La madre: da la vida y la multiplica siempre
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En el silencio anterior a la primera palabra, ya hay una mujer que da forma al milagro más antiguo: un amor que convierte el miedo en escudo. La madre es la primera casa que conocemos, y su amor es la única fuerza capaz de multiplicar la vida hasta el infinito.
Dar a luz es abrir el propio cuerpo y el alma para que otro tenga su lugar en el mundo. La madre transita el dolor voluntario y al otro lado encuentra una responsabilidad eterna. En ese acto nacen la paciencia, la vigilancia perpetua y la capacidad de desvelarse para que otro pueda soñar.
El amor inmenso se teje en lo minúsculo: la leche a las tres de la madrugada, la mano que sostiene la bicicleta, el almuerzo preparado con mucho amor, la ropa planchada para el primer día de colegio. La madre multiplica la vida con actos invisibles: limpiar, curar, enseñar a levantarse. Así edifica una civilización entera.
Una madre cienfueguera de tres hijos dice mientras dobla la ropa: “Uno no mide lo que da hasta que ve a sus hijos sonreír”. Millones de mujeres en el planeta enfrentan jornadas agotadoras con uñas de acero y corazón desbordado. No hay pobreza ni guerra que pueda extinguir ese impulso primario de arropar la vida.
La ciencia confirma que el cerebro materno se reorganiza potenciando la empatía y la protección. La oxitocina, hormona del amor, inunda su sistema cada vez que acuna a su cría. Pero el amor materno no se agota en la sangre: madres adoptivas, abuelas o tías despliegan la misma entrega. Es una elección sostenida que la naturaleza premia y la sociedad debe honrar.
Ser inmenso no significa ser invulnerable. Están las grietas: depresión posparto, pérdida de un hijo, jornadas interminables que dejan la sensación de siempre faltar. Este amor también tiene noches oscuras. Reconocerlo lo agiganta, porque el amor más valioso no es el que nunca flaquea, sino el que se levanta cada mañana por el otro.
Cuando los hijos crecen, el amor materno se reinventa. Late en la llamada que no se hace para evitar molestar, en la nevera que guarda los alimentos para cuando ellos lleguen, en el consejo que se calla. Luego replican gestos y los nietos reciben el mismo calor. Es la única herencia que crece mientras se reparte, el capital que no disminuye al gastarlo.
En un mundo atrapado en la prisa y el rendimiento, recordar que el amor de madre es lo más grande y valioso se convierte en un acto de profunda humanidad. Cada persona que camina erguida lleva el aliento de una mujer que le dijo: “Existes, y tu existencia es mi mayor obra”. A ellas, las que dan la vida y la multiplican sin descanso, dedicamos estas líneas en su día, en este segundo domingo de mayo.
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