Fidel en el siglo XXI: una brújula ante los nuevos desafíos

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A más de dos décadas del nuevo milenio, la figura de Fidel Castro Ruz sigue siendo mucho más que un referente histórico. En un mundo convulsionado por la posverdad, la emergencia climática y la disrupción tecnológica, su pensamiento se alza como una brújula ética y política para enfrentar los dilemas del presente. Lejos de anquilosarse en el pasado, sus ideas demuestran una sorprendente vigencia cuando analizamos los grandes retos de la comunicación política, la supervivencia del planeta, el tsunami de las redes sociales y la revolución silenciosa de la inteligencia artificial.

El primer gran desafío es la comunicación política. Vivimos en la era de la inmediatez y la espectacularización, donde el relato se fragmenta en titulares virales y discursos huecos. Fidel nos enseñó que la palabra, para ser revolucionaria, debe estar cargada de verdad y de vínculo con las masas. Su concepto de “la idea” como fuerza motriz —expresado en “La historia me absolverá” o en sus amplias comparecencias— contrasta con la política del tuit efímero y el guion calculado. Hoy, frente a las campañas de desinformación y el mercadeo político vacío, recuperar la profundidad argumentativa y la conexión sincera con el pueblo que practicó el líder cubano resulta una lección indispensable.

El segundo desafío, quizás el más urgente, es la crisis ambiental. Para dimensionar su clarividencia, basta remontarse a la Cumbre de la Tierra de Río de Janeiro en 1992. Allí, mientras la mayoría de los mandatarios pronunciaban discursos banales sobre “desarrollo sostenible”, Fidel lanzó una advertencia que la historia ha convertido en profecía:

 “Una importante especie biológica está en riesgo de desaparecer por la rápida y progresiva liquidación de sus condiciones naturales de vida: el hombre”.

Señaló a los responsables: las sociedades de consumo, que “han saturado la atmósfera con gases que alteran las condiciones climáticas con efectos catastróficos”. Este análisis, que hoy repiten los informes del Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático (IPCC), se adelantó décadas a la alarma social generalizada. El IPCC publicó su primer informe en 1990, pero sus conclusiones fueron minimizadas durante años por las grandes potencias. La activista Greta Thunberg no emergió hasta 2018. Entre la advertencia de Fidel y el trending topic global pasaron 26 años. Durante ese cuarto de siglo, el Comandante ya había vinculado sistemáticamente el capitalismo depredador con la degradación ambiental, una relación causal que muchos ecologistas occidentales tardaron en asumir por temor a ser tildados de anticapitalistas.

Frente a las falsas soluciones de mercado —créditos de carbono, “crecimiento verde” que no detiene el extractivismo—, el pensamiento fidelista propone un cambio de raíz: la propiedad colectiva de los recursos estratégicos, la planificación racional de la producción y la priorización del bien común sobre la acumulación privada. En Cuba, con el 80 % de su población cerca de la costa y ecosistemas únicos amenazados por el aumento del nivel del mar, esta visión no es teoría. Es una hoja de ruta para la ciencia, la educación ambiental y la resiliencia. El legado ecológico de Fidel no pertenece al siglo XX: es un manual de supervivencia para el siglo XXI.

Las redes sociales digitales representan el tercer campo de batalla. Allí se construyen identidades, se movilizan conciencias y también se gestan manipulaciones masivas. Fidel, que supo leer el poder de la radio y la televisión en su época, entendió que cada nuevo medio exige una nueva estrategia sin renunciar a los principios. Su máxima de “la batalla de las ideas” adquiere hoy un campo de acción concreto en Facebook, Twitter o Telegram. Frente a las campañas de guerra híbrida que pretenden criminalizar a Cuba, el pensamiento fidelista nos convoca a estar presentes en ese ecosistema, a contraargumentar con inteligencia, a usar el algoritmo como herramienta para movilizar la solidaridad internacional y desmontar la mentira con datos, historia y razón. Porque Fidel nunca le tuvo miedo a la complejidad; supo que las ideas claras, bien expresadas, terminan por abrirse paso incluso en medio del estruendo informativo de las plataformas digitales.

El cuarto desafío, la inteligencia artificial (IA), parece ajeno a su época. Sin embargo, fue quien más insistió en que el futuro del socialismo pasaba por la ciencia y la innovación tecnológica. Impulsó la biotecnología cubana en los años 80, cuando era una apuesta improbable y hasta ridiculizada. Su frase cobra hoy especial relevancia: “El futuro de la humanidad tiene que ser necesariamente un futuro de hombres de ciencia”. La IA plantea dilemas éticos de primer orden: ¿quién controla los datos? ¿Para qué se entrenan los algoritmos? ¿Se profundizarán las desigualdades o se pondrá la tecnología al servicio del bien común? El pensamiento anticapitalista de Fidel nos advierte contra una IA que sirva al mercado y no al ser humano: una inteligencia artificial que discrimine, manipule la voluntad popular o convierta a las personas en mercancías predecibles. La batalla por un algoritmo ético, soberano y transparente es también una batalla ideológica. Y nos dejó la premisa clara: ciencia con conciencia.

En la Cuba de hoy, invocar a Fidel no significa anclarse en el pasado, sino reconocer que sus ideas —defensa de la justicia, alerta temprana, apuesta por la ciencia— tienen aplicaciones prácticas para los desafíos del presente. El perfeccionamiento del modelo económico y social, la actualización de los mecanismos de participación, la lucha contra las campañas de descrédito y la búsqueda de soluciones propias encuentran en las raíces fidelistas un arsenal de principios: el rechazo al dogma, la confianza en la inteligencia colectiva y la vocación internacionalista.

Por eso, en el centenario de su natalicio, el pensamiento de Fidel Castro conserva toda su vigencia. No consiste en respuestas fijas, sino en una forma de enfrentar los problemas: analizar con dialéctica, mantenerse en alerta, transformar sin miedo y no renunciar a la certeza de que un mundo mejor es posible. En este siglo XXI convulso, tomar sus ideas como guía no es mirar al pasado: es la forma más audaz de construir el futuro.

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Barbara M. Cortellan Conesa

Ingeniera Química por la Universidad de Camagüey. Diplomada en Periodismo. Máster en Ciencias de la Comunicación. Periodista-Editora del diario 5 de Septiembre. Miembro de la Unión de Periodistas de Cuba.

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