A propósito de las cabañuelas

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Despedimos 2025 y recibimos el 2026 con su aire invernal, como hace tiempo no sucedía. El frío se coló por todos lados; entonces recordé a los cubanos de hace más de un siglo, cuando levantaban la vista al cielo con una mezcla de paciencia y superstición para averiguar cómo se comportaría el clima cada nuevo año.

Los campesinos buscaban leer el año entero a partir de los primeros doce días del mes; al hacerlo, seguían una costumbre llegada de España. Me refiero a las “cabañuelas”, tradición que tenía algo de juego y de ciencia primitiva.

Los ancianos la explicaban con solemnidad, como si se tratara de un conocimiento de quienes sabían interpretar señales de la naturaleza, antes de que existieran los partes meteorológicos. Cuba, como país agrícola por excelencia, ha dependido del clima para casi todo. Saber —o creer saber— cómo viene el año, era una forma de prepararse para lo inevitable.

El procedimiento tiene en cuenta los primeros doce días de enero; cada uno de ellos representa un mes del año, en orden directo. El primer día corresponde a enero; el segundo, a febrero; el tercero a marzo, y así sucesivamente.

Los “cabañuelistas” anotaban con detalle durante todo el día, y a veces de mañana y de tarde por separado. Bajo esa lógica, si el 5 de enero fue había sido soleado y caluroso, esperaban un mayo seco y con altas temperaturas. Si el 8 de enero  llovía mucho, entonces agosto podría ser un mes lluvioso. Así lo hacían con cada uno de los primeros doce días de enero.

En regiones de Colombia, México y partes de Centroamérica persiste esta tradición que, para algunos, no es suficiente con los primeros doce días de enero. Se continúa observando del 13 al 24 en orden inverso, para confirmar o ajustar la predicción. Existen variantes en diversas partes del mundo. Cada cual tiene su método, libreta de apuntes y una manera propia de interpretar el cielo.

En periódicos de la época, sobre todo de zonas rurales, era fácil encontrar pequeñas columnas donde algún “observador del tiempo” compartía sus pronósticos basados en las “cabañuelas”. A veces eran acertados, otras no; la gente los leía con la misma atención que hoy se revisa el pronóstico del Instituto de Meteorología.

Con el paso del tiempo, la tradición desapareció. La llegada de nuevas tecnologías y una creciente urbanización, la arrinconó en la memoria de los más viejos. En los campos, sobrevivió la costumbre un poco más, siempre aferrada a la rutina de quienes aún dependían del sol y la lluvia para vivir.

Cabe preguntarse por qué persisten en otros países. Tal vez por simbolizar una forma de relacionarse con la naturaleza, algo que se ha perdido. Son un recordatorio de que, antes de los radares y los satélites, la humanidad aprendió a observar el mundo con paciencia y a confiar en una experiencia acumulada.

Como herramienta práctica, no regresarán; sí como símbolo de un vivir primitivo que leía el cielo antes de aprender a leer los mapas. Parte de lo cierto es que ahí están las historias de pronósticos del clima, clasificados durante décadas, útiles para para predecir el comportamiento meteorológico, incluyendo las temporadas de huracanes.

Mencionar las “cabañuelas” es referirse a una costumbre rural que acompañó a nuestros antepasados desde el siglo XVIII hasta entrado el XX. Hoy, en su lugar, es la meteorología moderna, apoyada en satélites y modelos numéricos, la que da pronósticos fiables.

Las “cabañuelas” sirven para sonreír y recordar a los abuelos. Así bien valen, porque de los abuelos no debemos olvidarnos.

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