La brújula de Martí: de Nuestra América a la soberanía perenne
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A 135 años del ensayo fundacional, la vigencia de una alternativa contra viejos y nuevos imperios
Este enero no es un mes cualquiera. Conmemoramos el aniversario 135 de la publicación de Nuestra América, el ensayo luminoso de José Martí. Su escritura no fue un acto aislado de erudición, sino el núcleo de una estrategia política vital: asegurar la independencia verdadera de Cuba ante un doble y complejo desafío. Por un lado, el colonialismo español, agotado pero aún feroz. Por otro, y este era el peligro mayor que Martí identificó con clarividente precisión, la amenaza expansionista de los Estados Unidos, una potencia que observaba la guerra en la isla no con solidaridad, sino con la calculadora ambición de un heredero.
Martí, desde su exilio en Nueva York, comprendió que la lucha no era solo contra España. Era contra un eje imperial español-estadounidense, una convergencia de intereses donde el poder decadente y el emergente podían, en un momento dado, coincidir en frustrar el nacimiento de una Cuba soberana. Para Madrid, evitar una derrota que cediera la perla antillana a un rival. Para Washington, impedir una revolución triunfante, radical y mestiza que estableciera una república libre de su tutela política y económica. La independencia, por tanto, corría el riesgo de ser robada en el momento mismo de conquistarse.
Frente a este panorama, Nuestra América no era un simple artículo. Era el manifiesto de la alternativa martiana. Su respuesta no se agotaba en lo militar; era fundamentalmente cultural, social y moral. El primer pilar fue el autoconocimiento. “¡Los pueblos que no se conocen han de darse prisa para conocerse, como quienes van a pelear juntos!”, advirtió. Rechazó la imitación servil de modelos extranjeros, el traje ajeno estadounidense o el hábito ajeno europeo. Abogó por gobernar con “originalidad criolla”, estudiando las raíces propias, el mestizaje y las realidades concretas. Una independencia basada en ideas importadas sin crítica, sería siempre vulnerable.
El segundo pilar fue la unidad. Pero no solo la interna de los cubanos (“con todos y para el bien de todos”), sino la gran unidad continental. Su famosa metáfora lo dice todo:
¡Los árboles se han de poner en fila, para que no pase el gigante de las siete leguas!”.
La fragmentación de las repúblicas hermanas era la mayor ventaja para el “gigante” del Norte. La independencia de Cuba, para ser duradera, debía ser un episodio de la emancipación de “Nuestra América”, una alianza espiritual y política que hiciera de la patria grande un contrapeso frente a la hegemonía.
El tercer y más profundo pilar fue la justicia social como esencia de la república. Martí vio que una libertad meramente política, que mantuviera abismos entre ricos y pobres, entre criollos y pueblo, sería un disfraz y un engaño. “Si la república no abre los brazos a todos, y adelanta con todos, muere la república”, sentenció. Sin justicia, la nación sería un cuerpo enfermo, presa fácil del capital foráneo, la corrupción y la intervención. La independencia económica y la dignidad para todos eran el sustento de la soberanía real.
Hoy, a más de un siglo de distancia, la vigencia de este diagnóstico y de esta alternativa es asombrosa. La amenaza a la autodeterminación cubana mutó de forma, pero no de esencia. El bloqueo económico, la guerra mediática, la financiación de la subversión y la presión diplomática son las herramientas del siglo XXI de la misma política que Martí denunció. El “eje” ya no es con España, pero se articula a través de alianzas hemisféricas y un sistema financiero global usado como arma.
Por eso, la brújula martiana sigue señalando el norte de la resistencia. Su llamado a la unidad nacional frente a campañas que buscan dividir y desalentar. Su imperativo de construir una sociedad más justa y próspera, que es el mejor antídoto contra la desesperanza. Y su visión integracionista, que hoy se reactualiza en la solidaridad latinoamericana y caribeña. Leer Nuestra América en este enero de 2026 no es un ejercicio de arqueología literaria, es un acto de defensa civil. Nos recuerda que la soberanía no es un dato histórico consumado, sino una construcción diaria, hecha de coherencia, dignidad y un conocimiento profundo de nuestra historia y de los peligros que la acechan. En ese combate por la independencia verdadera, la palabra de Martí sigue siendo, más que nunca, nuestro escudo y nuestra arma.
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