y a veces no encuentran tierra fértil en la recepción. Si no todas, algunas, por diversas razones, rechazan las muestras de cortesía. Tal vez sea desconfianza, creer que hay detrás hay segundas intenciones o porque consideren que aceptar esos gestos contradice su autonomía.
Semejantes actitudes, ¿no podrían ser, también, formas de empobrecernos mutuamente?
Quede claro que la caballerosidad no contradice el feminismo ni la independencia. Lejos de eso, forma parte de un diálogo de respeto mutuo, en que la mujer acepta el gesto como reconocimiento, no como sumisión.
Hay que blindarse contra esos malsanos prejuicios.
Aceptar que alguien ceda el paso, ofrezca ayuda o dedique palabras amables, nada tiene de debilidad; más bien permite que florezca la ternura respetuosa en lo cotidiano.
Que el temor a sentirse “un bicho raro” ante un posible rechazo, nunca sea el motivo de la extinción del gesto amable y cortés.
En Cuba, donde el trato personal es arte y la espontaneidad himno, negarse a dar o aceptar la cortesía equivale a extinguir el carácter que nos hace únicos.
Elegancia, respeto y fragancia: todo eso es la caballerosidad.
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Mis hijos tienen cerca de 50 años, Cadalzo, y cuando estaba embarazada ya me tocó oír en la guagua aquello de “ya somos iguales…” Creo que su apreciación de la realidad es bastante idealista. Acuérdese que el asiento de embarazada y el de discapacitado tuvo que ser impuesto. Pero bueno, soñar no cuesta nada.