¿Escribir para qué, Atilio? (sobre Naturaleza muerta con abejas)

Compartir en

Tiempo de lectura aprox: 2 minutos, 44 segundos

Puedes pulsar la cuerda espiritual y sentir que el bíblico Sermón de la Montaña es uno de los fragmentos más profundos de la religión. O que El Príncipe, de Maquiavelo (si te pones terrenal), se considera uno de los libros más rotundos sobre la psicología del poder.

Pero si tu tren de pensamiento se está descarrilando hacia la angustia, sugiero que leas el capítulo 4 de Naturaleza muerta con abejas (Atilio Caballero, Ediciones Mecenas 2019), para que disfrutes 20 páginas que merecen ser incluidas en la antología dorada de la literatura humorística universal. O de la Literatura Universal (permítaseme la guataquería).

A ello puede añadirse que resulta disfrutable el tono general de la novela, pues logra un equilibrio entre parodia e introspección; vistos y experimentados los hechos por un joven que transita esa década entre finales de los 70 y principios de los 90.

El narrador protagonista tal vez no tenga un propósito definido, un “llegar hasta…”, una utilidad de abeja obrera. La historia se siente más bien como una novela de correrías (en el sentido amplificado de la palabra: libertinaje, escapada, fuga, huida, “atrápame si puedes”). Se huye del país mediante la emigración; se huye de los perseguidores vengativos; se corre ante los controladores de El Convento, se escapa de los delincuentes marginales armados; se evade la realidad mediante el rock, la fiesta o el alcohol. ¡Incluso es perseguido por el chino de El Mandarín!

También aparecen meditaciones dentro y sobre la cárcel. Y las cárceles dentro de otras cárceles más amplias: los círculos concéntricos. Y el poder. La poesía. Y el Ser…

¿Dónde descansa este constante corredor? Quizás en las cuevas o nidos que crea para sí: sus observaciones de la realidad, los instantes que desea detener como fotos en la memoria emotiva:

El abrazo de un amigo, el blumer empapado de lluvia que, a manera de juego, le lanza a la cara una novia desvirgada («me está costando más trabajo perder la virginidad que conservarla»), la añorada Comedia Silente, animada por Armando Calderón, El Hombre de las mil voces… Ese reírnos de todo, tan cubano.

-Ustedes los cubanos, si fueran al infierno se burlarían hasta del diablo -comentó un amigo mexicano.

-Y tal vez le demos algunas nalgaditas –respondió otro amigo emigrado.

Si eres de los lectores saltimbanquis, que relee fragmentos una vez terminada la obra, vuelve al capítulo 8. Ya te recomendé el 4 para que rieras. Salta al 8. Ráfagas de filosofía borracha, profunda y ligera a un tiempo: hinduismo, budismo, hembrismo, hambrismo, transformismo.

En medio de las reflexiones, abundan las inquisiciones: “¿por qué tengo que hacer lo que no me interesa?” O esta otra: “¿escribir qué? O para qué?”. El narrador protagonista halla una respuesta pesimista que descarta enseguida por causa de la emoción nada complaciente: [«pasto del olvido, vocación de la nada». Pero suena un poco trágico y no me lo creo.]

Se le atribuye a un reconocido (si mal no recuerdo a García Márquez) otra respuesta: “Escribo para que me quieran más”. Quizás habría que añadir la palabra “mejor”: para que te quieran mejor. No basta, siguiendo la sugestión de Carnegie, sentirse importante o satisfacer la libido. Entonces: ¿caricias de calidad? ¿hay sed de caricias de calidad? ¿O como dijera Martí: “sed de belleza”? ¿O tal vez solo baste con la actitud para amar? ¿Esa actitud sería, por sí sola, el alfa y la omega, el secreto solipsista de las pretensiones humanas?…

En medio de la carrera infinita, de las entradas y salidas a diversas jaulas, el protagonista de Naturaleza… busca a una muchacha, un reencuentro, ¿a alguien que deja ir? Violeta se pierde entre la multitud:

sí. después de la comedia silente llegó el desasosiego. adiós, amigo maicena. hasta más ver, queridos careglobo y soplete, quién sabe cuándo nos volvamos a ver. la fatalidad de este día consiste en eso: cada cosa que hago arrastra el estigma de la despedida. pero qué paz también después determinar el gag infinito de la comedia.

Si aún te quedan deseos de sonreír con los contrastes, da un saltito al capítulo 9. Encontrarás una controversia teatral entre Matildo y Presunto Paisano (PP) relativa a la posesión o confiscación de una puerta estatal garabateada con haikus. Ambos personajes ofrecen sendas disquisiciones inverosímiles que recuerdan aquellos largos discursos de los héroes homéricos en medio de la refriega. Fuera del tono guasón, los dos asumen posiciones en apariencia contrapuestas: el rigor por el orden social y el derecho al libre albedrío.

Es válido ese recurso retórico para aliviar un tema tan grave, pues la vida tiene el inconveniente de que algunos la tomamos en serio (aunque no vayamos a salir vivos de ella, según afirma el filósofo popular).

Lo cierto es que cuando se termina de (re)leer esta novela, se quiere más y mejor a Atilio Caballero.

*Narrador y crítico. Premio Alejo Carpentier de Novela.

Visitas: 76

Ernesto Peña

Narrador y crítico. Premio Alejo Carpentier de Novela.

Un Comentario en “¿Escribir para qué, Atilio? (sobre Naturaleza muerta con abejas)

  • el 1 abril, 2024 a las 1:29 pm
    Permalink

    Una obra que te atrapa y vale la pena releer siempre y no porqué es amigo el autor pasa lo mismo con “El olor del césped recién cortado“”; “ La maleta de B” en fin hay que leer y releer a este Caballero de Cuba y el mundo.

    Respuesta

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *