El que no quiere a su Patria, no quiere a su madre

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La historia nos repite con demasiada elocuencia que ningún concepto anexionista cabe dentro de Cuba, más aún, si viene de ese norte revuelto con aires de Calígula. No se trata de nacionalismos estériles, sino de una martiana y fidelísima independencia que ha costado a este país mucha sangre, sudor y lágrimas

Sé que ningún altar es tan alto como esa deidad tierna e insuperable que lleva encima el sostén maternal de la vida. Nada es más sagrado que la mujer esbelta que nos cura cada herida de aguijones, que nos abraza siempre, sin juzgar de qué forma se piense o de qué lado uno observe.

La madre tiene tanta similitud a una Isla que pudiera resistir cualquier furia oceánica para ver a sus hijos bien, a salvo, felices. Sobre su pecho descansa cada pálpito que calma y nos cura.

Por eso la madre se parece también a la Patria; y viceversa. La encarna en todo su esplendor como naturaleza viva que desafía a gigantes. Lo supe por Martí, que alertó imberbe aún, en su poemario Abdala: «El amor, madre, a la Patria, no es el amor ridículo a la tierra…». 

Las líneas del Apóstol me llevan siempre a mis años de universidad, en medio de un aula tan diversa como Cuba. Recuerdo que al comenzar la carrera —durante un ejercicio de clase— nos pidieron comentar sobre una palabra específica que consideráramos imprescindible. Allí, entre lo disímil y altivo, alguien catapultó un vocablo común: «nación».

Y es que Cuba, explicó, lo engloba todo: familia, amigos, símbolos, historia… y el amor maternal que jamás perece. En ocasiones, se pasa por alto ese concepto abarcador y hermoso que se deriva de nuestras esencias. Habrá quien reduzca Patria y nación a lo estrictamente «político», sin pensar que aquí subyace lo más precisado: el cordón umbilical que nos ata a las raíces.

Hasta los que hoy no viven en su tierra porque decidieron emigrar a otros lares, añoran como generalidad el aire que dejaron o el abrazo de la familia. Es un sentimiento comprensible y humano que jamás romperá con las lógicas.

Apuesto que todos, separando credos, ideologías, pensamientos o distancias, alguna vez hemos pedido por el bienestar de una misma matrona llamada Patria. El bien común será siempre equivalente al de los suyos, al de las personas que más nos importan.

Es eso lo que debe unir, y no el odio que lacera como veneno inoculado para camuflar de forma cínica otros intereses. ¿Quién puede pretender el mal para su gente, para su madre-Patria, para sus hermanos?

Sería de oportunistas y descorazonados, de hombres y mujeres desalmados, el hecho de montarse en la insidiosa línea discursiva de las bombas y la metralla prometida para su tierra. Quienes lo hacen solo alientan el sueño frustrado de un grupúsculo de anticubanos con poder o, lo que es igual, un grupúsculo con título de antipatriotas.

Lo más lamentable de estos tiempos es que existen quienes siguen ese desleal juego oportunista, tal vez, intoxicados por las ráfagas de los algoritmos. Y llegan a pensar que el recurso de acudir a «bombazos» —a riesgo de  sangre y muerte en ambas orillas—, es la «solución» para la Patria, esa que cada día vive más amenazada, y bajo constante riesgo de ser agredida militarmente por una superpotencia a solo 90 millas de sus costas.

Se infiere, entonces, que los que apuestan, desde la inmoralidad o desde cómodos sofás, a una guerra deliberada de todo tipo contra Cuba, como la que ejecuta en estos momentos el Gobierno estadounidense por la vía económica, de la mentira y la coacción, también pretenden y entienden que un desenlace fatal para su familia, la madre o el amigo, podría ser un «efecto colateral».

Es revolucionario disentir, y lícito, además. Pero hoy se trata de la subsistencia de la nación, algo más alto y sagrado que las diferencias ideológicas, algo más alto y sagrado que nosotros mismos.

Nos definimos en la hora actual de Cuba, entre los que apuestan a hacernos apéndices de un sistema agresor por naturaleza (de todo tipo), y los que amamos ardientemente un país sin tutelajes ni amos.

La Patria no tiene derecho a existir como ente colonial ni siquiera bajo supuestos maquillajes —como aquel que se «formalizó» el 20 de mayo de 1902—, arrastrando con la República una enmienda que dejaba claro el título de propiedad estadounidense sobre nuestro país.

Para los que duden de la monroísta Enmienda Platt basta reseñarles tres artículos: 1ro., «El Gobierno de Cuba nunca celebrará con ningún poder o poderes extranjeros ningún tratado o pacto (…); 2do., El Gobierno de Cuba consiente en que los EE. UU. puedan ejercer el derecho de intervenir para la preservación de la independencia de Cuba (…), y 7mo., Para poner en condiciones a los EE. UU. de mantener la independencia de Cuba, y proteger al pueblo de la misma, así como para su propia defensa, el Gobierno de Cuba venderá y/o arrendará a los EE. UU. las tierras necesarias para carboneras o estaciones navales (…)».

Ese es el espíritu histórico de quienes se erigen como «salvadores», mientras causan todo el dolor posible —cínicamente—, a un pueblo vecino. Es la filosofía del imperio que baja los decibeles frente a sus semejantes poderosos, mientras abusa del más pequeño.

De ahí que la Patria tenga que ser siempre soberana, o no lo es. La historia nos repite con demasiada elocuencia que ningún concepto anexionista cabe dentro de Cuba, más aún si viene de ese norte revuelto con aires de Calígula. No se trata de nacionalismos estériles, sino de una martiana y fidelísima independencia que ha costado a este país mucha sangre, sudor y lágrimas.

Es por eso que son tiempos de distinguir claramente el yugo de la estrella; al agresor del agredido. El instigador directo de esta nación —desde hace más de 67 años— tiene nombre y apellido: Estados Unidos de América, que ha agregado, ahora, a su extensa lista de crímenes contra Cuba, dos órdenes ejecutivas de un alcance sin precedentes.

Tanto el bloqueo energético, como las medidas secundarias, llevan el sello común de condenar al pueblo antillano a una muerte aislada, lenta y dolorosa.

La asimétrica guerra desde el Gobierno estadounidense impide que países soberanos vendan petróleo a Cuba. Los bancos internacionales que nos ayudan son sancionados con multas millonarias, mientras que empresas extranjeras son presionadas para que no inviertan en la Mayor de las Antillas.

Es el «show» de la política hecho guerra, donde el silencio también hace cómplices a los que fingen distracción. Sin embargo, no pocos de los que nos observan se preguntan hoy cómo es posible que Cuba aguante, al punto, incluso, de provocar la «impaciencia» al Presidente norteño.

No lo entenderán jamás. Justo porque amamos la Patria es que siempre nos las ingeniamos para sobrevivir. Si algo está fallido aquí, leía hace poco, es el intento de arrodillarnos, de asfixiarnos, de rendirnos.

Quienes esperen o deseen otro destino para Cuba por la vía de terceros, por la hostilidad que provoca «un mandamás» de espíritu abusivo, o por la vía de una agresión militar directa, sencillamente, están destinados al ostracismo histórico.

Ningún aniquilador de sueños merece la fortuna de llamarse cubano, porque a la Patria habrá que defenderla siempre con la misma hondura y convicción que amamos a nuestra madre.

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